Domingo, 16 de Junio de 2024

El Conde-Duque de Olivares o la última oportunidad

Jueves, 5 de Marzo de 2015

Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar, más conocido como el Conde-Duque de Olivares, nació en Roma aunque procedía, como Séneca o Trajano, de una familia andaluza. Destinado inicialmente a la vida eclesiástica, la muerte de sus hermanos mayores le abrió el camino a la corte.

La llegada al trono de Felipe IV y la renovación generacional le permitieron ir escalando puestos hasta convertirse en valido. Olivares era consciente del peligro alarmante por el que atravesaba la nación y en 1624, entregó al rey la Gran Memoria que preconizaba la unificación legal de España y el fortalecimiento regio frente a la división territorial. Consciente de hasta qué punto, Castilla, la corona más importante de las españolas, se estaba desangrando, insistió en una Unión de armas que llevara a la Corona de Aragón (reino de Aragón, reino de Valencia, principado de Cataluña y reino de Mallorca) a compartir las cargas. Igualmente, intentó la realización de una serie de reformas económicas que implicaran el final de la corrupción, la remodelación de la administración, el impulso de la industria española y la supresión de impuestos como el de los millones. Incluso se atrevió a propugnar que se permitiera el regreso de los judíos expulsados en 1492. Este plan de robustecimiento nacional resultaba obligado en la medida en que España estaba enredada en la última gran guerra de religión, la de los Treinta años. Objetivamente observado, Olivares estaba cargado de razón, pero sus reformas chocaban con los privilegios de la aristocracia, la iglesia católica y las oligarquías locales y no pudieron llevarse a cabo. La consecuencia directa fue que en 1627 España sufrió una bancarrota y las derrotas en el exterior se multiplicaron. En 1640, se produjo una sublevación en Cataluña que, temporalmente, sometió el principado a Francia y que no concluyó hasta 1652. En paralelo, Portugal se independizó (1640) e incluso Andalucía fue foco de otro proceso secesionista (1641). En 1643, Olivares fue desterrado a Loeches, pero sus enemigos – que no le perdonaban su afán reformista – lograron que el rey lo confinara en Toro e incluso que en 1644, la Inquisición lo procesara por haber leído escritos de protestantes y el Corán. Murió antes de que el Santo Oficio dictara sentencia. Con él, se enterró la última oportunidad de España de sobrevivir como gran potencia.

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