El insulto

Miércoles, 30 de Junio de 2021

Seguramente, para muchos de los lectores, el nombre de Ziad Doueiri resultará desconocido.  Sin embargo, es el de uno de los directores de cine más notables que he tenido ocasión de conocer en los últimos años.  Su película El insulto – que fue nominada en 2018 para el Oscar a la mejor película extranjera - es buena prueba de ello.  El inicio presenta un incidente en apariencia trivial.  En una ciudad del Líbano, el capataz de un grupo de albañiles es un ingeniero palestino que, por su condición de refugiado, no puede ejercer su profesión. 

La cuadrilla a cargo del palestino realiza obras en el barrio por cuenta de la municipalidad.  Se percata entonces de que uno de los balcones arroja agua a la calle por un caño no sólo contrario a las normas sino molesto para los transeúntes.  Cuando sube a la casa para advertir al dueño, éste le echa con cajas destempladas.  El capataz decide entonces cambiar el caño y así lo hace mejorando todo, pero el dueño de la casa no aprecia la situación y, a martillazos, destroza el nuevo caño.  Indignado, el capataz lo insulta.  Comienza así una situación en la que el dueño de la constructora tiene que mediar para el capataz pida perdón al vecino evitando el malestar en el barrio.  Consigue reunirlos, pero la destemplanza del propietario reprime al capataz.  Cuando, en un momento determinado, el propietario escupe al capataz que es una lástima que Ariel Sharon no los hubiera matado a todos, el palestino se vuelve airado y golpea al libanés.  El golpe derivará en dos costillas rotas, pero, por encima de todo, en un proceso judicial y en el desencadenamiento de una inmensa tensión social.  Ésa será la trama, extraordinariamente bien llevada, de El insulto.  Lo que va apareciendo poco a poco es la manera en que una sociedad se puede ver dividida, cuarteada y enfrentada a pesar de la buena voluntad que puedan tener muchas de sus gentes.  Ni el palestino ni el libanés son, en si, malas personas.  No son perfectos, pero tampoco responden a personalidades malignas y sin embargo… sin embargo, la sensación de ser los únicos agraviados, los que tienen el monopolio del dolor, los que padecen la peor parte puede tener pésimas consecuencias sobre todo si esos sentimientos son explotados por razones políticas.  Ni puedo ni debo desvelar el final de la película, pero sí deseo señalar que en ella hay un deseo de comprender, de descender al dolor, de evitar cualquier discurso demagógico que, en algunos momentos, roza la ternura y comunica una cierta esperanza en el futuro porque, a fin de cuentas, el perdón, la comprensión y, sobre todo, las decisiones individuales son más que relevantes en lo que sucede cada día.

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