Jueves, 9 de Febrero de 2023

Pablo, el judío de Tarso (XII): Damasco (III): En Damasco

Domingo, 29 de Enero de 2017
¿Qué le esperaba a Saulo en Damasco? El primero que lo ignoraba era él, aunque no resulta difícil comprender que se hallaba sujeto a una enorme tensión emocional. De hecho, la fuente lucana indica que “estuvo tres días sin ver, y no comió, ni bebió” (Hechos 9, 9). Por supuesto, semejante conducta puede atribuirse a un intento de prepararse espiritualmente para lo que pudiera anunciársele,

pero es más posible que fuera un estado de estupor en el que el Saulo abrumado por su experiencia en el camino de Damasco y sometido a una situación de ceguera hubiera perdido totalmente el apetito. Debieron de ser horas muy intensas aquellas en que el antiguo perseguidor se vio totalmente aislado del mundo y en que intentaría digerir el golpe terrible de descubrir que lo que había concebido como la causa más noble del universo no era sino un comportamiento dirigido contra el mismo Dios. Para hacernos una idea de lo que debió implicar en parte la experiencia de Damasco tendríamos que pensar en un inquisidor medieval que hubiera sido objeto de la visita de un ángel mostrándole lo perverso de perseguir a los valdenses o un integrista islámico al que el Altísimo indicara lo erróneo de seguir el camino del yihad. La diferencia esencial se encuentra en el hecho de que mientras que no sabemos cómo hubieran reaccionado el inquisidor o el integrista musulmán, sí sabemos que Saulo aceptó lo sucedido como una innegable manifestación del Señor que se había manifestado durante siglos en la Historia del pueblo de Israel. A ese Señor había querido servir, ahora descubría que sólo lo había perseguido en las personas de sus discípulos.

Damasco era una ciudad de importancia no escasa. No sólo se ha considerado ocasionalmente como la urbe más antigua del mundo en cuanto a ser poblada de manera continuada, sino que además aparece relacionada con la primitiva historia de Israel. Por ella pasó el patriarca Abraham (Génesis 14, 15; 15, 2). Después fue la capital del reino arameo que se opuso de manera insistente a la monarquía hebrea. En el siglo VIII a. de C., pasó a dominio de los asirios y, sucesivamente, estuvo controlada por babilonios, persas y greco-macedonios. Con la descomposición del imperio de los seleucidas – a su vez un jirón del imperio de Alejandro Magno – Damasco pasó a manos del rey nabateo Aretas III en torno al año 85 a. de C. El reino nabateo, cuya capital se encontraba en la ciudad de Petra, acabaría siendo conquistado por Roma en el 106 d. de C.. Sin embargo, en la época que nos ocupa era una potencia que no podía ser pasada por alto en Oriente Medio.

Los nabateos no consiguieron conservar Damasco en sus manos mucho tiempo. En el año 72-1 a. de C., fue tomado por Tigranes I de Armenia que lo perdió ante las fuerzas romanas de Pompeyo en el 66 a. de C. Pasó así a formar parte de la Decápolis, una agrupación de ciudades gentiles sometida al gobernador romano de Siria. La lingua franca en Damasco era el griego, pero el arameo no debía resultar extraño. No en vano, a pesar de tratarse de una población mayoritariamente gentil, contaba con una colonia judía considerablemente numerosa [1]. Partiendo de ese contexto ni extraña que Saulo se hubiera dirigido a la ciudad con cartas del sumo sacerdote de Jerusalén, ni tampoco que hubiera establecido un grupo de seguidores de Jesús.

No sabemos mucho acerca de la comunidad de seguidores de Jesús establecida en Damasco. Muy posiblemente era de origen galileo siquiera porque esta región se halla muy cerca de la Decápolis. Un miembro de esa comunidad llamado Ananías se presentó en el lugar donde se encontraba Saulo – la casa de un tal Judas en la calle Derecha - y le comunicó que Jesús, el mismo Jesús que había visto en el camino de Damasco, le había ordenado visitarle. Ananías no ocultaba su resquemor ante la idea de acercarse a alguien que se había hecho célebre por perseguir a los discípulos en Judea. Sin embargo, no había querido desobedecer las órdenes recibidas (Hechos 9, 10 -16). El relato del encuentro entre Saulo y Ananías aparece recogido de manera sucinta pero intensa en la fuente lucana:

 

17 Ananías entonces fue, y entró en la casa, e imponiéndole las manos, dijo: Saulo hermano, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno de Espíritu Santo. 18 Y al instante se le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista: y levantándose, fué bautizado.

(Hechos 9, 17-18)

 

También sabemos por esta misma fuente que el mensaje que Ananías le entregó a Saulo hacía referencia a una misión de anunciar la Buena noticia de la salvación a los que no eran judíos. Semejante circunstancia no resulta tan extraña si tenemos en cuenta que el judaísmo había llevado a cabo un claro esfuerzo proselitista desde el siglo anterior y que en él habían desempeñado un papel de primer orden los fariseos. Que los seguidores de Jesús aceptaran esa posibilidad era, a decir verdad, cuestión de tiempo. Que se viera conectada con Saulo iba a tener una enorme trascendencia.

Saulo se había integrado en el grupo de seguidores de Jesús mediante el rito del bautismo, un rito que, a la sazón, sólo se aplicaba a personas que habían experimentado previamente una conversión y que, con seguridad, se administraba por inmersión como la etimología del término griego baptizo indica. Según señalaría más de una década después, tras su conversión marchó a Arabia para luego regresar a Damasco, el lugar donde había sido bautizado (Gálatas 1, 16 ss). La cuestión que se plantea es porqué se dirigió a Arabia, un término que hace referencia no a la actual Arabia saudí, sino al reino de los nabateos que incluía el monte sagrado Sinaí y Jordania. Carecemos de datos al respecto. Una de las posibilidades es que deseara reflexionar sobre su reciente experiencia en un lugar que la tradición relaciona con el desierto en el que estuvieron Elías y Moisés, pero parece más verosímil que aquel viaje formara parte de un primer intento de comunicar la Buena noticia a los no-judíos. El intento no debió tener éxito – Lucas ni siquiera lo menciona - y Saulo regresó a Damasco.

La reacción de Saulo tras recibir el bautismo encuentra paralelos con la de no pocos conversos. Ardía en deseos de compartir su nueva fe con los demás y comenzó a visitar las sinagogas damascenas para anunciar que Jesús era el mesías e Hijo de Dios (Hechos 9, 20). El mensaje ciertamente era provocador de por si, pero el hecho de que saliera de los labios de alguien que había sido un enemigo radical y de que, por añadidura, añadiera a la predicación el testimonio de haber visto al crucificado exacerbó más los ánimos. De la sorpresa inicial por su cambio repentino se pasó a una clara oposición y al proyecto de asesinarlo. Según la fuente lucana, un grupo de judíos damascenos decidió organizar una vigilancia en las puertas de la ciudad de Damasco para capturarlo y, acto seguido, proceder a su muerte muy posiblemente por los mismos cargos que habían concluido en la lapidación de Esteban (Hechos 9, 21-23). Para llevar a cabo sus propósitos contaron con el concurso del etnarca o representante del rey nabateo Aretas en la ciudad de Damasco. La circunstancia – recogida por el mismo Pablo años después (II Corintios 11, 32 ss) – hace pensar que el monarca se había sentido incómodo por las actividades proselitistas del antiguo fariseo y que no vio con desagrado la posibilidad de librarse de él. La situación, de hecho, llegó a ser tan peligrosa que, al fin y a la postre, los discípulos decidieron sacar a Saulo de la ciudad descolgándolo en una espuerta (Hechos 9, 25). A esas alturas habían pasado tres años desde su experiencia en el camino de Damasco y Saulo decidió dirigirse a Jerusalén, la ciudad donde Jesús había sido crucificado y donde se hallaban algunos de los discípulos que lo habían conocido personalmente y como él lo habían visto después de muerto.

CONTINUARÁ

_________________________

[1] Josefo habla de que dieciocho mil judíos fueron asesinados en Damasco en 66 d. de C. (Guerra I, 422). Incluso si aceptamos que la cifra está hinchada, nos encontraríamos con una colonia judía de relevancia.

 

 

 

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