Viernes, 27 de Noviembre de 2020

Monseñor Blázquez o lo que nos espera

Viernes, 14 de Marzo de 2014

Tal y como se rumoreaba, monseñor Blázquez ha sido elegido presidente de la Conferencia episcopal. No entro en las cuestiones de carácter religioso. Sí quiero detenerme en las repercusiones políticas del nombramiento porque, para maldición histórica de España, la iglesia católica es no una religión sino una religión y un estado y, como estado, tiene unos intereses que a España le han salido carísimos en no pocas ocasiones. Blázquez es, precisamente, uno de los ejemplos más claros al respecto. De hecho, es un ejemplo del respaldo de la iglesia católica a los nacionalismos catalán y vasco y de pasteleo bochornoso con la izquierda.

​ Nacido en Villanueva del Campillo, Ávila, en 1942, Ricardo Blázquez fue ordenado en 1967 y se doctoró en teología en 1972. En 1988, se convirtió en obispo auxiliar de Santiago de Compostela y cuatro años después de Palencia. El 8 de septiembre de 1995, ocupaba la diócesis de Bilbao en sustitución de Luis María de Larrea Legarreta. Blázquez fue recibido inicialmente con cajas destempladas por el PNV – Arzalluz lo denominó despectivamente el “tal Blázquez” – porque, a diferencia de Setién y Uriarte, no había nacido en suelo vasco. Sin embargo, no tardó en ser aceptado. No sorprende porque, a fin de cuentas, Blázquez no movió un dedo para cambiar la conducta desarrollada por la iglesia católica en las Vascongadas durante las décadas anteriores. No sólo es que a algún paseante de este muro, víctima del terrorismo por más señas, cuando fue a pedirle ayuda le recomendó acudir a un psiquiatra – milagro hubiera sido que atacara a ETA – sino que multiplicó las acciones viles vez tras vez. Un ejemplo palmario de que así fue es la manera en que monseñor Blázquez se sumó a la carta pastoral de 29 de junio de 2002 titulada Preparar la paz. En la misma, los obispos volvían a extender su manto protector sobre ETA manifestando su oposición a la ilegalización de Batasuna, el brazo civil de la banda terrorista. En esta ocasión, la ambigüedad de otras veces dejó paso a una claridad que no necesitaba de conocimiento previo para ser comprendida en toda su descarnada crudeza. Los obispos declararon que consideraban rechazable la ilegalización de cualquier partido político “y la de Batasuna, en este caso concreto”. Que la institución que había asistido sin parpadear en el pasado a la ilegalización de los partidos en España y, más recientemente, al deseo de aislamiento de los partidos constitucionales por parte de los nacionalistas vascos, ahora saliera a criticar esa medida y en nombre de una banda de asesinos constituía una radiografía innegable de su verdadero carácter moral que muchos no quieren ver, pero que salta a la vista. Porque no se trataba de sometimiento al PNV de Arzalluz, como algunos ingenuamente dijeron, si no de la continuación de una política más que consciente de la iglesia católica en relación con España, política que se había teñido no pocas veces de sangre.

De manera nada sorprendente, la reacción de millones de ciudadanos, católicos o no, fue de abierta indignación. No sólo es que nadie entendía que la Conferencia episcopal, presidida por monseñor Rouco, tolerara aquello sino que no pocos se plantearon no marcar ese año la casilla en la declaración de la renta en favor de la iglesia católica. El ministro de asuntos exteriores, Josep Piqué, no tuvo otra salida que convocar al nuncio de la Santa Sede, Manuel Monteiro, para que comunicara a sus superiores el malestar provocado por la acción de los obispos.

La situación era delicada no sólo porque el gobierno de Aznar había entregado a la iglesia católica la posibilidad de inscribir a su nombre un inmenso patrimonio inmobiliario de manera más que dudosamente constitucional – una circunstancia desconocida por la mayoría del pueblo español – sino, fundamentalmente, porque no pocos ciudadanos comenzaban a darse cuenta de que el respaldo de la institución a la banda terrorista ETA no podía ocultarse. Pero no acabaron ahí las hazañas de monseñor Blázquez.

En mayo de 2003, cuatro sacerdotes de la diócesis – cuatro – decidieron ir simbólicamente en las listas del PP y del PSOE para manifestar la solidaridad con las víctimas del terrorismo que su iglesia jamás había mostrado en las Vascongadas. En marzo, convocaron una rueda de prensa para anunciar su decisión y un día antes, telefonearon a monseñor Blázquez para pedirle su permiso. El obispo les comunicó que no podía dárselo. Respaldar al brazo político de una banda de asesinos, sí; apoyar a cuatro sacerdotes decentes… de ninguna de las maneras. No fue sólo monseñor Blázquez el que se comportó miserablemente. Aquellos cuatro sacerdotes no tardaron en encontrar pintadas en las que se decía “cura español”. Ante esa situación, los mismos obispos que defendían a sacerdotes que amparaban a los terroristas tampoco movieron un dedo para defenderlos.

Eran pocos los sacerdotes que se atrevían a contradecir la conducta de sus superiores en las Vascongadas y, desde luego, los que lo hicieron tan sólo comprobaron lo amargo que era el desamparo resultante. Fue el caso no sólo de los cuatro sacerdotes mencionados, sino también de Antonio Beristain; los escasos miembros del Foro El Salvador o Jaime Larrinaga, el párroco de Maruri, que tuvo que abandonar el 3 de agosto de 2003 esa localidad vizcaína a causa de las presiones nacionalistas. El día citado, Larrinaga celebró su última misa en la parroquia. Como era de esperar - ¿van los lectores captando la catadura del actual presidente de la Conferencia episcopal? - monseñor Blázquez no estuvo presente.

Recibió su recompensa y fue más de treinta monedas de plata. El 8 de marzo de 2005, nada más llegar al poder el PSOE, Ricardo Blázquez fue elegido presidente de la Conferencia episcopal. Para muchos, fue una sorpresa, pero ¿realmente había motivo para ello? Monseñor Blázquez había demostrado, a fin de cuentas, que sabía amoldarse a cualquier panorama de acuerdo a los intereses de la iglesia católica. ¿Quién mejor que él para adaptarse a un cambio de gobierno? No puede sorprender que, en 2010, el papa lo designara como arzobispo de Valencia.

Durante los años siguientes, la iglesia católica, entre otras lindezas, traicionaría a los objetores de la asignatura de educación para la ciudadanía y pactaría con ZP el respaldo a las conversaciones con ETA celebradas en el santuario jesuita de Loyola donde se decidió la anexión de Navarra a las Vascongadas y la entrega de esta última región a los nacionalistas, ETA incluida. A cambio, recibió, como mínimo, que su asignación en el IRPF se más que duplicara. De nuevo, es para pensar que lo de las treinta monedas de plata fue propio de un pardillo.

¿Qué significa ahora la elección aplastantemente mayoritaria de Blázquez? Pues que la iglesia católica se teme que el PP – gracias al cual nos ha sacado los higadillos a los ciudadanos hasta la extenuación – se lleve un varapalo electoral y de aquí a un año o año y medio, los nacionalistas y la izquierda estén cortando el bacalao presupuestario. Por si acaso, ya han colocado al sujeto ideal con un pasado innegable de apoyar a los terroristas, respaldar a los nacionalistas y pactar con la izquierda a la vez que volvía la espalda a la gente con un mínimo de decencia. Muy mal deben estar las cosas dibujándose en el panorama político español, especialmente para el PP, para que la Conferencia episcopal ya esté optando por personaje tan significativo como Blázquez. Lo terrible es que todos sabemos – salvo los que se empeñan en cerrar los ojos – quiénes van a ser los paganos de esta siniestra y reiterada historia.

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