Sábado, 13 de Julio de 2024

Desde el Tíbet (V): El Potala

Miércoles, 19 de Agosto de 2015

Hace unos días calificaba al Potala de Vaticano del lamaísmo.

​ Con todos los matices que se desee hacer, la comparación es muy ajustada a la realidad ya que el lamaísmo es una de las tres teocracias existentes a día de hoy – las otras dos son el estado Vaticano y la república islámica de Irán – pretende ser la única versión acertada del budismo a diferencia de otras que son heréticas o desprendidas del tronco original y sigue manteniendo una vinculación entre el poder religioso y el estatal. Hay más paralelos pero a ellos me referiré en sucesivas entregas.

En el siglo VII, cuando Europa no había salido aún de la Edad Oscura y todavía no había recibido el impacto del islam, se asentaron los cimientos del Potala. Con todo, su ampliación hasta las dimensiones actuales no tuvo lugar hasta el siglo XVII. Su altura es de poco menos de 116 metros – la altura es muy importante para ciertas visiones espirituales y si no véase la de la cúpula de la basílica de san Pedro en Roma – con trece pisos. El impacto visual del Potala es, sin embargo, mayor que el de cualquier otro edificio que yo conozca y da lo mismo que hablemos del Kremlin, la basílica de san Pedro en Roma o el Taj Mahal. Puede no ser tan hermoso o tan extenso, pero la sensación de poderío es mucho mayor y lo es en la medida en que está situado sobre una colina, circunstancia que acrecienta su imagen de dominio. Para colmo, está erigido frente a un valle absolutamente plano, con edificios bajos. En la actualidad, esos edificios son modernos gracias a la labor de los chinos, pero hasta mediados de la década de los cincuenta del siglo pasado eran casuchas miserables que quedaron reflejadas, por ejemplo, en las fotografías realizadas por las expediciones enviadas por el III Reich al Tíbet. El contraste resulta ahora impresionante y en aquel entonces debía ser totalmente abrumador. A un lado, los fieles humildes (y más que míseros) y al otro, el Dalai Lama, reencarnación de los Dalai lamas anteriores.

La subida al Potala es agotadora como podrá entender el lector y sus palacios – el rojo y el blanco – resultan modestos en comparación con los europeos o los de naciones como China o India. Por otro lado – y es lógico – el aspecto religioso devora totalmente el político. En todas y cada una de las salas hay lamas que oran, que leen de libros sagrados o que recogen dinero porque una de las características innegables de los templos lamaístas es que la gente no deja de entregar donativos a los lamas o prenderlos en las puertas o arrojarlos a los pies de las imágenes. Si los chinos tienen limitada la libertad religiosa no será en el Potala, en Lhasa o entre los lamas. La gente se inclina ante el trono del Dalai Lama como los creyentes de otras religiones lo harían ante otros y no hay ningún policía o soldado chino vigilando o impidiéndolo. Por el contrario, es normal encontrar retratos del Dalai Lama en restaurantes y comercios con ofrendas en su honor. Piense cualquiera lo que hubiera sucedido en un comercio de la época de Franco donde alguien hubiera colgado un retrato de la Pasionaria y saque sus consecuencias sobre la conducta del gobierno chino hacia los lamas. De ese tema volveré a hablar porque no cabe duda de que la idea que existe en Occidente sobre los lamas, el Dalai Lama y la situación del Tíbet dista mucho de corresponderse con la realidad. Ignoro si en la universidad del Tíbet – construida por los chinos – y en sus escuelas – debidas también a los chinos – se enseña el materialismo científico, pero lo que sí puedo afirmar es que peregrinos arrastrándose por el suelo, ancianas llevando rosarios, nómadas con la rueda de rezos o lamas recibiendo dinero y muestras de respeto son algo que se ve de continuo, eso por no mencionar los templos donde no sólo abundan los monjes sino que los billetes, el culto a las imágenes y las plegarias son más que abundantes. Yo, desde luego, he conocido – y vivido – experiencias de tolerancia – que no libertad - religiosa mucho más limitada que la que tienen los seguidores del Dalai Lama en el Tíbet.

Lo que era este lugar del mundo antes del regreso de los chinos a mediados del siglo pasado lo sigue diciendo el Potala a día de hoy: una teocracia en la que una clase clerical dominaba al pueblo manteniéndolo en la ignorancia más absoluta y en una miseria aterradora a la vez que le enseñaba que era la única versión acertada y la más antigua del budismo – ambas afirmaciones falsas – por lo cual la sumisión absoluta a los lamas era no sólo buena sino deseable como garantía de la felicidad. Los paralelos a ese tipo de dominio no han sido pocos a lo largo de la Historia.

CONTINUARÁ

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