Sábado, 20 de Julio de 2019

Afrancesados

Miércoles, 30 de Abril de 2008

Llegaba yo a la emisora de radio, cuando uno de los compañeros me tendió un libro.

El interés del volumen residía en que la vicepresidenta del gobierno se lo había regalado a la prensa como un obsequio relacionado con la cercanía del dos de mayo. La iniciativa, en principio, me pareció correcta y, de manera inmediata, me puse a examinar la obra que el gobierno de ZP había decidido pagar con nuestro dinero para solaz y adorno de periodistas. No era ninguno de los Episodios nacionales, pero se trataba de un estudio - notable, por cierto - destinado a recuperar la figura de los afrancesados. Teniendo en cuenta que lo que se celebra estos días es el segundo centenario del alzamiento popular contra Napoleón, no deja de ser peculiar que este gobierno haya decidido reivindicar como propios a los que colaboraron con los invasores. Sin embargo, bien pensado, tiene cierta lógica. De entrada, los afrancesados fueron personajes cegados totalmente por la ideología. Bastaba asomarse a la calle para darse cuenta de que los soldados de Napoleón saqueaban, asesinaban y violaban a placer y que las víctimas eran españolas, pero aquella innegable realidad no apagó el entusiasmo de los afrancesados por el Corso. Sus águilas traían la Ilustración – por lo menos, eso pretendían – y había que aceptarlas como un regalo de la Historia. En segundo lugar, los afrancesados fueron personajes convencidos de toda la palabrería hueca y cursi de la masonería. A pesar de lo que podía verse en toda España, no dudaron en entrar en logias que llevaban los nombres de Napoleón, de Josefina o del rey intruso y propalaban unas bobadas escandalosas desmentidas por lo cotidiano. Y es que, en realidad, los afrancesados odiaban a España. Por supuesto, afirmaban lo contrario, pero la verdad es que sólo estaban dispuestos a aceptar una España que fuera a su imagen y semejanza. La que acudía a las iglesias, o amaba su pasado o, sobre todo, defendía su independencia y grandeza nacionales, les resultaba intolerable. Debía ser aniquilada y sustituida por una que siguiera el liberticida modelo extranjero. Finalmente, los afrancesados eran defensores del absolutismo – francés, naturellement – frente al liberalismo. Las Cortes de Cádiz implicaron el triunfo de un liberalismo de corte anglo-sajón que podía conjugar la soberanía nacional con la monarquía y con la fe religiosa. Para los afrancesados, ese modelo era inaceptable. Preferían una dictadura supuestamente vestida de luces, que hablaba de “libertad, igualdad y fraternidad” a la vez que asesinaba a sus compatriotas. Por supuesto, no todos los afrancesados fueron iguales y algunos acabaron reconociendo sus errores, pero, en términos generales, pertenecían a la misma especie de aquellos españoles que aceptaron a Stalin como luminaria de su existencia y no dudaron en someter la segunda república a los dictados totalitarios de Moscú. La utopía extranjera una vez más se anteponía a los intereses nacionales y la alta traición se travestía de progreso. Me consta que los paralelos históricos son peligrosos y hay que ser muy prudente - y conocer muy bien la Historia – para atreverse a trazarlos. En esta ocasión, sin embargo, creo que la vicepresidenta del gobierno (o sus asesores) no han podido dar más en la diana con su obsequio porque si hay algo que se parezca a los afrancesados en nuestra época son precisamente ella y sus compañeros de gabinete.

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