Jueves, 9 de Febrero de 2023

Pablo, el judio de Tarso (VI): El grupo de Jesus el Mesias (II): la enseñanza de Jesus

Domingo, 4 de Diciembre de 2016

Las pretensiones del ejecutado Jesús no habían sido, desde luego, escasas. A decir verdad, ningún judío antes o después había afirmado de si mismo cosas parecidas. Todo ello ofrecía un terrible contraste con su final acelerado y trágico.

En las últimas décadas, se ha dado una enorme importancia el estudio sobre la autoconciencia de Jesús (¿qué pensaba Jesús de si mismo?) y sobre el significado que vio en su muerte. Lo cierto es que el elemento fundamental de la autoconciencia de Jesús fue su convicción de ser Hijo de Dios en un sentido que no podía ser compartido por nadie más y que no coincidía con visiones previas del tema (rey mesiánico, hombre justo, etc.) aunque pudiera también englobarlas. Su originalidad escandalosa al denominar a Dios como Abba (lit. papá) (Marcos 14, 36) no encuentra eco en el judaísmo hasta la Edad Media y viene a indicar una relación singular que se vio confirmada en el bautismo a manos de Juan el Bautista y en la Transfiguración. Arrancando de aquí podemos entender lo que pensaba Jesús de si mismo. Precisamente por ser el Hijo de Dios - y dar a tal título el contenido que le proporcionaba (Juan 5, 18) - Jesús es acusado en las fuentes talmúdicas de hacerse Dios. A partir de ahí también surge su constancia de que era el Mesías, pero no uno sino un mesías que se expresaba con las categorías teológicas propias del Hijo del hombre y del Siervo de YHVH. Como ya hemos señalado, esta conciencia de Jesús de ser el Hijo de Dios es admitida hoy en día por la mayoría de los historiadores aunque se discuta el contenido delimitado de la misma. Lo mismo cabría decir en cuanto a su mesianidad.

Como ya hemos indicado, Jesús esperaba evidentemente su muerte. Que el sentido que dio a ésta era plenamente expiatorio se desprende de las propias afirmaciones de Jesús acerca de su misión (Marcos 10, 45), así como del hecho de que se identificara con el siervo de YHVH (Isaías 52, 13 - 53, 12) cuya misión es llevar sobre si la carga de pecado de los descarriados y morir en su lugar de manera expiatoria. Es muy posible que su creencia en la propia resurrección arrancara asimismo del Canto del Siervo en Isaías 53 ya que, como se ha conservado el mismo en la Septuaginta y en el rollo de Isaías hallado en Qumrán, del Siervo se esperaba que resucitara después de haber muerto expiatoriamente. En cuanto a su anuncio de volver al final de los tiempos como Juez de la humanidad, cuenta con paralelos en la literatura judía que hace referencia al mesías que vendría, sería retirado por Dios de la tierra y volvería definitivamente a consumar su misión. A partir de estos datos seguros sobre la vida y la autoconciencia de Jesús podemos reconstruir las líneas maestras fundamentales de su enseñanza.

En primer lugar, su mensaje se centraba en la creencia en que todos los seres humanos se hallan en una situación de extravío o perdición (Lucas 15). Precisamente por ello, Jesús pronunciaba un llamado al arrepentimiento o conversión, dado que el Reino llegaba con él (Marcos 1, 14- 5). Esta conversión implicaba un cambio espiritual radical cuyas señales características aparecen recogidas en enseñanzas de Jesús como las contenidas en el Sermón del Monte (Mateo 5-7) y tendría como marco el Nuevo Pacto que había profetizado Jeremías y que se inauguraba con la muerte expiatoria del Mesías (Marcos 14, 12 ss y par.).

Según este mensaje, Dios venía en Jesús a buscar a los perdidos (Lucas 15), y éste daba su vida inocente como rescate por ellos (Marcos 10, 45), cumpliendo así su misión como Siervo de Yahveh. Todos podían ahora - independientemente de su presente o de su pasado - acogerse a la llamada. Esta implicaba reconocer que todos eran pecadores y que ninguno podía presentarse como justo ante Dios (Mateo 16, 23-35; Lucas 18, 9-14, etc.). Se abría entonces un periodo de la historia - de duración indeterminada - en el que la gente sería invitada a aceptar el mensaje de Buenas Nuevas del reino y en el que el Diablo se ocuparía de sembrar cizaña (Mateo 13, 1-30 y 36-43 y par.) para entorpecer la predicación del Evangelio. Durante esa fase, y pese a todas las asechanzas demoníacas, el reino seguiría creciendo desde sus insignificantes comienzos (Mateo 13, 31-3 y par.) y concluiría con el regreso del Mesías y el juicio final.

Frente al mensaje de Jesús, la única postura lógica consistía en aceptar el Reino (Mateo 13, 44-6; 8, 18-22) por muchas renuncias que eso implicara. No había posibilidad intermedia, “el que no estaba con él, estaba en su contra” (Mateo 12, 30 ss y par.) y el destino de los que lo hubieran rechazado, el final de los que no hubieran manifestado su fe en Jesús, no sería otro sino el castigo eterno, arrojados a las tinieblas externas, en medio de llanto y crujir de dientes, independientemente de su filiación religiosa (Mateo 8, 11-2 y par.).

A la luz de los datos históricos de que disponemos - y que no se limitan a las fuentes cristianas sino que incluyen otras abiertamente hostiles a Jesús y al movimiento derivado de él - se puede observar lo absolutamente insostenible de muchas de las versiones populares que sobre Jesús han circulado. Ni la que lo convierte en un revolucionario o en un dirigente político, ni la que hace de él un maestro de moral filantrópica que llamaba al amor universal y que contemplaba con benevolencia a todos los seres humanos (no digamos ya aquellas que lo convierten en un gurú oriental o en un extraterrestre) cuentan con base histórica firme. Jesús afirmó que tenía a Dios por Padre en un sentido que ningun ser humano podría atreverse a emular, que era el mesías, entendido éste como Hijo del hombre y Siervo de YHVH, que moriría expiatoriamente por los pecados humanos y que, frente a esa muestra del amor de Dios, sólo cabía la aceptación encarnada en la conversión o el rechazo que desembocaría en la ruina eterna.

Las pretensiones de Jesús – nunca se repetirá bastante – eran inmensas e incomparables con las de cualquier judío. Su muerte – vergonzosa por partida doble ya que había sido decretada por las autoridades del Templo y ejecutada por manos de gentiles, amén de realizada de una manera que implicaba la maldición ritual – debía haber significado el final de todo el episodio. En las primeras horas, en los primeros días, así pareció. De hecho, los discípulos desaparecieron aterrados ante la posibilidad de que el terrible destino de su maestro se pudiera extender hasta ellos. Y entonces, precisamente entonces, un hecho concreto llevó a sus discípulos a pensar que Jesús no había fracasado, sino que era quién decía ser.

 

CONTINUARÁ

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