A beneficio de inventario

Lunes, 30 de julio de 2018

Una de las circunstancias que más me horroriza de España es cómo no pocos han decidido tomarse la guerra civil a beneficio de inventario. En otras palabras, la leen e interpretan de acuerdo con lo que les parece bien y cierran los ojos a la verdad dejando fuera lo que quieren.

No seré yo quien niegue la existencia de idealistas, héroes y víctimas de los dos bandos. Conocí a muchos y entrevisté a algunos para mi Recuerdo 1936, pero, aceptados todos los matices que se deseen, la guerra civil no fue un episodio del que enorgullecerse. En primer lugar, constituyó un escandaloso fracaso colectivo y lo fue porque los españoles se demostraron incapaces de llegar a acuerdos que beneficiaran a todos y se sumergieron en un remolino de sectarismo y violencia que llevó a la revolución y a la contrarrevolución. Esa miopía afectó por igual a los dos bandos y basta leer lo que señalaron los protagonistas de la época para percatarse de ello. Las clases privilegiadas de siglos no estaban dispuestas a renunciar a unos privilegios inmensos e injustos que constituían una carga insoportable para la nación. Los que deseaban acabar con los privilegios, generalmente, buscaron cómo encajar esa meta en un programa propio y fanático que, en no pocas ocasiones, ya había demostrado su fracaso. No es algo de lo que ufanarse.

En segundo lugar, se trató de una guerra criminal porque estuvo más que caracterizada por la práctica del crimen por ambos bandos. Baste decir que en las cunetas y los paredones encontraron la muerte más españoles que en el frente. Que cada cual saque sus conclusiones. A fin de cuentas, ambos bandos tenían entre sus objetivos a millares de sus compatriotas en la retaguardia. En el caso de los vencedores, se trataba de dar una lección ejemplar que no olvidaran los levantiscos contrarios al orden; en el de los vencidos, de exterminar a sectores enteros de la sociedad de acuerdo a la dialéctica de la guerra de clases. A semejantes visiones de muerte se unieron las envidias, los ajustes de cuentas e incluso los ataques de cuernos. Hubo momentos sublimes de idealismo en la guerra, pero fueron centenares de miles – quizá más – los casos de bajeza moral y de vileza humana. Unos pudieron asesinar sin rebozo a conservadores, clérigos o simples profesores de derecho romano; los otros hicieron exactamente lo mismo con republicanos, masones, pastores protestantes, maestros o sindicalistas. De nuevo, no es para estar orgulloso y mucho menos para cubrir los crímenes propios con los de los “otros”.

Finalmente, se trató de una guerra que no podía acabar bien. Arrastrada por su aciaga dinámica histórica de siglos, de haber ganado el Frente popular, España se hubiera convertido en una democracia popular semejante a las del este de Europa. Stalin hubiera mandado en esa España como después de 1945 lo hizo en Polonia, Hungría o Rumania. Habiendo vencido Franco, tuvimos una dictadura conservador-católica que cosechó grandes éxitos económicos en los sesenta, pero que – no debe olvidarse - en 1959, dos décadas después de la victoria, se hallaba aún en bancarrota literal. Que fue liberalizándose en los sesenta es cierto, pero eso no puede servir para olvidar las decenas de miles de fusilados de la posguerra ni los que vieron sus vidas arruinadas pasaran o no por las cárceles.

Examinar los datos con objetividad y comprometerse a no repetir el drama debería ser el objetivo colectivo. Sin embargo, durante cuarenta años estuvimos sometidos a la versión de los unos y desde los setenta, a la de los otros que, inconsistente como toda visión parcial, ahora necesita, al parecer, el apoyo de código penal y cárcel para que nadie rechiste. Han pasado más de ochenta años y tengo la sensación de que no hemos aprendido nada.

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