Jesús, el judío (XVIII)

Domingo, 4 de Noviembre de 2018

El Sermón del Monte (VI):  el servicio a Dios (III):  la esencia de la Torah

La pregunta sobre la esencia de la Torah había tenido diversas respuestas a lo largo de la Historia de la fe de Israel.  El rabino Hil.lel ya había señalado unas décadas antes de Jesús que consistía en no hacer a los demás lo que uno no desea que le hagan y en ello había coincidido con algunos filósofos gentiles.  Sin embargo, Jesús iba más allá.  No se trata meramente de abstenerse de hacer el mal.  En realidad, se trata de hacer el bien y además el mismo bien que nos gustaría recibir a nosotros y que, desde luego, no se limita al seno de Israel o de cualquier otro grupo humano.  Semejante enseñanza, lejos de ser una consigna utópica, se halla preñada de consecuencias prácticas.  ¿Desearíamos que nuestro cónyuge nos fuera fiel?  Pues así deberíamos comportarnos nosotros.  ¿Desearíamos que el vecino no nos mintiera ni intentara manipularnos?  Pues así deberíamos comportarnos nosotros.  ¿Desearíamos que los demás no nos abandonaran cuando la vida nos golpea y es difícil encontrar alguien a nuestro lado?  Pues así deberíamos comportarnos nosotros.  ¿Desearíamos que nos tendieran la mano en los momentos más difíciles?  Pues así deberíamos comportarnos nosotros.   Ése es el resumen de la enseñanza ética contenida en la Torah y en los profetas de Israel.

Por añadidura, Jesús indica que no hay alternativa.  La puerta estrecha y el camino angosto predicados por él son los únicos que llevan a la vida, mientras que la puerta ancha y el camino espacioso predicados por otros sólo conduce a la perdición (Mateo 7, 13-4).  Ciertamente, habrá personas que pretenderán ser seguidores de Jesús, pero por sus frutos se sabrá si lo son o si se trata meramente de lobos rapaces disfrazados de corderos (Mateo 7, 15-20) y la manera de identificarlos nunca será lo milagroso, lo prodigioso, lo espectacular.  A decir verdad, es posible que algunos de los que vivan así piensen que lo están siguiendo, pero la trágica realidad es que nunca han llegado a conocerlo (Mateo 7, 21-23). 

La conclusión final del Sermón del Monte indica hasta qué punto resultaba esencial en la enseñanza comunicada por Jesús elllevar una existencia que trasnscurre de acuerdo con la consumación de la Torah.  El que asienta su vida sobre los principios expuestos por él actuaría como el que construye su casa sobre unos cimientos de roca que permiten resistir las inundaciones y las riadas; el que no se comporta así, estará levantando su existencia sobre una base de arena condenada a desplomarse ante las primeras dificultades de peso (Mateo 7, 24-27). 

El evangelista Mateo señala que cuando Jesús concluyó sus palabras “la gente se quedaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas” (Mateo 7, 28-29).   Ciertamente, no exageraba.  Jesús no citaba precedentes rabínicos para establecer su autoridad como hacían los escribas.  Su autoridad era propia.  Nos acercaremos al origen de esa autoridad de la que hacía gala Jesús y que tanto sorprendía a sus contemporáneos.  Sin embargo, antes de entrar en esa cuestión, debemos detenernos para hablar de la elección de sus discípulos más cercanos.

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