Jueves, 16 de Julio de 2020

Desde Perú (V): El choque (I): el testimonio de Las Casas

Miércoles, 24 de Junio de 2015

“Y a lo que yo pude entender, su intento de los españoles era que no quedase señor en toda la tierra.

Ítem, que los españoles recogieron mucho número de indios y los encerraron en tres casas grandes, cuantos en ellas cupieron, y pegáronles fuego y quemáronlos a todos sin hacer la menor cosa contra español ni dar la menor causa…

 

Item, yo afirmo que yo mesmo vi ante mis ojos a los españoles cortar manos, narices y orejas a indios e indias, sin propósito, sino porque se les antojaba hacerlo, y en tantos lugares y partes que sería largo de contar. Y yo ví que los españoles les echaban perros a los indios para que los hiciesen pedazos y los vi así aperrear a muchos… Así mesmo es verdad que tomaban niños de teta por los brazos y los echaban arrojadizos cuanto podían, y otros desafueros y crueldades sin propósito…

 

Item vi que llamaban a los caciques y principales indios que viniesen de paz seguramente y prometiéndoles seguro, y en llegando, luego los quemaban… Y según Dios y mi conciencia, en cuanto yo puedo alcanzar, no por otra causa sino por estos malos tractamientos, como claro parece a todos, se alzaron y levantaron los indios del Perú, y con mucha causa que se les ha dado. Porque ninguna verdad les han tratado, ni palabra guardado, sino que contra toda razón e injusticia, tiránicamente los han destruido con toda la tierra, haciéndoles tales obras que han determinado antes de morir que semejantes obras sufrir.

 

… Todos los otros españoles, por imitar a su buen capitán y porque no saben otra cosa sino despedazar a aquellas gentes, hicieron lo mesmo, atormentando con diversos y fieros tormentos cada uno al cacique y señor del pueblo o pueblos que tenían encomendados… y así quemaron y despedazaron todos los señores de aquella tierra.

 

… Esto hizo porque le pareció que era bien hacer para entrañar su temor en todas las gentes de aquella tierra… y así, estando descuidados y con confianza de la fe que les habían dado, prendió mucha cantidad de gente, mujeres y hombres, y les mandaba poner la mano tendida en el suelo, y él mesmo, con un alfanje, les cortaba las manos…

 

… Aún no quiso contentarse con las cosas tan crueles ya dichas… mandó que todos los indios e indias que los particulares habían tomado vivos… los metiesen en una casa de paja (escogidos y dejados los que mejor le parecieron para su servicio) y les pegasen fuego; y así los quemaron vivos…

 

Muchas y grandes tierras en aquellas partes he visto por mis mismos ojos, que en muy breves días las han destruido y del todo despoblado.

 

… Después de las muertes y estragos de las guerras, ponen, como es dicho, las gentes en la horrible servidumbre arriba dicha, y encomiendan a los diablos a uno doscientos y a otro trescientos indios… Considérese agora por Dios, por los que esto leyeren, qué obra es ésta y si excede a toda crueldad e injusticia que pueda ser pensada, y si les cuadra bien a los tales cristianos llamallos diablos, y si sería más encomendar los indios a los diablos del infierno que es encomendarlos a los cristianos de las Indias.

 

… Ya está dicho que tienen los españoles de las Indias enseñados y amaestrados perros brevísimos y ferocísimos para matar y despedazar los indios. Sepan todos los que son verdaderos cristianos, y aun los que no lo son, si se oyó en el mundo tal obra, que para mantener los dichos perros traen muchos indios en cadenas por los caminos que andan como si fuesen manadas de puercos, y matan dellos y tienen carnicería pública de carne humana, y dícense unos a otros: “Préstame un cuarto de un bellaco désos para dar de comer a mis perros hasta que yo mate otro”, como si prestasen cuartos de puerco o de carnero. Hay otros que se van a caza las mañanas con sus perros, y volviéndose a comer, preguntados cómo les ha ido responden: “Bien me ha ido, porque obra de quince o veinte bellacos, dejo muertos con mis perros”...

 

Con esto quiero acabar, hasta que vengan nuevas de más egregias en maldad (si más que éstas pueden ser) cosas, o hasta que volvamos allá a verlas de nuevo, COMO CUARENTA Y DOS AÑOS HA QUE LAS VEMOS CON LOS OJOS SIN CESAR”…

 

Señaladamente en los reinos del Perú, donde hoy, que estamos en el año de mil y quinientos y cuarenta y seis, se cometen tan horribles y espantables y nefarias obras, cuales nunca se hicieron ni en las Indias ni en el mundo, no sólo en los indios, los cuales ya todos o cuasi todos los tienen muertos, y aquellas tierras dellos despobladas…

 

Porque se les hace mal dejar los estados y haciendas usurpadas que tienen, y abrir mano de los indios que tienen en perpetuo captiverio. Donde han cesado de matar con espadas de presto, mátanlos con servicios personales y otras vejaciones injustas e intolerables su poco a poco. Y hasta agora no es poderoso el rey para lo estorbar, porque TODOS, CHICOS Y GRANDES, ANDAN A ROBAR, UNOS MÁS, OTROS MENOS; UNOS PÚBLICA Y ABIERTA, OTROS SECRETA Y PALIADAMENTE”.

 

La descripción de la acción de los españoles en el Perú que acaban ustedes de leer no procede de un protestante, un judío, un hereje o un extranjero. Fue escrita por un testigo ocular, dominico por más señas, llamado fray Bartolomé de las Casas y se encuentra en la parte referente al Perú de su Brevísima relación de la destruición de Indias. Las Casas se limitó a relatar lo que había visto a lo largo de varias décadas: el asesinato cruel y sin razón de los indígenas, su expolio económico y existencial, su explotación inhumana hasta el punto de la muerte, sus suicidios para huir del horror, su colapso demográfico, su sufrimiento a manos de unos conquistadores - legitimados por frailes - que mutilaban, oprimían y asesinaban en masa por codicia, pero también por pura diversión.

 

La tragedia vivida por los habitantes del antiguo imperio inca fue peor no sólo que la de los indígenas de Norteamérica sino que la de los situados en otras partes del imperio español. No se trató sólo de la destrucción de una cultura de primer orden sino de un destino espantoso que lleva a recordar el horror – juzgue el lector por los párrafos copiados arriba - sufrido por muchas de las víctimas de los nazis ayer o al de las de ISIS hoy. Incluso se pueden apreciar comportamientos idénticos. El propio Las Casas, al referirse a lo sucedido en Nueva España, escribió que las atrocidades relacionadas con la conquista española fueron “muy peores que las que hace el turco para destruir la Iglesia cristiana”. No exageraba un ápice. Y eso que Las Casas no era – pese a quien pese – un extremista. Articuló, por ejemplo, una doctrina que justificara teológicamente la conquista; defendió la idea de que se trajeran esclavos negros de África para sustituir a los indios en las minas y encomiendas a donde los tenían esclavizados conquistadores y frailes y pasó de puntillas sobre episodios bochornosos de la conquista como la prostitución forzada de las indias. No era un radical ni un anti-sistema, pero tampoco podía en conciencia callar ante aquel horror.

 

 

No sorprende, por ello, que Las Casas tuviera entre sus enemigos más encarnizados no sólo a los conquistadores sino a clérigos que cuestionaban la condición humana de los indígenas, que defendían que su condición era la propia de esclavos o que se oponían frontalmente a la idea de que recibieran algún tipo de educación. Todos ellos movieron hilos políticos y eclesiales para hundir a Las Casas y - ¿cómo no? – lo acusaron de ser anti-español. Durante décadas Las Casas combatió a solas con puñaladas por la espalda de conquistadores y frailes. Incluso las Leyes Nuevas – con las que se llenan la boca ignorantes y fanáticos – no sólo no acabaron con la explotación económica de los indios sino que además, en lo poco de bueno que tenían, no se aplicaron.

 

Todo esto y mucho más lo sabe cualquiera que conozca mínimamente la Historia de América. No suele ser el caso de los españoles y más si son católicos o nacionalistas. Como papagayos repiten muchos que “nos mezclamos” – buen eufemismo para la violación masiva de indígenas y su reducción al papel de prostitutas y concubinas – y “evangelizamos”. Por supuesto, Las Casas – que había contemplado la situación durante décadas – se hubiera retorcido de indignación ante semejantes expresiones. Por eso mismo, no son pocos los españoles que mantienen una actitud esquizofrénica ante él. Por un lado, lo presentan cómo prueba de que la iglesia católica defendió a los indígenas cuando la realidad es que la iglesia católica fue la gran legitimadora y beneficiaria del expolio y de la matanza y, por añadidura, hizo todo lo que pudo para neutralizar al incansable Las Casas. Por otro lado, los que lo enarbolan como esa supuesta prueba luego niegan aquello de lo que testificó Las Casas vez tras vez con lo que nos dejan con la intriga sobre la amenaza de la que defendía el dominico a los indios siendo así que los españoles sólo los “evangelizaban” y “se mezclaban con ellos”. Es decir, o Las Casas decía la verdad y entonces la conquista fue escalofríante por su horror o mentía y entonces no tiene sentido como presentarlo como un modelo.

 

La verdad – soy testigo de ello – es que Las Casas incomoda sobre todo porque habló de lo que vio durante décadas en distintas partes de la América hispana. No sorprende que distintos gobiernos españoles lleven mucho, mucho tiempo acordando – mucho me temo que no gratuitamente – con la Santa Sede que la causa de beatificación de Las Casas quede paralizada. Dado que alguno puede que haya comenzado a aullar al leer el párrafo anterior señalaré que cuento con esa información porque me la transmitió uno de los diplomáticos encargados de semejante misión. Hay que reconocer que es lógico ese tejemaneje político-religioso. Si un día – que no parece muy próximo – Las Casas se convirtiera en beato la cordillera de mentiras difundidas durante siglos sobre la actuación de frailes y de conquistadores en las Indias se tambalearía. Pero no nos engañemos. Fuera de España no la cree nadie aunque los guías en México o Perú procuren no desagradar a los turistas españoles con relatos que sospechan que no aceptarán. En España, sin embargo, no son pocos los que se aferran a tan terribles embustes de la propaganda católica e imperial; se ofenden cuando alguien los cuestiona; lo acusan de anti-español y hasta piden bibliografía dejando así de manifiesto que ni siquiera han leído a los cronistas de Indias porque no sólo relatan episodios como éstos sino que incluso se jactan de ellos. Y no acaba ahí todo. Hasta la tragedia tuvo la marca de lo católico en algunas de sus peores manifestaciones: la supresión de la religión de los otros a sangre y fuego; la explotación económica de los demás para no trabajar uno mismo – sí, a los sioux se los podía expulsar de las Black Hills donde había minas de oro, pero los que los expulsaron trabajaron ellos las minas y no esclavizaron en ellas a los indios… - el robo sistemático propio de una visión teológica que considera el hurto un pecado venial y el saqueo de recursos en favor no de la comunidad sino de castas privilegiadas como los poderosos políticamente o la iglesia católica. ¿Por qué les extraña tanto a algunos que así fuera cuando, salvando distancias, es lo mismo que ven ahora en España si miran a su alrededor sin prejuicios?

 

CONTINUARÁ

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