Martes, 16 de Julio de 2024

Desde Washington (y VIII): en el monumento a F. D. Roosevelt

Martes, 10 de Noviembre de 2015
No podía despedirme de esta serie sobre Washington sin referirme a uno de mis presidentes más admirados, el demócrata Franklin Delano Roosevelt. En los últimos años, los republicanos se han esforzado con auténtica fruición en denostar la figura de Roosevelt y no les faltan razones. Igual que la crisis estallada en 2008 durante la presidencia de Bush hijo, la Gran Depresión comenzó con Hoover, otro presidente republicano.

Por añadidura, el fin de la Gran Depresión vino de la mano de Roosevelt y de un programa de gobierno que pretendía un New Deal – un nuevo trato – en las relaciones entre los ciudadanos. La idea de que alguien acometiera ahora algo similar pone a los republicanos enfermos – a pesar de que ellos no tienen el menor reparo a la hora de desbocar el gasto público en relación con el armamento – y no digamos ya el pensar que se salió de una crisis mediante la acción del gobierno.

Pongamos las cosas claras. Roosevelt fue un grandísimo presidente y un personaje decisivo en la Historia universal. Quizá le preparó para ello el combatir contra una poliomielitis que le sobrevino siendo ya adulto. De la noche a la mañana, el burgués Roosevelt que hubiera podido vivir de la fortuna familiar no como un millonario, pero sí como un desahogado rentista, se quedó paralítico. La familia consideró que lo mejor que podía hacer era retirarse totalmente, pero Roosevelt se negó a ello. Por el contrario, se entregó a ejercicios físicos que le permitieran caminar aunque fuera apoyado en muletas. Su primera campaña presidencial y la previa lucha por la nominación las hizo apoyándose en aquellos modestos instrumentos y sin que casi nadie se percatara del estado en que se hallaba. Por lo que se refiere a la manera en que intentó acabar con una depresión económica pavorosa es notable y aleccionadora.

En primer lugar, inyectó esperanza en la gente afirmando que a lo único a lo que había que temer era al miedo. Y ciertamente hubo millones que fueron galvanizados por esa perspectiva. En segundo lugar, creó planes de desarrollo económico que dieran empleo a la gente en medida suficiente para reactivar la economía, pero evitando que fueran funcionarios, que los puestos se prolongaran más de un cierto tiempo y que no resultaran productivos. Las grandes presas, como las del valle del Tennessee, o las carreteras no eran el Plan E del nefasto ZP. Eran obras necesarias, pero temporales. La idea de que la nación volviera a caminar sobre sus pies y no con subvenciones y deuda era esencial.

Tampoco tapó Roosevelt los agujeros de los bancos con dinero de los contribuyentes. Supervisó los bancos para ver cuáles podían seguir abiertos recibiendo excepcionalmente préstamos que devolvieron. El resto cayó. Mucho menos se le ocurrió mantener un sistema de paro subvencionado. Los desempleados eran ayudados a buscar un empleo, pero no mantenidos y, por supuesto, ese empleo no era público. Al respecto, Roosevelt se manifestó una y otra vez. Si los parados eran mantenidos por el estado con empleos del estado jamás se saldría de la crisis.

Las medidas de Roosevelt funcionaron y al cabo de unos años el desempleo que había llegado a un 27 por ciento cayó hasta el 2 por ciento. Fue así porque no se trataba de subvencionar ni de crear puestos de funcionarios ni de endeudarse públicamente ni de subir una y otra vez unos impuestos ya asfixiantes sino de dar impulsos y crear estímulos que permitieran que todo comenzara a rodar de nuevo.

Pero Roosevelt – que manejó magníficamente la radio para dar esperanza a sus conciudadanos – no destacó sólo por el New Deal. Fue también consciente del peligro que significaban los fascismos y el imperialismo japonés. El pueblo americano – que, en contra de lo que cree la gente, es muy aislacionista – no veía con agrado su ayuda a Gran Bretaña durante la Segunda guerra mundial, pero cuando en diciembre de 1941, la base norteamericana de Pearl Harbor fue bombardeada por los japoneses, los norteamericanos reaccionaron de manera bien distinta a los españoles el 11-M. Se presentaron por millares como voluntarios y se agruparon tras su presidente para combatir a los que habían atacado a su nación.

Roosevelt salvó a Gran Bretaña, salvó a China y a las naciones del Pacífico y, en no escasa medida, salvó a Europa occidental no sólo al invadir el territorio ocupado por el III Reich sino también al controlar el avance soviético que hubiera sido imparable. No en vano, como reconoció Churchill, había sido el Ejército Rojo el que había “despanzurrado” a la Wehrmacht, el ejército alemán. Esos éxitos explican que, de manera excepcional, Roosevelt fuera elegido en plena guerra para un tercer mandato y que ganara escandalosamente. Gravemente enfermo, no llegó al final de su tercer período presidencial.

Con todo, en su monumento, lo más destacado – aunque también se mencione – no es el hecho de que convirtiera a Estados Unidos en el arsenal de la democracia, sino que se percató del grave peligro que significa el desempleo, que vio que cuando una minoría se impone sobre una mayoría ni es orden ni es nuevo y que, a pesar de sus orígenes de clase, no mostró ese desdén estúpido y altanero que ha solido mostrar la derecha española hacia los que se encuentran por debajo olvidándolos o despreciándolos. Pero tampoco – digan lo que digan los republicanos actuales – fue ni un socialista ni cayó en los errores de la izquierda. No quiso crear una clase funcionarial, no construyó clientelas e insistió siempre en que la iniciativa privada sería la que crearía riqueza y empleo. No obstante, había que ayudar a la gente porque la medida de progreso de una sociedad no está en que los que más tienen se enriquezcan más sino en que los que menos tienen tengan lo suficiente.

 

A muchos les sorprenderá e incluso causará indignación, pero dentro de mis preferencias políticas se encuentra F. D. Roosevelt, un hombre que a diferencia de políticos nefastos como ZP o Rajoy supo sacar a su nación de la crisis, acabar con el desempleo y engrandecer a su patria más que nunca antes. Se me ocurren pocos símbolos mejores de esta gran nación cuya capital es Washington.

 

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