(LXI): El final (V): El final (IV): La resurrección que no llegó (II)

Viernes, 16 de Abril de 2021

Mahoma regresó tras esta peregrinación a Medina donde comenzó los preparativos para una nueva expedición militar esta vez lanzada contra Siria y Palestina.  A su frente pondría a Usama b. Zayd b. Harita.  Dado que tan sólo tenía diecinueve años, la medida provocó algún resquemor entre los sucesores de Mahoma, circunstancia a la que éste respondió señalando que le permitiría vengarse de la muerte de su padre.

A mediados del mes de safar del año undécimo de la nueva era (mayo del 632), Mahoma se encontraba enfermo.  No resulta fácil determinar cuál fue la causa de su dolencia que ha sido, ocasionalmente, identificada con la malaria[8].  Según una tradición, Mahoma habría comentado a Aisha que se debía a las secuelas del intento de envenenamiento padecido años atrás[9].  Sufrió por aquel entonces delirios en el curso de los cuales visitaba las tumbas donde reposaban los restos de antiguos compañeros.  De acuerdo con una tradición, seguía manteniendo los turnos sexuales con sus mujeres, aunque otra [10], conectada con Aisha, señala que no practicaba el coito con ellas desde tiempo difícil de determinar[11].  Sea como fuere, por decisión de ellas o del propio Mahoma, se quedó en la habitación de Aisha.

Según la tradición, se encontraba con la cabeza vendada en el mimbar de la mezquita cuando comenzó a invocar a los caídos en la batalla de Uhud.  Estuvo así un buen rato hasta que, inesperadamente, señaló que había un siervo de Al.lah al que le fue dado a escoger lo que había aquí abajo o lo que se encontraba al lado de Al.lah y que había procedido a elegir lo segundo.  Abu Bakr, que acompañaba a Mahoma, llegó a la conclusión de que se estaba refiriendo a propia su muerte y rompió a llorar mientras que decía que preferible a eso era que tanto sus seguidores como sus parientes fueran sacrificados.  También según la tradición – que ha llegado con variaciones diversas - Mahoma habría impuesto silencio a Abu Bakr reconociéndolo como el personaje más útil que había tenido en defensa de la causa y como el amigo al que se llevaría consigo si así estuviera en su mano.  Luego insistió en que se enviara la expedición a las órdenes de Usama.  Acto seguido, descendió del mimbar y se encaminó a su casa.

Al llegar a su morada, Mahoma insistió excitado en que se tomara nota de lo que iba a decir.  Según la tradición, el anuncio provocó una cierta controversia entre los seguidores que alegaban que el Corán era ya una revelación cerrada y los que deseaban que quedara constancia de sus palabras.  La discusión debió subir de tono porque Mahoma les ordenó marcharse.

No había terminado, sin embargo, de pronunciar sus últimas disposiciones.  Según Ibn Abbas, Mahoma anunció que aún tenía que ordenar tres cosas.  La primera era que se expulsara a los judíos y a los cristianos de Arabia lo que indica que no había logrado que toda la población de la península arábiga abrazara su predicación; la segunda que se dieran regalos a las delegaciones y la tercera, confesó que la había olvidado.  La noticia parece verosímil históricamente ya que recoge la preocupación de Mahoma frente a aquellas fuerzas que pudieran cuestionar – lo habían hecho antes y lo seguían haciendo – sus pretensiones espirituales y, al mismo tiempo, una debilidad mental propia del que se encuentra a las puertas de la muerte.

Aún tuvo tiempo de dictar su testamento y se sintió algo mejor.  Se trató de una circunstancia pasajera.  Según la tradición, en la madrugada de un lunes  - posiblemente el 23 de rabi (8 de junio de 632) – Mahoma exhaló el último aliento.  No lo esperaban sus seguidores que, comenzando por Abu Bakr, no sabían cómo disponer del cadáver.  Aunque Mahoma había optado por negar la crucifixión de Jesús y su posterior resurrección, esta doctrina cristiana era conocida en Arabia y, de hecho, se procedió a no sepultar a Mahoma a la espera de que pudiera resucitar.  Pero la resurrección no tuvo lugar.  Al cabo de tres días, el plazo que había necesitado Jesús para regresar de entre los muertos, era tan obvio que Mahoma no volvería a la existencia que Abu Bakr ordenó que se procediera a sepultarlo.      

Fátima, la hija de Mahoma casada con Alí, acudió a Abu Bakr para reclamarle la parte que le correspondía del botín de Fadak y del quinto del botín que quedaba de la campaña de Jaybar.  Abu Bakr apeló a una disposición que, supuestamente, le había comunicado Mahoma señalando que “entre nosotros no se hereda.  Lo que dejamos es una limosna de la cual la familia de Mahoma cobrará únicamente la cantidad que precise para subsistir”.   Basándose en esa conversación, Abu Bakr se negó a dar nada a Fátima que, desde ese momento, decidió no volver a verlo ni a hablarle.  Comenzaba así una disputa que ensangrentaría terriblemente la Historia del Islam.  Pero eso estaba todavía situado en el futuro.       

CONTINUARÁ


[8]  En ese sentido, J. Vernet, Oc, p. 185.

[9]  Sobre el tema, véase supra pp.  .

[10]  Sajij al Bujari, 1, 6, 299.

[11]  Un análisis médico de estas tradiciones en Ali Sina, Oc, pp. 143 ss.

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