Jueves, 9 de Febrero de 2023

Aventuras paraguayas (IV): Pa´ habernos mata´o antes de pasar por dos universidades

Viernes, 22 de Septiembre de 2017

El viaje de Ciudad del Este a Asunción en el automóvil de R se resiste a cualquier descripción cabal. Creo que sólo me atrevería con ese empeño si alguna vez decido adentrarme en los procelosos terrenos de la novela gótica.

Duró seis horas largas – habían dicho tres o tres y y media – y, sobre todo, peligrosas. En cuatro ocasiones, R estuvo a punto de darnos un disgusto. Disgusto mortal porque nos libramos por un pelo de chocar dos veces contra camiones y dos contra autos. Sí, es cierto, conducía por carreteras que no son las mejores del mundo, con un auto cuya puerta delantera derecha yo temía que se cayera en cualquier momento y con una oscuridad pavorosa, pero es que, a la vez, daba la sensación de estaba más interesado en contarme sus historias – conspiraciones, las denominaba él con término más que revelador - personales que en prestar atención a la carretera. Exhausto por los largos días de dieta de manzana y lodo cuando llevábamos más de tres horas circulando entre las tinieblas más espesas le comenté que, si no tenía inconveniente, me gustaría dormir un poco hasta llegar a Asunción. Me dijo que estaba bien… y siguió contándome su vida con lo que, por simple educación, me resultó imposible pegar ojo. Así, observando con inquietud creciente su manera de guiar un automóvil, paramos en una gasolinera. Se supone que íbamos a cenar y, efectivamente, mi asistente y yo elegimos unas empanadas y leche que - ¿esperaban ustedes algo distinto? – pagamos nosotros. En esos momentos no podíamos saberlo, pero lo cierto es que durante nuestra estancia en Paraguay nos costearíamos nuestras cenas todos y cada uno de los días.

Agotados, llegamos por fin a Asunción y al hotel. El local anunciaba en el exterior una categoría de cuatro estrellas, pero, sin duda alguna, en Europa o Estados Unidos hubiera tenido una sola. Mi habitación era suficiente y más para mi que siempre he vivido como un espartano. Era pequeña y con un equipo – sábanas y toallas incluidas - de hacía décadas, pero con aire acondicionado y baño. De sobra. Sin embargo, a los pocos minutos de llegar, sonó el teléfono. Mi asistente, presa de una angustia innegable, me comunicó que le habían dado una habitación sin ventana. Me quedé sumido en la perplejidad y acudí a comprobar lo que me decía. Efectivamente, su cuarto era tan sólo un minúsculo cuadrado, pero lo peor era que carecía de ventanas al exterior. Allí no hubiera entrado un rayo de sol ni con el equipo de Tom Cruise en Misión imposible. La sensación era, ciertamente, claustrofóbica. Le ofrecí a cambiarle la habitación si no se la podían cambiar y, acto seguido, me encaminé a recepción. La empleada me informó de que le habían dado esa habitación a mi asistente siguiendo instrucciones. No le exijo explicaciones. ¿Qué instrucciones pueden derivar en que te alojen en lugar semejante? Prefiero no saberlo. Además era ya muy tarde, no me tenía en pie y el día siguiente se presentaba agotador.

El 11 de septiembre, comenzó con buen pie. El periodista que tenía que entrevistarme en el hotel llegó tarde y con aspecto de cumplir un compromiso poco apetecible. Nos dijo inmediatamente que no podía entretenerse más de veinte minutos. Al final, se quedó más de hora y media; insistió en hacerse fotos conmigo y tuvimos que ser nosotros los que le anunciamos que ya sólo me era posible prolongar la entrevista cinco minutos más. El cambio se fue produciendo en el curso de la conversación. Se quedó sorprendido al ir comprobando cómo sus carencias patrias estaban íntimamente relacionadas con la ausencia de la Reforma y con una cultura de la Contrarreforma que ha despreciado durante siglos el trabajo bien hecho, la educación general o la separación de poderes. Lo que tenía enfrente no era el típico conservador católico defensor de lo indefendible – como la Inquisición o atrocidades semejantes - ni tampoco a alguien con una agenda política a la que subordina su razón. Surgió el tema de la ideología de género y, de nuevo, se quedó más que sorprendido por los datos que le aporté. Para ambos, a fin de cuentas, era una conversación más que grata, pero me esperaban cuatro programas - ¡cuatro! - en la Red chaqueña de comunicaciones (RCC). De nuevo, la experiencia resultó más que grata. En la gente percibí una auténtica sed por saber y por aprovechar la posibilidad de escuchar y aprender. Pero el día no había hecho más que empezar. Me quedan tres experiencias más que relevantes que señalar en este post de hoy.

La primera es una reunión con responsables sobre acciones de futuro que mantuve en esos días en la cafetería del hotel. Mis primeras impresiones de Ciudad del Este se confirmaron. Hay un grupo de personas que se percatan de lo que puede estar viniéndole encima al Paraguay y desean reaccionar. A la vez, sin embargo, no saben muy bien cómo hacerlo. R volvió a decirles que todo mi trabajo es gratis – yo me pregunto cuál era su interés en repetir esa defensa de la esclavitud con cargo a mi pobre persona – y que podían contar conmigo. La verdad es que, como en el caso de otras naciones de América, es cierto que estoy encantado de poder servirles en algo. La reunión fue muy sustanciosa y sobre sus resultados finales habrá que esperar.

Las otras dos experiencias fueron conferencias que ese mismo lunes di en dos universidades distintas. De la primera – debía hablar sobre ideología de género - ya nos habían advertido que pensaban reventarla y que amenazaban con someterme a un escrache. A mi esa conducta propia de bolcheviques y fascistas – tan querida, por ejemplo, por Podemos en España – no deja de sorprenderme en gentes que continuamente tachan a los demás de intolerantes. Vi a R dubitativo, pero yo, sinceramente, esperaba que no se suprimiera la conferencia como había sucedido con las dos de Ciudad del Este. Su lugar de celebración fue la Facultad de filosofía de la Universidad nacional. La responsable era Mima Santacruz junto a un grupo de estudiantes. Realizaron una labor excelente. A pesar de las presiones, de las amenazas, de los chantajes, la conferencia se dio. El encargado académico me llegó a decir incluso que había resistido porque la universidad es un lugar de debate. No le puedo dar más la razón.

Mi exposición duró algo más de una hora, pero creo que lo mejor fue el tiempo del coloquio con preguntas y respuestas. Efectivamente, a la tercera o cuarta intervención se levantó una jovencita con una bandera del arco iris e irónicamente dio las gracias a las autoridades académicas por haberme permitido hablar. A continuación, tergiversó algunas de mis palabras y me acusó de cargar contra las feministas – no había dicho ni palabra – de hablar de los Illuminati – ni pío – y de pasar por alto los feminicidios paraguayos – lo que no tenía nada que ver con el tema de mi conferencia – acto seguido, tras recibir los sonoros aplausos de un grupito que la acompañaba, se levantó y fue de manera ostentosa sin esperar mi respuesta. Uno de los miembros del público intervino entonces para suplicar que si alguien hacía preguntas al menos esperara a escuchar mi respuesta. Parece lógico si se pretende contrastar ideas, pero no tiene razón de ser si sólo se desea reventar un acto. Sin embargo, los hechos son testarudos – que decía Lenin – y yo no estaba dando ideología sino hechos. Precisamente por ello, los que habían venido a armar ruido fueron callándose poco a poco y escuchando. Al final, una joven volvió a intervenir en contra de mis posiciones. La respondí con calma, con educación, con amor, invitándola a la reflexión y a debatir sin caer en dogmatismos. Su rostro se transformó totalmente. De repente, en su cara se fue pintado la duda de que lo que había creído hasta entonces quizá sólo era una sarta de mentiras en las que ella misma había caído con la mejor intención. Cuando el acto concluyó resonaron los aplausos, calurosos y satisfechos. El grupo de estudiante me regaló un termo para beber terere en el que aparecía grabado mi nombre. Se trató de un hermoso detalle que les agradecí mientras se tomaban fotos conmigo. Entonces una persona se me acercó para decirme que un grupo había planeado someterme a un escrache a la salida. Decidí que, de todas maneras, tras una experiencia tan gratificante, daba igual. Ciertamente, había un grupo esperándome, pero sólo dos mujeres gritaron – una de ellas la que se había marchado del acto sin esperar a mi respuesta – el resto, a pesar de que algunos llevaban las banderas del arco iris, se mantuvieron en silencio e incluso bajaron la cabeza. Confío en que esa misma tarde, más allá del mensaje de lavado de cerebro a que están sometidos, hayan logrado ver un resquicio de luz. a decir verdad, estoy seguro de que así fue.

 

Pero el día no había terminado. En la Universidad unida me esperaba una nueva conferencia. Lourdes Benítez – que demostrará su buen hacer en varias ocasiones en el curso del viaje – había preparado todo para que pudiera pronunciar una exposición sobre el impacto de la Reforma en relación con los sistemas jurídicos. En el curso de la misma, fui desgranando cómo principios esenciales como la supremacía de la ley, la separación de poderes, el poder limitado y otros tantos se los debemos a la Reforma y han fracasado totalmente en las naciones de la Contrarreforma. Un breve repaso por la Historia de Paraguay – hubiera dado lo mismo de ser la de Perú, México o Colombia porque habría mostrado lo mismo – permitió ver las raíces de las ausencias de libertad y de los fracasos repetidos. El público estaba formado por juristas que captaron a la perfección lo exacto y documentado de las tesis que expuse. Fueron varios los que expresaron su alegría por poder, al final, atar cabos que siempre vieron sueltos. No faltaron tampoco los que se percataron de que el liberalismo fraguado por John Locke hundía sus raíces en la Reforma, algo lógico porque su padre fue pastor puritano y él mismo estaba convencido de que pasaría a la Historia por sus escritos teológicos y no por los políticos.

Mis intuiciones del inicio se ven confirmadas. Hay un sector de la sociedad paraguaya más que dispuesto a escuchar y a aprender. Lo hacen sin prejuicios, con agrado, incluso con más apertura de mente que muchos otros. Su problema sigue siendo la organización. En el caso de las dos conferencias de ese día, ha bastado que hubiera responsables para que todo marchara bien. Lamentablemente, nada se ha grabado, pero me siento más que satisfecho.

Al concluir el acto, le comento a R que necesitaríamos parar en algún lugar para comprar algo de cena para mi y mi asistente. Fruta y yogurt será suficiente. R no me ofreció ninguna alternativa, pero, sinceramente, no era necesario. Paramos poco después en un shopping center – que doña Sagrario me perdone por utilizar el término que usan aquí – y compramos algo de fruta y yogurt. ¿Adivinan quién pagó?

A la salida, vi una librería situada a unos pasos. Le pregunté a R si habría inconveniente en que echara un vistazo. El local estaba bastante bien surtido. Al final, acabé escogiendo tres libros para llevarme, pero reparé en que ya no me quedaba dinero local. R tampoco tenía – quizá por eso ha ido dejando que pagáramos nuestra cena sin hacer el menor gesto por impedirlo – y no llevaba tarjeta de crédito. Le pregunté a la dependienta si podría guardarme los libros un par de días. No parecía muy entusiasmada, pero aceptó. Al preguntar mi nombre y escuchar César Vidal, levantó la mirada sorprendida y me preguntó si era “el escritor”. Cuando le respondí afirmativamente, saltó de detrás del mostrador y me pidió hacerse unas fotos conmigo. Pronto, su otra compañera de la librería se unió. Me dije que cuando ciertos editores en España decidieron que no publicara un libro más hicieron un pésimo negocio editorial aunque, seguramente, se lo recompensaron de otra manera determinados poderes. Esta noche, mientras me bebo el yogurt en mi habitación, sólo tengo motivos para darle gracias a Dios.

CONTINUARÁ

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