Martes, 15 de Octubre de 2019

Jesús, el judío (LI)

Domingo, 28 de Julio de 2019

CONCLUSIÓN:  “JESÚS, HIJO DE ABRAHAM, HIJO DE DAVID, HIJO DE DIOS…”

 

       Cualquiera que tenga la curiosidad de dar inicio a la lectura del Nuevo Testamento encontrará desde el principio que está abriendo un libro profundamente judío.  Las primeras líneas hacen referencia a Jesús “hijo de David, hijo de Abraham” (Mateo 1, 1) para, acto seguido, introducir una genealogía que está referida al pueblo de Israel y que incluso se agrupa midráshicamente en un número de generaciones que coincide con el valor numérico del nombre David.  Semejante circunstancia puede sorprender al judío que desconoce a Jesús y, por supuesto, a aquellos que creen seguir a Jesús y que nunca lo relacionarían con Israel.  Sin embargo, los hechos objetivos son innegables.  Al término de nuestro estudio, también podemos señalar que nuestras conclusiones son obvias.

        Jesús, hijo de Abraham

         Descendiente del patriarca al que Dios formuló las promesas dirigidas al pueblo de Israel, miembro del pueblo judío, Jesús fue circuncidado al octavo día.

       Su familia fue piadosamente judía.  También fueron judíos con fuertes inquietudes espirituales sus discípulos.  La misma vida de Jesús fue la de un judío piadoso que guardaba el shabbat, celebraba las festividades de Israel y amaba y respetaba profundamente la Torah que había “venido a cumplir y no a anular” (Mateo 5, 17).

 

       Jesús, hijo de David. 

       Perteneciente a la estirpe del rey David a través de una rama seguramente secundaria, se presentó además como el mesías.  Sin embargo, su visión de la mesianidad estaba enraizada con los Cantos sobre el Siervo de YHVH de Isaías.  Ese Siervo-mesías-Hijo del Hombre era mayor que Jonás y Salomón (Mateo 12, 41-42; Lucas 11, 31-32).

      Como tal mesías, anunciaba que el Reino había dado alcance a sus contemporáneos (Mateo 12, 28) y convocaba a todos a la teshuvah, al arrepentimiento.

      Como tal mesías, moriría expiatoriamente por los pecados de Israel, aunque buena parte de su pueblo no lo entendiera y lo considerara castigado por Dios (Isaías 53) y aunque desde el s.I no hayan sido pocos los judíos que han quedado persuadidos de que era el mesías y que por creerlo no han pensado perder su condición de parte de Israel.

      Como tal mesías, sería luz para los gentiles (Isaías 42, 1 ss)

 

     Jesús, Hijo de Dios

     Jesús además fue consciente de vivir en una relación especial con Dios que no tenía paralelos en ningún otro ser.  A él podía llamarlo abbá, papá, no en un sentido buenista de Dios, sino como el Ser con el que tenía una intimidad incomparable (Mateo 11, 25-27).

     Esa intimidad iba a provocar un giro radical en la Historia de las religiones porque acercó extraordinariamente al Creador hasta sus criaturas, tanto como no lo había estado antes.  A la pregunta – sobrecogedora, terrible, escalofriante – de dónde se hallaba Dios en Auchswitz, el judaísmo no ha podido responder cabalmente tanto es el horror que su simple formulación provoca.  Sin embargo, para los que creen que Jesús es hijo de Abraham, hijo de David e Hijo de Dios, el Siervo de YHVH ofrecido en expiación por los pecados de la Humanidad, la respuesta es que Dios estaba en la persona de Su Hijo, enviado al mundo por amor, colgando de una cruz y que lo reivindicó resucitándolo de entre los muertos. 

     Sin embargo, estos últimos aspectos sobrepasan el terreno por el que puede caminar con razonable certeza el historiador y penetran en el campo de la fe.  Por ello, nosotros debemos regresar a un terreno más prosaico que resulta esencial para comprender a Jesús y sus enseñanzas, para lograr que los judíos capten quién fue realmente Jesús y para que aquellos que dicen seguirlo y se denominan cristianos puedan limpiar su cristianismo de las excrecencias e impurezas acumuladas durante siglos tapando al verdadero Jesús y a su auténtico mensaje.  Y es que, sin ningún género de dudas, Jesús el judío no podría entender ni respaldar: 

 

  1. Jesús el judío no hubiera entendido el antisemitismo de siglos tanto en su vertiente supuestamente cristiana ni tampoco en la islámica o en la científica.  Al igual que los profetas, Jesús distó mucho de idealizar a Israel y no escatimó las críticas a sus autoridades y a sus correligionarios, pero no hubiera podido contemplar sino con horror la satanización de su pueblo, pueblo al que él fue enviado de manera primordial.
  2. Jesús el judío no hubiera entendido que en su nombre se creara un poder político-religioso semejante al del Sanhedrín o incluso mayor y que los Doce no sólo se vieran desprovistos de la misión de juzgar a las Doce tribus de Israel sino que además se hubieran transformado en una casta que, supuestamente, se perpetuaba a lo largo de los siglos.
  3. Jesús el judío no hubiera entendido que ese poder religioso pretendiera tener un monopolio de la Verdad cuando él mismo había enseñado que “el que no está contra vosotros está con vosotros” y que sólo él – y no una instancia humana - era el Camino, la Verdad y la Vida (Juan 14, 6).
  4. Jesús el judío no hubiera entendido que ese poder religioso pretendiera garantizar una salvación mediante obras y ritos como los dirigentes religiosos de su tiempo a los que él había criticado sin contemplaciones y cuando la salvación es un regalo gratuito de Dios para los que se confiesan humildemente pecadores ante Dios y deciden seguir a Jesús (Lucas 18, 9-14)
  5. Jesús el judío que millares de veces en su vida oró la Shemá que señala que hay un solo Dios y que reprendió al Diablo diciéndole que a nadie se puede dar culto religioso salvo al Señor (Lucas 4, 8) no hubiera entendido que ese poder religioso traicionara la Torah e introdujera mediadores entre Dios y los hombres, o consintiera el culto religioso a otro ser que el único Dios.
  6. Jesús el judío que jamás se inclinó ante una imagen siguiendo el mandato de la Torah jamás hubiera entendido que ninguno de sus seguidores quebrantara los Diez mandamientos rindiendo culto a imágenes (Exodo 20, 4-5) cuando su Padre estableció claramente que no toleraría que se dispensara culto a imágenes (Isaías 42, 8) y señaló el absurdo ridículo de semejante práctica (Isaías 44, 9-20).
  7. Jesús el judío no hubiera entendido que ese poder religioso hubiera convertido la casa de su Padre en cueva de ladrones traficando con lo sagrado cuando él mismo había purificado el Templo del único Dios verdadero y además no tenía donde recostar la cabeza (Mateo 8, 20-21).
  8. Jesús el judío no hubiera entendido que ese poder “colara el mosquito y se tragara el camello” (Mateo 23, 24) y echara pesadas cargas sobre los hombros de los demás a la vez que olvidaba la compasión, la misericordia y los elementos esenciales de la Torah (Mateo 23, 23)
  9. Jesús el judío no hubiera entendido que ese poder religioso, como las autoridades del Templo que lo condenaron, antepusiera la Realpolitik a la cruz olvidando el carácter diabólico de los reinos de este mundo (Lucas 4, 5-8) y
  10. Jesús el judío no hubiera entendido que ese poder matara, volviera la mirada hacia otro lado ante el sufrimiento de Israel, creara ghettos, estableciera normas que obligaran a los judíos a llevar una señal, privara de derechos elementales a los judíos e incluso llegara a firmar un pacto con Hitler.

 

            De hecho, seguramente como el mismo Pablo de Tarso,  Jesús el judío en un poder así hubiera visto al Hombre del pecado que se coloca en lugar de Dios intentando sustituirlo (2 Tesalonicenses 2, 3-7), que pretende representar a Dios, pero que, en realidad, como algunos de los religiosos que conoció ni entra en el Reino ni deja que los demás entren (Mateo 23, 13) y que sólo puede ser vencido, como el Diablo que lo inspira, mediante el recurso a la enseñanza de las Escrituras (Lucas 4, 4, 8 y 12).

     Así, hubiera visto las cosas Jesús y, al hacerlo, habría sido, como lo fue durante toda su vida, medularmente judío.  No resulta por ello extraño que el filósofo judio Martin Buber lo considerara su “hermano mayor” [1], que el rabino Leo Baeck lo considerara “una personalidad genuinamente judía” [2] o que el historiador judío Joseph Klausner indicara que “Jesús es el más judío de los judíos… más judío incluso que Hil.lel… desde el punto de vista de la humanidad en general, él es, ciertamente, una “luz para los gentiles”[3]

     Pero además, como supo ver el sabio judío Maimónides y detrás de él personajes como Klausner o Pines, su llamamiento habría sido universal.  Se trató de un llamamiento que, siguiendo la estela de los profetas, ha desbordado a Israel para convocar a todos los pueblos a Jerusalén (Isaías 2, 1 ss).  Porque, a día de hoy, la enseñanza de Jesús el judío sigue viva y convoca a todos los seres humanos a buscar primero el Reino de Dios y su justicia (Lucas 12, 30-31), a no dejarse llevar por el miedo y la ansiedad como los que no creen (Lucas 12, 32) y a creer en el Hijo al que Dios envió por amor envió al mundo para que “todo el que cree en él no se pierda sino que tenga vida eterna” (Juan 3, 16).

(FIN DE LA SERIE)


[1]  M. Buber, Two Types of Faith, Nueva York, 1961, p. 12.

[2] L. Baeck, Harnack Volensugen über das Wesen des Christentums, Breslau, 1902.

[3]  J. Klausner, Jesus of Nazaret, Nueva York, p. 413.

 

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