Miércoles, 15 de Julio de 2020

Pablo, el judío de Tarso (XXXIII)

Domingo, 30 de Julio de 2017

El segundo viaje misionero (IX): Corinto (III): El imperio protege el Evangelio

La fuente lucana ha dejado una descripción ajustada del enfrentamiento de los judíos de Corinto con Pablo. El texto señala lo siguiente:

12 Y siendo Galión procónsul de Acaya, los judíos se levantaron de común acuerdo contra Pablo, y le llevaron al tribunal, 13 diciendo: éste persuade a los hombres a honrar a Dios contra la ley. 14 y, cuando Pablo iba a abrir la boca, Galión dijo a los judíos: Si se tratara de algún delito o de algún crimen grave, oh judíos, conforme a derecho yo os atendería: 15 pero, tratándose de cuestiones de palabras, y de nombres, y de vuestra ley, ocupaos de ello vosotros; porque yo no quiero ser juez de esas cuestiones. 16 Y los echó del tribunal. 17 Entonces todos los griegos echando mano de Sóstenes, el jefe de la sinagoga, empezaron a golpearlo delante del tribunal, sin que a Galión le importara lo más mínimo.

(Hechos 18, 12-17)

 

En julio del año 51 d. de C., Lucio Junio Galión había llegado a Corinto para desempeñar el cargo de procónsul de Acaya. Su nombre original era, en realidad, Marco Anneo Novato. De hecho, pertenecía a una familia española en la que también había nacido su hermano pequeño, el filósofo Marco Anneo Séneca, que, a la sazón, era tutor del futuro emperador Nerón. Marco Anneo Novato había cambiado su nombre al ser adoptado por Lucio Junio Galión, un amigo de su padre.

Hacía poco que había asumido el cargo de procónsul, cuando los judíos de Corinto comparecieron ante él acusando a Pablo. Tal y como planteaban la maniobra, aquellos judíos resultaba muy hábil. Se trataba de acusar a Pablo de predicar algo que, a pesar de lo que él afirmaba, no era el judaísmo, sino una religio illicita. Si quedaba establecido ese aspecto judicialmente, Pablo – y los otros misioneros cristianos – se verían situados fuera de la ley. Precisamente por ello, las autoridades romanas debían tomar cartas en el asunto. De ser así, no sólo se impediría la continuación de su labor misionera sino que además se obtendría algo mucho más valioso. Dado que Galión era procónsul – y no una simple autoridad local como los pretores de Filipos o los politarcas de Tesalónica – su decisión sentaría un precedente por el que podrían orientarse otros magistrados romanos.

Sin embargo, Galión captó con enorme rapidez lo que se estaba discutiendo. Aquella no era una disputa legal ni tenía nada que ver con los asuntos que habitualmente juzgaba. Era una mera discusión teológica que a él y a la autoridad de Roma, le resultaba absolutamente indiferente. Por supuesto, hubiera aceptado conocer el asunto si lo que se hubiera ventilado hubiera sido la transgresión del derecho de Roma, pero en cuestiones relacionadas con asuntos de la ley judía no tenía la menor intención de entrometerse. Su decisión – impecable desde el punto de vista jurídico – muy posiblemente facilitó la misión de Pablo, y de otros predicadores cristianos, en el curso de los años siguientes. De hecho, no se produciría un cambio en la actitud de los gobernantes romanos hasta la persecución desencadenada por Nerón.

La fuente lucana incluye otro dato que resulta muy significativo. El procedimiento se había llevado a cabo ante el tribunal de Galión cuya plataforma de piedra puede contemplarse en el Corinto antiguo. Se trataba de una vista abierta que contemplaban no pocos corintios. Al parecer cuando éstos vieron la manera en que las pretensiones de la comunidad judía eran rechazadas, echaron mano del presidente de la sinagoga y comenzaron a golpearlo. El hecho ya resultaba grave de por si, pero es que además Galión fingió que no lo veía. Tanto en uno como en otro comportamiento, cuesta no ver un claro sentimiento antisemita. A la muchedumbre corintia la disputa entre aquellos judíos que afirmaban, como Pablo, que el mesías había llegado y los que lo negaban le traían sin cuidado, pero no dejaban de sentir una clara repulsión por la comunidad judía hasta tal punto que aprovecharon el rechazo de sus pretensiones para golpear a su presidente. Por lo que se refería a Galión, no estaba dispuesto a dejarse arrastrar por disputas internas del judaísmo y cuando los corintios decidieron golpear al jefe de la sinagoga prefirió no ver. Posiblemente, pensaba que se merecía más que justificadamente aquella paliza.

Las razones del rechazo de los judíos entre los corintios pudieron ser varias. Eran, desde luego, rigurosos monoteístas en medio de una sociedad volcada sobre el paganismo. Su moralidad era estricta en el seno de una ciudad que casi tenía obsesión por el sexo. Para remate, cabe la posibilidad de que compitieran con los naturales de Corinto en el comercio. Ninguna de esas circunstancias debió contribuir a hacerlos populares y ahora, ante el tribunal de Galión, dieron rienda suelta a su resentimiento. De manera bien significativa, como tendremos ocasión de ver, ese resentimiento iría desplazándose poco a poco hacia los cristianos, aunque, de momento, la resolución de Galión lo hubiera impedido.

CONTINUARÁ

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