Sábado, 11 de Julio de 2020

Estudio Bíblico XV. Los libros históricos (IV): II Samuel

Viernes, 30 de Enero de 2015

El primer libro de Samuel concluía con un episodio especialmente trágico. Israel había sido derrotado en el campo de batalla por los filisteos y Saúl y sus hijos yacían muertos. La vida de David se desarrollará ahora de manera diferente mostrando claroscuros muy acentuados.

​Lejos de mostrar resentimiento hacia Saúl, David acogió la noticia de su muerte con gran pesar sabedor de la tragedia que se había desencadenado (c. 1). David fue proclamado rey de Judá (c. 2), pero hubo de esperar años antes de que Israel también lo aceptara como rey (c. 5). David trasladó la capital a Jerusalén – una medida muy inteligente porque la ciudad estaba en el centro del reino, como sucede con Madrid en España, y permitía gobernarlo con inteligencia – trasladó a esta ciudad el arca (c. 6), renovó el pacto con Dios esencial para la venida del mesías (c. 7) y venció a los enemigos de Israel (c. 8 y 10). Sin embargo, II Samuel dista mucho de trazar retratos idealizados incluso de los héroes. El capítulo 11 narra el terrible pecado de David que no sólo cometió adulterio sino asesinato y el 12 describe cómo la justicia de Dios no se detuvo ante David. Hasta qué punto este relato resulta incómodo para un nacionalista lo podemos ver incluso a día de hoy en los escritos de los rabinos que se empeñan en decir que David no cometió pecado alguno y que de sus horribles acciones – no reconocidas como tales – sólo tienen un contenido simbólico. No cabe duda de que la Biblia no abraza semejante explicación que desafía el sentido común más elemental así como la lectura sencilla del texto.

Los capítulos 13 a 18 describen además la amargura que nace de la poligamia. Los hijos enfrentados, rebeldes, sin compasión son sólo una muestra de ello y motivo de reflexión para comprender la monogamia cristiana y los peligros de la poligamia predicada por Mahoma. A pesar de todo – pecado, culpa, castigo, fracaso… - David se mantuvo fiel a Dios y ésa es, sin duda alguna, su grandeza. Los capítulos 22-23 muestran el alma del héroe que sabe que es frágil, que no puede jactarse de nada ante Dios y que la salvación es pura gracia ya que sólo los necios, los ignorantes y los soberbios pueden creer que la ganan con sus esfuerzos. Aún al final de sus días, David volverá a comportarse incorrectamente al realizar un censo (c. 24), pero incluso entonces podrá decir de todo corazón: “caigamos ahora en manos de YHVH porque son numerosas sus misericordias, pero no caiga yo en manos de los hombres” (24: 14). David se arrepentirá de nuevo y, efectivamente, Dios volverá a perdonarlo. Porque Dios no busca corazones encadenados a una institución que dice representarlo ni que identifiquen la vida espiritual con ritos, ceremonias ni dogmas. Lo que desea es gentes que se acerquen a El humildemente, que reconozcan sus pecados y que acudan a El cada vez que tengan necesidad de perdón o de cualquier otra cosa. Cuando los corazones actúan de esa manera sucede, incluso en las peores crisis, lo que anuncia el último versículo de II Samuel: “y YHVH escuchó las súplicas de la tierra y cesó la plaga en Israel”.

Lecturas recomendadas: El pacto de Dios con David (c. 7); pecado y castigo de David (c. 11 y 12); Absalón (c. 13-18) y el censo (c. 24)

Próximo capítulo: I Reyes

 

El Evangelio de Marcos

El Dios que desciende (1: 40-45): segunda parte

La semana pasada, al comentar la curación del leproso por Jesús, señale la importancia de un verbo – kazaridso – que Marcos utiliza y que, convencionalmente, se traduce como “limpiar”. Bien pensado, que en un mundo como el humano lo mismo hace veinte siglos que ahora, es totalmente lógico que haya quien sienta una innegable necesidad de limpieza. El Nuevo Testamento es bien notable a la hora de señalar lo que Jesús, descendiendo hasta nuestro nivel, limpió.

En primer lugar, Jesús limpió todos los alimentos (Marcos 7: 19). Semejante paso no era pequeño en la medida en que la Torah diferenciaba los alimentos limpios (kosher) de los que no lo eran. Razones médicas aparte, lo cierto es que esa división permitía que algunas personas se sintieran superiores a otras sobre la base de lo que comían. A algunos les puede parecer chocante, pero encontramos esa conducta en no pocas religiones. El judaísmo ha ido ampliando en el Talmud las prohibiciones contenidas en la Torah; el islam mantiene la prohibición de consumir cerdo; el hinduismo y el budismo contienen no pocos tabúes hacia la comida; incluso hay algunas sectas que insisten no sólo en que son lo mejor del cristianismo – incluso lo único – sino que además prohíben el consumo de ciertos alimentos siempre o en ciertas épocas del año. La enseñanza de Jesús fue muy distinta. Declaró limpios todos los alimentos porque señaló que el origen del mal no está en lo que entra por la boca sino en lo que sale del corazón (Marcos 7: 18-21). Escribas y fariseos podían empeñarse en limpiar el exterior, pero es el interior lo importante (Mateo 23: 25-6).

En segundo lugar, Jesús, mediante su sangre derramada en la cruz, nos limpia de todo pecado (I Juan 1: 7). Esa limpieza no procede de la fórmula pronunciada por un clérigo ni de unas gotas de agua derramadas sobre una frente infantil. Esa limpieza sólo la puede realizar Jesús mediante su sangre expiatoria.

En tercer lugar, Jesús limpia las conciencias de obras muertas (Hebreos 9: 14). El pasaje resulta de extraordinaria importancia porque deja de manifiesto que el sacrificio expiatorio de Jesús en la cruz salva y, por eso mismo, puede limpiar las conciencias de las obras muertas, esas obras que – necia o ignorantemente – algunos pretenden que proporcionan la salvación cuando lo cierto es que ésta sólo procede de la gracia de Dios manifestada en la cruz del Calvario.

En cuarto lugar, Dios nos limpia de toda maldad y nos perdona si le confesamos nuestros pecados (I Juan 1: 9). En ningún lugar, se menciona un ritual o un mediador en ese proceso. Basta con ir a Dios – como hizo el publicano de la parábola o el ladrón arrepentido – para recibir ese perdón que deriva del sacrificio del mesías-siervo.

Esa limpieza se opera en los corazones de todos mediante la fe (Hechos 15: 9). Dios desea limpiarnos, librarnos de la suciedad que pueda anidar en nuestro espíritu, liberarnos de las miasmas de la vida que llevamos. Lo hace a través del sacrificio del mesías-siervo y lo recibimos gratuitamente si lo aceptamos con fe porque no podemos comprarlo, negociarlo o adquirirlo.

Suficiente sobre el verbo kazaridso. La semana que viene, Dios mediante, seguiremos hablando del encuentro de Jesús con el leproso.

CONTINUARÁ

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