Mateo, el evangelio judío (XXV)

Viernes, 14 de diciembre de 2018

Llega el fin del año y quien ahora se dirige a ustedes va a tomarse unos días de asueto.  Lo que queda de esta semana tendremos los posts habituales, pero volveremos a encontrarnos sólo el 24 con un especial de Camino del Sur, el 25 para felicitarles la Navidad y el 31 para desearles una feliz despedida de este agitado 2018.  El 1 de enero, también les felicitaré el año nuevo, Dios mediante, pero ya no regresaré hasta el 11 de enero con los posts.  Les deseo lo mejor para ustedes y sus seres próximos en estos días.  God bless ya!!!  ¡¡¡Que Dios los bendiga!!!

(23-25): El último discurso de Jesús (I): capítulo 23

He señalado varias veces en este comentario que Mateo reproduce en el curso de su Evangelio cinco grandes secciones didácticas que cuentan con paralelos con los cinco libros de Moisés.  Jesús está dando una reinterpretación a la Torah y eso no sólo queda de manifiesto en el Sermón del monte sino en otros segmentos del libro.  Con la entrada en Jerusalén, se consuma esa estructura del Evangelio y también hay una referencia paralela al quinto libro de la Torah, el Deuteronomio.  Generalmente, los comentaristas consideran que esta sección abarca los capítulos 24 y 25 y le dan un fuerte contenido futurista.  Me permito disentir señalando que, en realidad, la última sección discursiva va del capítulo 23 al 25 y además desmembrarla sólo implica perder de vista la perspectiva global.  Así, el capítulo 23 es un alegato contra la corrupción del sistema religioso judío del Segundo templo; el 24, anuncia el final de ese sistema y el 25 proyecta hacia una realidad futura más plena que el final de un pacto y su sustitución por otro nuevo.  Comencemos, pues, por ese capítulo 23.

El inicio del capítulo 23 es devastador porque señala a una casta religiosa que se ha colocado en lugar de Moisés y que puede incluso enseñar cosas correctas, pero que no se corresponden ni de lejos con su conducta (23: 1-3).  Semejantes colectivos erigidos en detentadores de la supuesta representación de Dios no sólo dejan de manifiesto con frecuencia sus incoherencias sino que además tienen una serie de características muy concretas a lo largo de la Historia.  La primera es que cargan de pesadas cargas a los seres humanos, pesadas cargas que ellos no contribuyen a hacer más livianas (23: 4).  Se supone que nadie debería añadir a la enseñanza de las Escrituras y que el deber del que enseña es ayudar a vivir de acuerdo con esa realidad a los que reciben su enseñanza.  Esta gente actúa de la manera totalmente opuesta y es lógico porque el poder para imponer prohibiciones proporciona un aura de poder espiritual.  Ese aura, esa apariencia, ese despliegue de relevancia más impuesta que real es la segunda característica de los falsos maestros (23: 5-7).  Actúan para ser vistos, utilizan incluso vestimentas que marquen su posición espiritual y desde luego ambicionan los sitios más prominentes y el que se dirijan a ellos reconociendo su autoimpuesta relevancia.  Esa conducta es exactamente la contraria a la que deberían tener los seguidores de Jesús.  La fraternidad está por delante de la relación de maestro y discípulo porque, en realidad, el único maestro verdadero es el mesías (23: 8 y 10).  Jamás debería llamarse padre a una autoridad espiritual - ¡no digamos ya Santo padre! – porque el único Padre es Dios (23: 9) y hay que tener presente que el siervo es el que verdaderamente es grande (23: 11).

Esta visión más que contrapuesta de Jesús y las autoridades judías de su época desemboca en un conjunto de ayes que tienen paralelos con los emitidos con profetas del Antiguo Testamento (Amós 6). 

-          Ay de estos maestros porque son como el perro del hortelano en términos espirituales.  Ellos no entran en el Reino, pero además se encargan de que otros tampoco lo puedan hacer con sus enseñanzas humanas y sus prácticas soberbias (23: 13). 

-          Ay de estos maestros porque los mueve la codicia y con el pretexto de que reparten bendición espiritual saquean las haciendas de los fieles aunque sean los más necesitados (23: 14).  Esa conducta es digna de especial condenación. 

-          Ay de estos maestros porque pueden tener un celo proselitista inmenso, pero la realidad es que no por ello contribuyen a la salvación de nadie sino sólo a la creación de adeptos que acaban siendo tan dignos o más del infierno que ellos mismos (23: 15).

-          Ay de estos maestros porque sus predicaciones aunque incluyan referencias al templo y a Dios y a las enseñanzas divinas, en realidad, esconden una espantosa codicia que los lleva a relativizar los mandamientos de Dios para que todo sirva a sus propósitos mundanos (23: 16-22). 

-          Ay de estos maestros porque convierten el mandato del diezmo en algo esencial y, a la vez, dejan de lado lo que verdaderamente importa de la Torah que es la justicia, la misericordia y la fe (23: 23).  Por cierto, no deja de llamarme la atención como este pasaje se utiliza con cierta profusión para justificar el actuar como aquellos falsos maestros condenados por Jesús.  Se subraya el entregar el diezmo y se fulminan condenaciones para el que no lo haga y, a la vez, no se predica ni de lejos con la misma intensidad sobre la justicia, la misericordia y la fe.  Lo terrible es que además se pasa por alto que ese diezmo ha quedado fuera de la vida de los cristianos como el templo o el juramento sobre el altar o las filacterias de las que habla también este capítulo.  No deja de ser llamativo que el diezmo sea el único aspecto de la ley que, según estos maestros espirituales, aún pesa sobre aquellos que no están bajo la ley sino bajo la gracia (Romanos 6: 12-14).  Eso sin contar con el que el diezmo en la Torah poco tenía que ver – poquísimo – con la enseñanza sobre el diezmo que prodigan aquellos que lo exigen a todas horas mientras se olvidan de predicar sobre la justicia, la misericordia y la fe.  Ese tipo de gente – lo afirma tajantemente Jesús – son sólo ciegos que se tragan el camello y cuelan el mosquito (23: 24). 

-          Ay de esos maestros que se esfuerzan en su apariencia exterior y pasan por alto toda la miseria espiritual que albergan (23: 25) demostrando que son ciegos (23: 26). 

-          Ay de esos maestros cuyo exterior es un prodigio de adorno – como los sepulcros blanqueados por fuera – pero en el interior sólo esconden una podedumbre cadavérica (23: 27). 

-          Ay de esos maestros que cuentan con admiración el valor, la fe, el arrojo de los que fueron fieles a Dios en el pasado, pero la verdad es que, de haber vivido en esa época, actuarían igual.  A decir verdad, así lo hacen con los profetas de hoy como hicieron con Jesús (23: 29-31).

Los ocho ayes – número perfecto más uno – abocan a una conclusión: aquellos que se han autoerigido como pastores del pueblo y que han impuesto su presunta superioridad espiritual no pasan de ser serpientes, unas serpientes que no escaparán de la condenación del infierno (23: 33). Poca duda puede caber de que rechazarán a todos los que son verdaderos enviados de Dios (23: 34).  Poca duda puede haber de que semejante conducta no quedará sin castigo del Señor (23: 35) y en el caso de aquel judaísmo del segundo templo ese juicio se produciría en el lapso de una generación, un término que se demostró correcto porque desde el juicio pronunciado por Jesús en el año 30 hasta la destrucción de Jerusalén y su templo en el 70 pasaron justos cuarenta años. 

No es que Dios se complazca en el juicio y, de hecho, Jesús señala cómo había buscado amorosamente a Jerusalén a pesar de ser consciente de que mata a los profetas y apedrea a los enviados (23: 37), pero el tiempo se había agotado, el templo – la casa – iba a ser desolada (23: 39) y el único camino para salir adelante sería reconocer al mesías (23: 39).

No cabe duda de que estas palabras de Jesús estuvieron dirigidas a sus contemporáneos.  Las referencias a escribas y fariseos, al templo, al diezmo, incluso a prácticas que desaparecerían una generación después así lo indican.  Todo aquello iba a quedar fuera de la misma manera que sucedió con la generación que pereció en el desierto dando lugar a otra que recibió el Deuteronomio.  Sin embargo, seríamos muy necios si no nos percatáramos de que las enseñanzas de Jesús tienen un valor universal y que nos muestran los maestros espirituales de los que deberíamos huir como de la peste. 

-          Aquellos que enseñan valores que luego desmienten con su conducta,

-           los que gustan de los primeros lugares y las alabanzas,

-          los que se derriten cuando se les llama por algún título – da lo mismo que sea santidad, eminencia o apóstol –

-          los que no tienen el menor escrúpulo en hacerse con el dinero incluso de los más necesitados apelando a la obra de Dios,

-          los que gustan de hacer prosélitos pero no para Dios sino para su propia gloria convirtiéndolos en seres peores que ellos mismos,

-          los que tergiversan los mandatos de Dios para aprovecharse de ellos,

-          los que no tienen un cuidado escrupuloso con la verdad,

-          los que insisten en exigir diezmos a la vez que descuidan las enseñanzas verdaderamente importantes como las referentes a la justicia, la misericordia y la fe,

-          los que cuidan mucho de las apariencias, pero tienen un sucio interior espiritual,

-          los que se oponen a los verdaderos enviados de Dios… ay de todos ellos porque, a pesar de que arremetan contra los que proclaman la Verdad, no escaparán del juicio de Dios y ese juicio suele caer no más allá de una generación.  Sobre ello Jesús iba a dar enseguida más detalles.

CONTINUARÁ                

 

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