Jueves, 19 de Septiembre de 2019

Estudio Bíblico XC: Libros históricos (XIII): Rut (II): Booz descubre a Rut (1: 19-2:23)

Viernes, 10 de Marzo de 2017

Juntas, Noemí y Rut llegaron a Belén. Sin embargo, el regreso de la antaño emigrante fue triste. A diferencia de muchos otros que se ufanan – con razón o sin ella – al regresar a su país porque han hecho una fortuna, el testimonio de Noemí difícilmente hubiera podido ser más triste.

Se había ido con juventud, un marido, unos hijos y, seguramente, con mucha ilusión de prosperidad. Regresaba sin nada (1: 21). Ya no tenía esposo, sus hijos habían muerto, su juventud había pasado y ni siquiera podía aferrarse a la obtención de caudales que no existían. Con justicia se la podía llamar “amarga”, una amargura que, posiblemente, era aún mayor porque se la atribuía a Dios (1: 20). Y sin embargo… sin embargo, da la sensación de que la relación de la familia de Noemí con Dios no había sido la mejor. Cierto, habían seguido en la fe de Israel, pero da la impresión de que sus metas habían sido fundamentalmente materiales. Por supuesto, no hay nada en contra de emigrar para buscar una vida mejor, pero ésa no puede ser la única meta, ni siquiera la primera en la vida. Cuando se actúa de esa manera, el riesgo es fracasar económicamente y, de esa manera, acabar perdiendo todo. Entonces l más fácil es atribuir incluso la mala situación al propio Dios como si no derivara directamente de nuestras acciones.

Noemí tenía un pariente, en realidad, un familiar de su fallecido esposo, que era rico y se llamaba Booz (2: 1). De manera bien significativa, Rut optó por un rumbo de acción que no deja de llamar poderosamente la atención. Primero, pensó, por encima de todo, en cómo cuidar de su suegra; segundo, descartó la idea de pedir dinero o un trato de favor a Booz; tercero, llegó a la conclusión de que debía trabajar para salir adelante sin importarle el tipo de trabajo y cuarto, se lo comunicó a su suegra por si existía algún inconveniente (2: 2). Se mire como se mire, la acción de Rut contrasta enormemente con lo que veríamos hoy en día. No da la sensación de que muchas nueras se ocuparían de una suegra empobrecida ni de que tampoco asumirían un trabajo de ese tipo en lugar de idear alguna manera de aprovechar la fortuna ajena. No parece que otras alternativas hayan pasado por la cabeza de Rut. Existía una necesidad, había que cubrirla y se dispuso a hacerlo con el trabajo que había a mano.

Curiosamente, la única posibilidad que se le ofrecía era la de aprovechar unas de las normas sociales contenidas en la Torah. Ésta – Levítico 19: 9-10; Deuteronomio 24: 19 – se encontraba - ¿puede sorprender? - vinculada al trabajo. Aquellos que pasaban necesidad siempre podían acudir a los campos a practicar la rebusca, es decir, a recoger lo que sobraba de la siega porque la Torah ordenaba no ser excesivamente rigurosos sino dejar algunas espigas para que de ellas comieran los necesitados. En otras palabras, la compasión hacia el menesteroso es buena; el convertirlo en un haragán que vive a costa de otros movido por esa compasión es una necedad maligna y perjudicial. Hasta qué punto era así puede verse por la manera en que se comportó Rut.

Cuando Booz llegó al campo y la descubrió le informaron de quién era, pero también le dijeron algo muy significativo y es que no había parado de trabajar desde la mañana de manera ininterrumpida (2: 7). En otras palabras, Rut no parece que fuera una fémina reivindicativa, pero era una mujer decente y laboriosa, tanto que llamaba la atención.

La reacción de Booz fue la de dirigirse a ella y decirle que se quedara en su campo y no pasara a otro y que además podía beber agua como el resto de las criadas (2: 8-9). Ahora pongámonos por unos instantes en la piel de Rut. ¿Qué habríamos hecho nosotros? Quizá hubiéramos insistido en nuestro parentesco con Noemí, en nuestra necesidad de ayuda, en nuestros derechos… No fue, ni lejanamente, el caso de Rut. Por el contrario, de la manera más humilde – bajando el rostro, se inclinó a tierra – preguntó a Booz el porqué de su conducta dado que era una simple extranjera (2: 10).

La respuesta de Booz estuvo cargada de razón. Lo que le conmovía de Rut era su conducta (2: 11). Se trataba de un comportamiento tan noble en alguien que, por añadidura, no era israelita que no tenía la menor duda de que Dios la bendeciría y así sería porque, al fin y a la postre, había acudido a cobijarse en El (2: 12). De nuevo, las palabras de Rut fueron ejemplares (2: 13). Agradeció a Booz que hubiera consolado su corazón a pesar de que no era ni siquiera una de sus criadas.

Booz la invitó entonces a comer con sus empleados (2: 14) y, a continuación, ordenó a éstos que se comportaran con ella decentemente y le permitieran realizar la rebusca en paz (2: 15-16). Fue así como Rut estuvo trabajando y regresó al lado de su suegra que no pudo sino sorprenderse de lo sucedido (2: 17-2) y que instó a Rut para que siguiera yendo a laborar en los campos de Booz. Así durante la temporada de la cosecha del trigo y de la cebada no les faltó sustento (2: 23).

No tengo la menor duda de que para muchos – y muchas – todo este episodio de la historia de Rut resultará llamativo. La lealtad hacia un familiar que no es de sangre, la laboriosidad sin límites, la humildad no fingida, la gratitud ante lo que no pasaba de ser un trabajo servil parecen valores no sólo atrasados sino incluso despreciables. Asumirlos hoy desencadenaría inmediatamente una serie de gritos airados. Así es por la sencilla razón de que se han visto sustituidos por otros que la sociedad considera – o le han hecho considerar – mejores y que implican componentes de descaro, desapego y desconsideración nada pequeños. Sería cuestión de preguntarnos si hemos ganado con ese cambio. Sería sabio que las mujeres se pregunten si la imagen que dan es más hermosa que la de Rut o sólo más maquillada y agresiva y también que muchos hombres se planteen si desearían compartir sus vidas con los modelos habituales de mujer o con alguien que fuera como Rut. Pero la historia sigue.

 

CONTINUARÁ

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