Miércoles, 24 de Julio de 2024

Desde el Tíbet (VI): ¿genocidio en el Tíbet?

Lunes, 24 de Agosto de 2015

​Este viaje por el Tíbet está dando de si mucho más de lo que yo pensé originalmente. Adelanto que, Dios mediante, tendremos entregas sobre la Historia contemporánea, la religión, la gastronomía e incluso el excursionismo en el Tíbet. Comencemos con un tema esencial precisamente por lo mentido y manipulado durante décadas.

Me refiero a la versión oficial hollywoodense y propagandística sobre la situación actual del Tíbet. Si uno contempla películas como Kundun o Siete años en el Tíbet – ambas magníficas dEsde una perspectiva cinematográfica, el Tíbet era una nación de ensueño cuyas gentes se dedicaban a vivir en un ambiente profundamente espiritual bajo el gobierno benévolo de un monarca niño conocido como el Dalai Lama. Ese lugar de leyenda se vio un día asaltado con la mayor violencia del mundo por Mao obligando al Dalai Lama a exiliarse y sometiendo a los tibetanos a un genocidio que ya dura más de medio siglo. Cinematográficamente, el relato aguanta y más teniendo en cuenta que a él han colaborado Martin Scorsese o Brad Pitt. Sin embargo, en términos históricos, es una falsedad. Durante siglos, el Tíbet había sido todo menos un lugar idílico. Sometido a la teocracia del Dalai Lama constituyó una de las zonas más miserables de China – las fotos que existen del siglo XX sobrecogen incluso en comparación con otras zonas de Asia – regida por normas de una barbarie escalofriante. Al respecto, los escasos europeos que llegaron hasta el techo del mundo y que no se dedicaron a contar leyendas sobre los poderes espirituales de los lamas, como Alexandra David Neel, nos dan testimonio de una teocracia brutal y despiadada en la que los súbditos se amoldaban a los terribles castigos convencidos de pertenecer a la única religión verdadera fuera de la cual no hay salvación, y soportando la horrenda realidad al pensar, en su aislamiento, que era la mejor.

A lo largo de la Historia, el Tíbet fue parte de China aunque cuando el imperio se debilitaba, el Dalai Lama gobernaba de manera independiente. Por el contrario, cuando el imperio recuperaba su vigor, el Dalai Lama viajaba hasta la corte imperial china – hay sobrados testimonios – para dar testimonio de vasallaje. Durante el siglo XIX y el inicio del XX, China vivió lo que se ha denominado “el siglo de la humillación” a manos de las potencias extranjeras. La meta de todos los partidos chinos desde el nacionalista Guo Min Dang al partido comunista de Mao era sacudirse el yugo foráneo y volver a reunir bajo una sola bandera a todas las regiones de China. Eso incluía teritorios como el Tíbet o Hong Kong y no era discutido por ningún chino. Tampoco lo discutió Estados Unidos mientras pareció que la guerra civil china la iba a ganar el nacionalista Chiang Kai shek. Pero la guerra la ganó Mao. Entonces se produjo un cambio radical no tanto porque Mao fuera comunista sino gracias a dos graves errores de la CIA. El primero fue considerar que Mao era una mera marioneta de la URSS; el segundo, consistió en creer que el uranio tibetano quedaría al servicio de Moscú. Partiendo de esa base, la CIA alimentó un movimiento secesionista en el Tíbet que no existía previamente ya que Mao se había reunido con el Dalai Lama y le había prometido una autonomía política aunque sin que eso implicara que se apartara de los cambios que estaba atravesando China. Por ejemplo, le garantizó una libertad religiosa y administrativa que era impensable en el resto de la nación. Pero al Dalai Lama – joven todavía – la idea de una independencia tutelada por los Estados Unidos le agradaba y la aceptó. Fue así como la CIA lo sacó de Lhasa – un hecho que nunca ha sido reflejado por Hollywood – y, al mismo tiempo, armó y entrenó a unas guerrillas tibetanas – otro hecho silenciado en las pantallas - que no dudaron en emplear tácticas terroristas. La respuesta de Beijing fue inmediata. Entonces como ahora, el gobierno chino no estaba dispuesto a tolerar intromisiones secesionistas en su territorio y pasó, de forma radical, a intervenir militarmente. Durante dos décadas – todo sucedía en los años dorados de la CIA en que derribó a Mossadeq en Irán, derrocó a Arbenz en Guatemala e intentó asesinar a Castro – el conflicto armado se mantuvo por la sencilla razón de que, como sucedería con los talibán en Afganistán, la CIA consideraba que aquella guerra debilitaba a la URSS. El Dalai Lama mientras tanto y de manera no poco cínica predicaba la no-violencia a un Occidente bastante ignorante, a la vez que bendecía las armas de los nacionalistas tibetanos. De todos es sabido que el papanatismo occidental tuvo entre otras consecuencias la de que acabara recayendo en el teócrata tibetano el Premio Nobel de la paz lo que, dado el nombre de otros agraciados, no sorprende lo más mínimo. Sólo en los años setenta, Estados Unidos se percató, finalmente y cuando ya lo había hecho todo el mundo, de que China era independiente de la URSS e incluso le tendió la mano en una estrategia de aumentar el cerco sobre el enemigo soviético. Entre las víctimas de esa política estuvieron una Taiwan relegada en la ONU frente a China y los tibetanos cuya resistencia armada concluyó quedando limitada en el futuro a los discursos en diversos enclaves. Cualquiera que visite el Tíbet en la actualidad puede percibir con claridad que pudieron producirse atrocidades en el pasado, pero jamás un genocidio y la prueba está, de entrada, en los lamas que pueblan las calles y en los miles de tibetanos que realizan ceremonias religiosas en las mismas. Compárese con lo que sucede en el resto de China con otras creencias religiosas o simplemente en la España de Franco con cualquier confesión que no fuera la católica y luego respóndase a la pregunta de si el Tíbet lleva sufriendo cincuenta años de genocidio. Pero de eso y de otros temas hablaré más adelante.

CONTINUARÁ

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