Miércoles, 8 de Febrero de 2023

Pablo, el judio de Tarso (XIII): De Jerusalen a Antioquia (I): La subida a Jerusalen

Domingo, 5 de Febrero de 2017

La trayectoria de Saulo durante los tres últimos años podía considerarse como mínimo peculiar. Inicialmente, había sido un celoso fariseo criado a los pies de Gamaliel y perseguidor de la comunidad de seguidores de Jesús.

Como tal había participado en la ejecución de Esteban y había solicitado cartas al sumo sacerdote de Jerusalén para detener a los discípulos que se encontraban en Damasco. Sin embargo, una experiencia acontecida cuando se dirigía a esta ciudad había cambiado dramáticamente su vida. De perseguidor había pasado a bautizarse y a predicar la nueva fe en Arabia y en Damasco. De hecho, su celo había sido tanto que de no haber mediado la intervención de sus nuevos correligionarios posiblemente hubiera sido asesinado. Fue precisamente en ese momento especialmente delicado de su trayectoria cuando Saulo decidió dirigirse a Jerusalén para entrar en contacto con los primeros seguidores de Jesús.

La conversión de Saulo había sido sincera y no faltaban las pruebas de ello. Sin embargo, no resulta sorprendente que entre los discípulos de Jerusalén cundiera la desconfianza y rechazaran los intentos de ponerse en contacto con ellos (Hechos 9, 26). Semejante conducta resulta más que comprensible si se tiene en cuenta el pasado de Saulo y, sobre todo, si se piensa en el impacto que un informador hostil podría tener en su futuro. Sin duda, no debieron ser fáciles aquellos primeros momentos de Saulo en Jerusalén. Para sus compañeros de antaño era punto menos que un apóstata habiendo pasado de la ortodoxia farisea a predicar a un blasfemo como el crucificado Jesús. Para los discípulos, era un antiguo perseguidor y quizá el enemigo de siempre que ahora intentaba fingirse amigo. De aquella situación amarga pudo salir Saulo gracias a un personaje llamado Barnabás o Bernabé.

El nombre verdadero de Bernabé era José. Si había recibido aquel sobrenombre – que significa Hijo de consolación – se debía a su piedad y a su disposición a sacrificarse por los demás. La fuente lucana (Hechos 4, 36 ss) nos lo presenta como un hombre que poseía un campo y que, tras su conversión, lo vendió y entregó el dinero a los apóstoles para que lo distribuyeran entre los necesitados. Ahora, Bernabé actuó como mediador entre Saulo y los discípulos. Posiblemente, mantenía contacto con la comunidad de Damasco y sabía que la experiencia de Saulo era genuina. En cualquier caso, “lo condujo ante los apóstoles” y les refirió tanto su experiencia en el camino de Damasco como su experiencia evangelizadora posterior (Hechos 9, 26-27). El propio protagonista de los hechos mencionaría años después los apóstoles con los que se había encontrado. Tan sólo habían sido Cefas y “Santiago, el hermano del Señor” (Gálatas 1, 18 ss).

Cefas – el nombre arameo de Simón Pedro – era un personaje de especial relevancia entre los discípulos de Jesús. No sólo había estado con Jesús prácticamente desde el primer día de su ministerio, sino que además había desempeñado un papel de enorme relevancia en los tiempos posteriores a la crucifixión. Era verdad que lo había negado hasta tres veces – un hecho demasiado duro como para poder dudar de su autenticidad – pero también se había convertido en uno de los primeros en verle resucitado (Lucas 24, 34; I Corintios 15, 5) y en proclamarlo. En el caso de Santiago o Jacobo, “el hermano del Señor”, parece obvio que no había creído en Jesús en vida (Juan 7, 5), pero su punto de vista cambió después de contemplarlo resucitado (I Corintios 15, 7). Este episodio fue recogido en el Evangelio de los hebreos que no ha llegado a nosotros y del que Jerónimo se hace eco en su De viris illustribus 2. En poco tiempo, Santiago se había convertido en uno de los pilares de la comunidad de discípulos de Jerusalén y, como veremos, con el paso del tiempo su papel sería todavía más importante. Es muy posible que los dos personajes dirigieran dos grupos distintos de discípulos. El de Pedro se reunía en la casa de María, la madre de Juan Marcos, el autor del segundo evangelio (Hechos 12, 17).

La estancia de Saulo en Jerusalén se extendió durante dos semanas (Gálatas 1, 18). Desde mediados del siglo XIX uno de los tópicos más repetidos – y más carentes de fundamento – ha sido el de afirmar que Pablo no había sentido ningún interés por la realidad histórica de Jesús y que se había limitado a los aspectos teológicos. De esa manera, se habría distanciado, por ejemplo, de los primeros discípulos del crucificado y de los Evangelios, al menos los sinópticos. La realidad histórica resulta muy diferente. Si algo escuchó Saulo en los quince días que estuvo con Pedro debió de ser multitud de detalles sobre la vida de Jesús. No sólo eso. También escuchó el contenido de la tradición (paradosis) de la comunidad primitiva, un contenido que repetiría unos años después y que en nada se parece al significado que se da a la palabra tradición en algunas confesiones religiosas:

 

1 Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; 2 Por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. 3 Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo fue muerto por nuestros pecados conforme a las Escrituras; 4 Y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; 5 Y que se apareció a Cefas, y después a los doce. 6 Después se apareció a más de quinientos hermanos juntos; de los cuales muchos viven aún, y otros ya han muertos. 7 Después se apareció a Santiago; después a todos los apóstoles. 8 Y al último de todos, como a un abortivo, se me apareció a mi.

(I Corintios 15, 1-8).

 

Este pasaje en concreto muestra obvios paralelos con lo que conocemos de la predicación de la primitiva comunidad y, desde luego, con lo que las fuentes nos refieren sobre el mensaje transmitido por Pedro, Juan y algunos de los seguidores más antiguos de Jesús. Por si fuera poco, recoge los aspectos esenciales de la misma predicación de Jesús. Ciertamente Rudolf Bultmann llegó a afirmar que “la enseñanza del Jesús histórico no desempeña ningún papel, o prácticamente ninguno, en Pablo” [1]. La tesis se ha repetido hasta la saciedad, pero dista mucho de corresponderse con algo que se corresponda lejanamente con la realidad. De hecho, ya Arnold Resch dejó de manifiesto que en los escritos de Pablo se encontraban nada menos que 1158 referencias – 925 en las epístolas no pastorales, 133 en Éfesios y 100 en las pastorales – a palabras de Jesús [2].

Saulo no era un innovador y nunca pretendió serlo. Tampoco lo fueron los otros discípulos. A decir verdad, su predicación hundía sus raíces en la de Jesús y en la propia tradición judía. El primer aspecto que destaca en todos ellos es la insistencia indiscutible en la base bíblica de las pretensiones de Jesús. El drama relacionado con su persona no era sino el cumplimiento de las profecías contenidas en el Antiguo Testamento y, de manera muy especial, en el canto del siervo de Isaías 52, 13-53, 12. Como mesías sufriente, Jesús había sido rechazado (Isaías 53, 1). La mayoría de los judíos no habían contemplado en él nada atractivo (Isaías 53, 2). Lo habían menospreciado y no lo habían visto digno de estima alguna (Isaías 53, 3). Incluso podían haber pensado que su muerte había sido un castigo de Dios por su impiedad (Isaías 53, 4), pero, en realidad, ese mesías sufriente había llevado sobre si el castigo por los pecados que todos ellos merecían (Isaías 53, 4-5). De hecho, era el mismo Dios el que había cargado sobre el mesías el pecado (Isaías 53, 6). Llevado ante los jueces no se había rebelado sino que, más bien, se había comportado como una oveja camino del matadero (Isaías 53, 7-8). Ejecutado, la causa había sido el pecado del pueblo de Israel (Isaías 53, 8). Su muerte como un delincuente debería haber significado un entierro con delincuentes. Sin embargo, su tumba había estado entre los ricos y, más concretamente, en una sepultura nueva propiedad del acaudalado José de Arimatea (Isaías 53, 9). Con todo, la muerte no había sido el final. Tras entregar su vida como expiación por el pecado, había vuelto a vivir y ahora tan sólo esperaba el triunfo final al lado de Dios (Isaías 53, 10). La profecía de Isaías había sido redactada ocho siglos antes, pero los primeros discípulos sólo podían ver en ella un anuncio extraordinariamente exacto de la vida de Jesús, el mesías sufriente. No sorprende que así fuera porque los paralelos entre los versículos de Isaías y la pasión de Jesús son verdaderamente impresionantes, pero también porque el mismo Jesús se había presentado como un mesías sufriente (Marcos 10, 45) y porque la tradición judía creía en que el texto de Isaías 53 tenía contenido mesiánico.

 

En ese sentido, Pedro hablaría de cómo los creyentes “habían sido comprados con la sangre preciosa del mesías” (I Pedro 1, 18 ss); y Juan indicaría que “la sangre del mesías nos limpia de todo pecado” (I Juan 1, 17). Saulo se limitaría a repetir esas afirmaciones. Jesús era el mesías porque había muerto expiatoriamente de acuerdo con el plan de Dios, porque había sido sepultado y porque había resucitado al tercer día. De todo ello eran testigos los discípulos – incluso un incrédulo inicial como Santiago, incluso un antiguo enemigo y perseguidor como Saulo – y todo ello había tenido lugar de acuerdo con las Escrituras. De hecho, no era la tumba vacía la que había encendido la fe de los discípulos. Ésta se debía a que habían encontrado vivo al crucificado Jesús [3]. La predicación no era nueva y Saulo escribiría años después que no le comunicó nada que no supiera (Gálatas 2, 6). En buena medida, así debió ser. Su comprensión previa del valor de la obra del mesías, del significado de su muerte y de su resurrección eran los mismos. No menos acuciante era su predicación para creer en Jesús a fin de obtener la vida eterna.

No sorprende, por lo tanto, que el encuentro entre Saulo, por un lado, y Cefas y Santiago, por otro, concluyera óptimamente. El converso fue aceptado como uno más del grupo de los discípulos, uno más que, dado su pasado, exigía que se glorificara a Dios por la manera en que había cambiado su vida (Gálatas 1, 23-24).

Saulo – que ya había visto amenazada su vida en alguna ocasión – no estaba ahora dispuesto a dejarse amilanar. Durante el tiempo que estuvo en Jerusalén, tal y como informa la fuente lucana, se dedicó a predicar la Buena noticia a los judíos de habla griega. La oposición hacia aquel personaje que había cambiado tan radicalmente de vida no tardó en producirse y la fuente lucana nos informa de que los hermanos de Jerusalén decidieron ponerle a salvo:

 

28 Y entraba y salía con ellos en Jerusalén; 29 Y hablaba con valentía en el nombre del Señor: y disputaba con los judíos que hablaban griego; mas ellos procuraban matarle. 30 Al enterarse de ello los hermanos, le acompañaron hasta Cesarea, y le enviaron a Tarso.

(Hechos 9, 28-30)

CONTINUARÁ

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