Jueves, 19 de Septiembre de 2019

Jesús, el judío (XXVI)

Domingo, 27 de Enero de 2019

“¿QUIÉN DICEN LOS HOMBRES QUE SOY?” (V):  El Hijo de Dios 

Unido a esta serie de títulos que hemos examinado en las últimas semanas se halla el de "Hijo de Dios".  En el Antiguo Testamento, la expresión aparece vinculada a tres circunstancias diferentes.  Por un lado, se denominaba a todo el pueblo de Israel con este calificativo (Ex 4, 22; Os 11, 1; etc); por otro, se utilizaba como título regio (2 Sa 7, 14; Sal 2, 7; Sal 89, 26) y, finalmente, servía para designar a una serie de personajes de cierta envergadura sobrehumana como los ángeles (Job 1, 6; 2, 1; 38, 7, etc). 

Las referencias al mesías como "Hijo de Dios" que se hallan en el Enoc etíope (105, 2) y en 4 Esdras (7, 28ss; 13, 32; 37, 52; 14, 9) son dudosas por cuanto cabe la posibilidad de que, en el primer caso, nos hallemos ante una interpolación cristiana y, en el segundo, de que debamos interpretar "pais" quizá no como "hijo" sino como "siervo”.   Todo esto explica que G. Dalman y W. Bousset negaran que el judaísmo hubiera empleado el título "Hijo de Dios" en relación con el mesías[1] y que W. Michaelis[2] insistiera en la novedad del mismo.  Con todo, hay datos que apuntan en dirección contraria.  En 4Q Florilegium, II Samuel 7, 14 es interpretado mesiánicamente lo que, como ha señalado R. H. Fuller[3], indica que "Hijo de Dios" era ya usado como título mesiánico en el judaísmo anterior a Jesús.  No se trata, desde luego, de un caso aislado.  De hecho, en la literatura judía el Salmo 2, donde se hace referencia explícita al "Hijo de Dios" es aplicado repetidamente al mesías.  Así, el versículo 1 es referido al mesías en Av. Zar.; en el Midrash sobre el Salmo 92, 11 y en Pirqué de R. Eliezer 28.   Por ejemplo, en Yalkut II, 620, p. 90a se indica que los que se enfrentan a Dios y a su Mesías son "semejantes a un ladrón que se halla desafiante tras el palacio de un rey, y dice que si halla al hijo del rey, echará mano de él y lo crucificará y lo matará con una muerte cruel. Pero el Espíritu Santo se burla de él".  El versículo 4 del citado salmo es aplicado mesiánicamente en el Talmud (Av. Zar.) y el 6 es referido al mesías en el Midrash sobre I Samuel 16, 1, relacionándolo además con el canto del siervo de Is 53.  En cuanto al v. 7 es citado en el Talmud junto a otras referencias mesiánicas en Suk 52a.

El Midrash sobre este pasaje es realmente notable porque en el mismo se asocian con la persona del mesías los textos de Ex 4, 22 (que, evidentemente, se refiere en su redacción originaria al pueblo de Israel), de Is 52, 13 y 42, 1 correspondientes a los cantos del siervo; el Salmo 110, 1 y una cita relacionada con "el Hijo del hombre que viene con las nubes del cielo" al que se refiere el profeta Daniel.  Incluso se menciona el hecho de que Dios realizará un nuevo pacto.  En cuanto al v. 8 se aplica en Ber. R. 44 y en el Midrash al mesías.  En Suk 52a se menciona además la muerte del mesías, hijo de José.  

De lo anterior se desprende que el mesías sí era denominado "Hijo de Dios" en distintas corrientes interpretativas judías y que además su figura fue conectada incluso en algún caso con la del siervo y el Hijo del hombre, algo realmente notable si tenemos en cuenta la forma en que la controversia anticristiana afectó ciertos textos judíos.  En todos los casos, "Hijo de Dios" parece implicar la idea de elección para una misión concreta y determinada y, más específicamente, la ligada al concepto de mesías.

Jesús, ciertamente, se presentó como Hijo de Dios y no extraña que semejante afirmación fuera interpretada por algunos de sus contemporáneos como una pretensión de mesianidad.  Sin embargo, la manera en que calificaba a Dios como su Padre e incluso lo llamaba Abbá (papá) excede con mucho de la mesianidad e indica una relación mucho más profunda.   Jesús podía referirse a Dios como “mi Padre” (Mateo 18, 19) e incluso señalar cómo disfrutaba con Él de una relación exclusiva fuera del alcance de cualquier otro ser.  Precisamente, esa relación exclusiva se hallaba en la base de las propias pretensiones de Jesús y de las exigencias que planteaba a sus contemporáneos:

 

           En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por que has escondido esto de los sabios y de los entendidos, y las has revelado a los niños.  Así es, Padre, porque así resultó grato ante tus ojos.  Todo me ha sido entregado por mi Padre: y nadie conoció al Hijo, sino el Padre; ni al Padre conoció alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.  Venid a mí todos los que estáis cansados y cargados, que yo os haré descansar.  Colocad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.  Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.

 (Mateo 11, 25-30)

 

El dicho se hallaría en Q[4] - si es que tal fuente existió - lo que subrayaría su antigüedad y autenticidad, pero, sobre todo, nos indica que el hecho de ser Hijo único del Padre cimentaba la enseñanza de Jesús y, sobre todo, su manera de actuar [5].

Para Jesús, Dios era Abbá (papá) lo que no era para ningún otro judío.  De hecho, pasarían siglos antes de que otros judíos se atrevieran a denominar así a Dios[6].

Esta autoconciencia de Jesús explica más que sobradamente la autoridad de la que se consideraba investido y la manera en que determinó su visión de lo que significaba ser el mesías.

Jesús tenía una clara autoconciencia:

-       de ser Hijo del Abbá y no un hijo más como podían serlo otros seres humanos.  A él le había revelado el Padre cosas a las que sólo tenían acceso aquellos a quien él, el Hijo, quisiera revelárselas

-       de haber recibido una misión especial, la de predicar el Reino, pero no como lo había hecho Juan el Bautista, sino como el personaje anunciado por Juan el Bautista, es decir, como el mesías

-       de que ese mesías era el Siervo y el Hijo del Hombre, es decir, un mesías conectado con la tradición judía y con antecedentes en el judaísmo del primer y segundo templos, pero que chocaba con las ambiciones de muchos de sus contemporáneos e incluso de Pedro y de sus seguidores

-       de que precisamente porque era ese tipo de mesías tenía que morir como sacrificio expiatorio por los pecados del pueblo y

-       de que volvería de la muerte tras ofrecer su vida como sacrificio.

Esa autoconciencia explica más que holgadamente toda su trayectoria hasta la muerte y la frustración de no pocos de sus seguidores   

CONTINUARÁ

 

[1] G. Dalman, ”Die Worte...”; W. Bousset, ”Kyrios Christos...”, pgs. 53 ss.  Ver también E. Huntress, "Son of God in Jewish writings prior to the Christian Era" en ”JBL”, 54, 1935, pgs. 117 ss; V. Taylor, ”Person of Christ in New Testament teaching”, Londres, 1958, pgs. 173 ss; W. G. Kümmel, ”Heilgeschehen und Geschichte”, Marburgo, 1965, pgs. 215 ss.

[2] W. Michaelis, ”Zur Engelchristologie im Urchris­tentum”, Bâle, 1942, pgs. 10 ss.

[3]  R. Fuller, Oc, p. 32.

[4]   Fuera de los Evangelios y en el resto del Nuevo Testamento, Hebreos dedica más de dos capítulos (1-2) a desarrollar su visión del término que equivale a afirmar la divinidad del Hijo, relacionándola con la del Padre.  Así al Hijo, se le llama Dios (Heb 1, 8), se indica que todos los ángeles le adoran (Heb 1, 6) y se le aplican textos originariamente relacionados con Yahveh (Heb 1, 10 y Salmo 101, 26-8).  En cuanto a las cartas de Juan, recuerdan el uso del Evangelio (1 Jn 2, 23; 4, 15).  Por el contrario, Pablo sólo utiliza el título tres veces (Rom 1, 4; 2 Cor 1, 19; Gál 2, 20) y en contextos que no presentan ecos de una influencia pagana y mucho menos de los "hijos de dios" del helenismo.   Pero además lo encontramos en referencias como “Hijo” o “Su Hijo” (Romanos 1, 3 y 9; 5, 10; 8, 3, 29 y 32; I Corintios 1, 9; 15, 28; Gálatas 1, 16; 4, 4 y 6; I Tesalonicenses 1, 10. 

 

[5] A favor de la tesis de que Jesús se vio como Hijo de Dios, véase, entre otros: C. Vidal, Diccionario de Jesús y de los Evangelios, Estella,  ; J. Jeremias, ”Abba y el mensaje central del Nuevo Testamento”, Salamanca, 1983, pgs. 17 ss y 197 ss; Idem, ”Teología...”, v. I, p. 80 ss; D. Flusser, "El Hijo del Hombre" en A. Toynbee (ed.), ”El crisol del cristianismo”, Madrid, 1988, pgs. 335 y 344; D. R. Bauer, "Son of God" en DJG, pgs. 769 ss.

[6]  Sobre el tema, de manera especial, véase:  J. Jeremias, ”Abba y el mensaje central del Nuevo Testamento”, Salamanca, 1983

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