Martes, 16 de Julio de 2024

(CXXII): El régimen de la restauración (XIII): El desastre de 1898 (I)

Viernes, 7 de Julio de 2023

En marzo de 1895, apenas unos días después de que estallara una nueva guerra en Cuba, algunos oficiales atacaron las redacciones de dos periódicos El Resumen y El Globo en represalia por las críticas publicadas contra el ejército.  El episodio provocó la caída de Sagasta y el regreso de Cánovas.  El dirigente conservador confiaba con solucionar el problema colonial - de hecho, en la Navidad de 1897, Fernando Primo de Rivera pacificó las Filipinas - pero el 8 de agosto de 1897, fue asesinado por el anarquista Angiolillo en el balneario guipuzcoano de Santa Águeda.  España se encaminaba a la catástrofe y sufriría la situación privada del estadista que había creado el sistema de la Restauración.  De manera nada sorprendente, la iglesia católica representaría un papel nada baladí en el desastre que se avecinaba.

El desastre ocasionaría un océano de reflexión sobre las esencias de España y sus reales.  Curiosamente, no ha sido tan habitual el enfocar la reflexión del Desastre sobre dos cuestiones que quedaron expuestas de manera palmaria con ocasión del mismo.  La primera es la absoluta ineficacia del régimen de la Restauración para enfrentarse con problemas verdaderamente serios que fueran más allá del canovista “ir tirando”; la segunda es el inmenso papel desempeñado por la iglesia católica en la forja de esa incapacidad de consecuencias trágicas para la nación.  La voracidad de privilegios de la que hacía gala la iglesia católica quedó de manifiesto apenas unas semanas antes de que se produjera la catástrofe en el juicio que realizó de Cánovas.  De él no podía decir que no hubiera sido un católico puntilloso en el cumplimiento de los deberes religiosos.  Tampoco podía negar la suma inmensa de privilegios que había devuelto a la institución.  Sin embargo, aún así, Cánovas tenía que ser severamente censurado.  El nuncio lo acusó de no haber procedido a restaurar los principios religiosos sino más bien difundido “los errores de la escuela liberal”[1] y la prensa católica lo censuró porque había procedido de “la escuela liberal” lo que le llevó a “abrir de par en par las fronteras de la patria a todas las libertades de perdición”.  Esas libertades que tanto odiaba la iglesia católica habían servido “como poderosa arma para descatolizar al pueblo antes creyente y devoto”[2].   No deja de ser llamativo el cerrilismo codicioso de privilegios de la iglesia católica, un cerrilismo que tendría sus consecuencias visibles en la guerra de 1898.    

Los sucesivos intentos de los liberales españoles por crear un estado moderno se traducían en reformas en áreas como la educación, las fuerzas armadas, el derecho de familia, el reconocimiento de las libertades y, de manera más relevante, el establecimiento de un patriotismo basado en la idea de nación.  Todos y cada uno de esos aspectos chocaban con una iglesia que deseaba articular el sentimiento patriótico en categorías religiosas, que pretendía mantener el dominio de la educación, que no toleraba un derecho de familia que no fuera el canónico, que abominaba libertades esenciales y que no podía tolerar la existencia de un ejército moderno por la sencilla razón de que serviría de soporte a un estado no sometido a su tutela.  Así, el servicio militar obligatorio que implicaba la desaparición de privilegios sociales a la hora de servir en filas fue criticado agriamente por los obispos que no lo veían como una medida patriótica sino como un ejemplo de racionalismo y materialismo “propios de una civilización pagana”[3].  Esa obstaculización a la mejora de unas fuerzas armadas, vino de la mano de un apoyo a la guerra que sorprende ya no sólo por su desatado belicismo sino, sobre todo, por las razones aducidas.  Como ha señalado acertadamente Sebastian Balfour, la iglesia católica “desempeñó un papel importante en la promoción de sentimientos patrioteros”.  No ha exagerado lo más mínimo en su apreciación [4].  Por ejemplo, el cardenal Casañas [5] publicó un extenso tratado donde anunciaba la victoria de las fuerzas españolas sobre las de Estados Unidos porque las primeras alentaban un “sentimiento católico” mientras que las segundas estaban formadas por “gente separada de Dios y… gobernada por sectas masónicas y protestantes”.  Más allá de las declaraciones que anunciaban las razones espirituales por las que Estados Unidos sería derrotado por los ejércitos católicos, los obispos alentaron el esfuerzo militar llegando a colaborar en el reclutamiento[6].  Aparte de sus intentos por congraciarse todavía más con las castas gobernantes, la iglesia católica, al actuar así, defendía sus intereses materiales en las colonias y, de manera muy especial, en Filipinas. 

CONTINUARÁ


[1]  Alejandro Bavona, Informe sobre la acción política en el orden público, diciembre de 1896.

[2]  La Cruz, 1897, p. 197.

[3]   El obispo Sancha de Madrid citado en León Carbonero y Sol (ed), Crónica del Segundo Congreso Católico Nacional Español celebrado en Zaragoza, Madrid, 1890, p. 48.

[4]  S. Balfour, The End of the Spanish Empire, 1898-1923, Oxford, 1997, p. 98.

[5]  Casañas y Pages, Exhortación pastoral que sobre la guerra empeñada con los Estados Unidos dirige a sus diocesanos, 23 de abril de 1898 en La Cruz, 1898.

[6]  La Cruz, 1896, p. 338.

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