Martes, 17 de Septiembre de 2019

Pablo, el judío de Tarso (LXXXI): Conclusión (I)

Domingo, 20 de Mayo de 2018

Cuando Pablo exhaló el último aliento sus viajes misioneros contabilizaban, aproximadamente, unos 13.600 kilómetros.

La cifra – el equivalente de la distancia en línea recta de Madrid a Honolulu – pudo resultar superior si tenemos en cuenta los desvíos de caminos hasta sumar unos 15.000 kms. Se trata aproximadamente de la distancia que separa en línea recta a Madrid del polo sur o de Australia. Son cifras – no cabe duda – verdaderamente impresionantes si se tiene además en cuenta los medios de transporte de la época. A pesar de todo, semejante proeza resulta incluso insignificante cuando se compara con la enorme importancia de Pablo y el poder extraordinario de su personalidad. Con todo, la primera pregunta obligada que debe formularse en esta conclusión es quién fue Pablo. Se ha convertido en un tópico afirmar que es el verdadero fundador del cristianismo, pero, como se desprende de las páginas anteriores, semejante declaración, por muy sugestiva y repetida que sea, no se corresponde con lo que encontramos en la fuentes históricas. Éstas, por otro lado, son abundantes y nos permiten trazar un retrato de la vida y de la obra de Pablo notablemente perfilados.

En primer lugar, Pablo, como indica el título de esta biografía, fue un judío y lo siguió siendo hasta su último aliento. Él mismo insistió en esa circunstancia una y otra vez (Filipenses 3; 2 Corintios 11, 22 ss), y, a decir verdad, jamás hubiera podido ser un seguidor de Jesús tan entusiasta y fundamentado sin haber sido antes judío. Como judío, podía contemplar con nitidez en las Escrituras como Jesús era el mesías prometido por Moisés y los profetas; como judío podía comprender la manera en que Dios salvaba a través de Jesús al mundo y como judío podía captar como nadie la manera en que la Historia se desplegaba de acuerdo a los planes del Dios de Abraham, Isaac y Jacob.

El judío Pablo no innovó el mensaje que había recibido. A decir verdad, siguió la predicación de Jesús y de los apóstoles e incluso se preocupó de comprobar que no colisionaban (Gálatas 2, 2). El contenido de esa enseñanza puede ser desgranado de manera sucinta con enorme claridad. En primer lugar, Jesús era el mesías y un mesías definido en los términos del propio Jesús y de los doce. Era el siervo de Isaías 53 que había muerto en sacrificio expiatorio llevando sobre si los pecados del género humano. Esa mesianidad de Jesús resultaba tan obvia que Pablo no duda en sus cartas a la hora de llamarlo a secas en multitud de ocasiones mesías, es decir, Cristo en griego, un título que la práctica posterior acabaría convirtiendo en un nombre propio.

En segundo lugar, Jesús no era sólo un hombre. Era, como ya habían enseñado los apóstoles judeo-cristianos, el propio Señor encarnado (Romanos 9, 5; Tito 2, 13). Dios no realizaba su salvación a través de un sustituto. Por el contrario, el Señor que se había manifestado en la Historia, que existía como Dios, se había vaciado para encarnarse y morir como un siervo en la cruz (Filipenses 2, 5 ss). Pero en eso Pablo tampoco era original. ¿Acaso Juan el Bautista no había precedido al mismo YHVH conforme a la profecía de Isaías 40, 3? ¿Acaso no había anunciado Zacarías (11, 12-3) que YHVH sería vendido por treinta monedas de plata? ¿Acaso no había anunciado YHVH que Él mismo vendría a salvar al género humano (Isaías 35, 4)? Esos anuncios se habían cumplido para Pablo – y para los judeo-cristianos – en el mesías Jesús. En él habitaba corporalmente la plenitud de la divinidad (Colosenses 1, 9).

Finalmente, Jesús era el salvador. Su muerte en la cruz no había sido el fracaso de un predicador judío, sino parte de un plan de Dios que, como había sido prometido por los profetas, consistía en que un ser inocente y perfecto muriera en sustitución de los hombres que merecían un justo castigo por sus pecados y en esa cruz precisamente había vencido a los poderes malignos que intervienen en la Historia humana (Colosenses 2, 13 ss).

Precisamente de esta última circunstancia emanaba la concepción que Pablo tenía de la salvación y que coincidía con el mensaje de Jesús y de sus primeros discípulos judeo-cristianos. A diferencia de lo que muchos pudieran creer, todos ellos estaban convencidos de que el ser humano no puede ganarse la salvación por sus obras o por sus méritos. Si acaso, la ley de Dios le muestra que es más culpable de lo que hubiera podido pensar nunca (Romanos 3, 19-20). Sin embargo, Dios, en su inmenso amor, no abandona al hombre a su suerte. Su Hijo, el mesías Jesús, se ha sacrificado en expiación por los pecados de la Humanidad (Romanos 3, 21-24). Es él quien ha pagado con su sangre todos los delitos morales que se han cometido a lo largo de la Historia. A partir de ese momento, satisfecha la justicia de Dios, ofrece a todos la posibilidad de recibir una salvación que es por gracia, que resulta gratuita, que no se puede comprar porque ya fue adquirida por Jesús y que sólo puede ser recibida a través de la fe. Como antaño Abraham – que creyó en Dios imputándosele por justicia la fe (Romanos 4, 1-5) – la salvación es un regalo inmerecido, un regalo que sólo se puede rechazar o recibir mediante la fe.

El hecho de que esa salvación resulte gratuita e inmerecida debía provocar – y, de nuevo, Pablo repite el enfoque de Jesús y de sus primeros discípulos judeo-cristianos – no un descuido moral, una relajación ética o un antinomianismo. Todo lo contrario. El amor de Dios debía impulsar a los hermanos, a los santos, a los que invocan el nombre de Jesús a vivir de una manera nueva que sobrepasaba cualquier ética conocida. Obrarían así no para salvarse sino porque ya habían sido salvados, no para ganar la salvación sino porque ésta les había sido gratuitamente, por gracia, sin obras, a través de la fe (Efesios 2, 8-10).

 

CONTINUARÁ

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