Domingo, 9 de Agosto de 2020

Suárez, in memoriam

Domingo, 23 de Marzo de 2014

Hoy, domingo, debería subir a este muro el capítulo correspondiente a la serie que va desgranando Por qué somos diferentes. La serie tiene un éxito extraordinario no sólo entre lectores españoles sino también – y de manera muy especial – entre gente situada a este lado del Atlántico, pero, por esta vez y dada la trascendencia del acontecimiento, creo que me disculparán si retraso su próximo capítulo hasta la semana que viene. Hoy - ¿quién puede dudarlo? – toca hablar de Suárez y toca hacerlo diciendo la verdad que en España todos parecen empeñados en ocultar.

El 3 de julio de 1976, el nombre de Adolfo Suárez fue incluido en la terna de la que el rey debía escoger al futuro presidente de gobierno tras el fracaso más ridículo que escandaloso de Arias Navarro. El 29 de enero de 1981, ese mismo Suárez dimitía de la presidencia del gobierno. Según la declaración oficial pronunciada por el propio Suárez antes las cámaras de televisión y previamente visada por Sabino no fuera a decir algo que desagradara al monarca, la razón era que no deseaba que la democracia fuera un nuevo paréntesis en la Historia de España. Había estado menos de cinco años en el poder y en sus acciones quedó de manifiesto lo limitado que iba a ser el régimen de la Transición aunque, por supuesto, la inmensa mayoría no acertara a verlo.

Desde luego, el golpe frustrado del 23-F puso en evidencia para millones de españoles que Suárez no exageraba. Sin embargo, las causas de la caída de Suárez no quedaron limitadas a una intentona que concluyó en fracaso porque los implicados no tenían talento ni para lograr lo que toscos militarotes de repúblicas bananeras eran capaces de hacer. La versión oficial que se ha repetido hasta la saciedad desde la era de Aznar es que Suárez cayó como consecuencia del acoso y derribo del PSOE. La acción del PSOE contra Suárez fue despiadada, dura, constante y no pocas veces inmoral, pero es rotundamente falso que Suárez cayera por eso. En realidad, Suárez cayó por la pérdida de la confianza del rey y por la oposición frontal de los poderes fácticos manifestada, por ejemplo, en la rebelión desatada dentro de la UCD en cuyas listas había ganado las elecciones.

Suárez había sido presidente del gobierno por decisión expresa del rey. A estas alturas, sabemos que el entonces joven político abulense era “lo que el rey ha pedido”, en otras palabras, un hombre joven, ambicioso y resuelto, que procedía del régimen anterior, pero que no tendría ningún problema en liquidarlo por completo. Suárez desempeñó sus funciones con notable acierto de acuerdo con un plan de la Transición que respaldaba directamente el rey y que, antes incluso de la muerte de Franco, había sido trazado y comunicado a las distintas instancias políticas por el cardenal Tarancón, otro personaje esencial que sólo recibió ingratitud y olvido, conducta nada extraña en la institución a la que sirvió toda su vida. Pero volvamos a Suárez. El movimiento nacional quedó desmontado de la noche a la mañana, los sindicatos y los partidos fueron legalizados – incluido el PCE – y hasta se inició el proceso de autonomía de regiones como Cataluña. Ni siquiera una crisis económica galopante y el azote recrudecido del terrorismo podían ensombrecer esos logros. Sin embargo, quedaban en pie cuestiones como el papel real de la jefatura del estado. Mientras que el monarca abogaba por mantener un poder no institucional, pero sí moral de carácter moderador Suárez se resistió de manera creciente a la intervención regia celoso de lo que consideraba prerrogativas intangibles de un presidente del gobierno. No son pocos los testigos de aquella época que señalan como el rey fue distanciándose cada vez más claramente de Suárez socavando así su autoridad. Si Suárez tuvo alguna vez la menor oportunidad de salir con bien de aquel pulso es algo que nunca sabremos. Sin embargo, salta a la vista que con los poderes fácticos en contra no tenía ninguna.

Porque los poderes fácticos odiaban a Suárez y lo odiaban a muerte. En primer lugar, estaba el ejército. Salvo algunos militares como Gutiérrez Mellado – puedo recordar los chistes de la época – lo cierto es que no le habían perdonado que legalizara al PCE y estaban decididos a hacérselo pagar. El tiempo ha demostrado que Suárez tenía razón y que las mentes preclaras de la institución armada dieron muestra sobrada de ser más brutos que un arado, pero en 1977 no se veía con tanta claridad. Suárez se vio sometido a un acoso de los militares que, en algún caso como en el del opusdeísta Armada, aspiraban a sucederlo con el respaldo del rey.

En segundo lugar, estaban los poderes económicos. Que un conocido banquero con un apellido que es una descripción dejara el servicio de estudios de su banco a los golpistas para que prepararan su acción ya dice bastante. Peor fue la conducta de la patronal con un Ferrer Salat a la cabeza postulándose - ¿cómo no? – para presidente del gobierno. Iban a por Suárez y no lo ocultaron.

En aquella conjura anti-suarista no pudo faltar la iglesia católica que consideraba a Suárez, a pesar de sus vinculaciones familiares con el Opus, como un descastado. A pesar de que la ley del divorcio era de una moderación arcaica, los obispos no dejaron de enredar entre su rebaño y de amargar la vida de ministros como Fernández Ordoñez que contemplaba desolado como la institución iba a vaciar los bolsillos de los españoles con una afición de siglos, pero moralmente intolerable. Fernández Ordoñez tuvo que escuchar al nuncio decir que “España no era Francia” y se vio obligado a responderle que “no lo es, pero tampoco es una república bananera”. No ha sido más para la Santa Sede desde hace siglos por lo que las palabras de Fernández Ordoñez fueron gallardas, pero inútiles y el gran pagano resultó – aparte del sufrido pueblo español – el propio Suárez. Repásense las declaraciones episcopales de la época lo mismo protestando de la aparición de Susana Estrada en televisión que de majaderías semejantes y se verá que no exagero. La caverna por aquel entonces todavía no echaba mano del desodorante y daba escalofríos. No es sorprendente que incluso alguien como Suárez, que no era ni por el forro el abate Marchena, les provocara alaridos.

Finalmente, los compañeros de partido de Suárez – en no pocos casos meras correas de transmisión de los obispos – se dedicaron a muñir su caída. De entrada, la UCD no fue nunca un partido y los intentos para transformar a una coalición de azules y socialdemócratas. democristianos y liberales en algo semejante fracasó de manera rotunda. Personajes como Oscar Alzaga y Herrero de Miñón soñaban con una gran coalición – la denominada mayoría natural – con la AP de Manuel Fraga y otros residuos del franquismo conocidos como los siete magníficos. Se creían muy listos porque, al parecer, el agua bendita produce en algunos bípedos esa impresión, pero lo único que consiguieron fue que la izquierda, gracias a su soberbia y clerical estupidez, estuviera en el poder casi década y media. Los que sí tenían algo de inteligencia, como Francisco Fernández Ordoñez, se las vieron venir y maniobraron para pasarse al PSOE.

Ahora pongámonos en el momento y contestemos si alguien se habría mantenido en el poder entonces sabiendo que tenía enfrente al Rey, al ejército, a la banca, a la patronal y a su propio partido. Es más que posible que Suárez tuviera noticia de que se fraguaba el 23-F y decidiera retirarse del camino para evitar que lo que iba a ser un “golpe de timón” acabara aprovechando el resentimiento que contra él sentía la extrema derecha y degenerando en una dictadura. El golpe no pudo evitarlo, pero dio la mayor imagen de gallardía del poder civil y democrático ante los golpistas que se produjo en aquella jornada en que sindicalistas, nacionalistas e izquierdistas dieron muestra de casi cualquier emoción salvo la valentía. Pocas imágenes son más claras de lo que significó realmente la Transición que la del todos al suelo – izquierda, derecha y nacionalistas – salvo un militar odiado por sus camaradas y un presidente de gobierno aborrecido por todos.

 

La derecha ya no se recuperó y, con Leopoldo Calvo Sotelo, acabó capitulando ante Felipe González. Es más convocó elecciones cuando supo que Suárez acababa de crear un nuevo partido llamado CDS para impedir que pudiera tener éxito. Sólo los obispos supieron recolocarse y comenzaron a lanzar incienso sobre el PSOE antes de las elecciones que lo catapultaron a la victoria. Consúltense las hemerotecas y se verán ejemplos de oportunismo episcopal como para poner los pelos como escarpias.

Casi nadie lo recuerda, pero Suárez seguiría diez años en política en los que votó a favor de la investidura de Felipe González, obtuvo su mayor éxito cuando se despegó de Fraga y se desplomó cuando, una vez más, los poderes fácticos le cerraron las puertas y él tendió la mano a AP. De no haber sido por la ayuda financiera de Mario Conde, el CDS hubiera desaparecido incluso antes. Al final, anunció su marcha de la política y entonces tanto el monarca como la derecha acabaron reconciliándose con un Suárez debilitado y convertido en icono del diálogo y la voluntad democrática, pero ya totalmente inofensivo. Suárez era la prueba de que nadie sobrevive en España al enfrentamiento con las oligarquías de siglos porque son ellas – y no al revés – las que dominan a las de décadas. Vinieron después años terribles por la enfermedad de una de sus hijas y de su esposa. Luego el Alzheimer cayó sobre él. Su última imagen lo presentaba al lado del rey, ya sin memoria e incapaz de contar lo que había sucedido décadas antes. Todo un símbolo.

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