Xi´an (I)

Jueves, 10 de enero de 2019

No tuve ocasión de relatarlo el pasado año, pero mi último gran viaje de 2018 fue a la ciudad de Xi´an en China durante el mes de noviembre.

El trayecto no fue breve.  La idea me llevó 28 horas de viaje – Miami – Dallas – Beijing – Xi´an – y el regreso otras 27, es decir, pasé más de dos días sólo de ir y venir y seguramente esa circunstancia contribuya a explicar por qué, sólo en American Airlines, en 2018 diera dos veces y media la vuelta al mundo.  La verdad es que he terminado por acostumbrarme y ese trayecto transoceánico que nunca dura menos de 16 horas lo hago con relativa comodidad.

Xi´an es la capital Shaanzi y, por supuesto, es menos conocida que Beijing, Shanghai o Nanjing.  Grave error, debo decir, porque ha sido capital de once dinastías nada menos y durante un período superior a los cuatro mil años.  En otras palabras, España, Francia, Inglaterra no digamos ya Estados Unidos o México son recién nacidos pimpollos en relación con la edad de Xi´an y de los estados gobernados desde su trono. 

Como todas las ciudades, Xi´an tuvo épocas más esplendorosas que otros y así destacó especialmente durante la dinastía Tang.  Fue aquella la edad dorada de la Ruta de la seda que ahora pretende relanzar a mayor escala el presidente chino Xi.  A lo largo de sus caminos, no sólo se podía contemplar el poder político o la pujanza económica sino también un fluir de ideas, inventos y filosofías que causan auténtico pasmo cuando se conocen.  En occidente, maravilla que en España, por ejemplo, se dieran cita – aunque a golpazos – cristianos, judíos y musulmanes, pero es que esa nada fácil convivencia era bien poco en comparación con el crisol cultural de una ruta de la seda sobre la que volveré en más de una ocasión.

En aquellos tiempos, los emperadores Tang comprendieron algo que nunca comprendieron los monarcas españoles aunque sí, por ejemplo, los ingleses y es que la perdurabilidad de un imperio exige respetar las distintas creencias de sus gobernados.  Los Tang permitieron que cristianos y budistas, musulmanes y taoístas, zoroástricos y maniqueos pudieran vivir de acuerdo a sus creencias.  El resultado fue, en términos generales, muy positivo.  Por el contrario, aquella desgracia histórica llamada Felipe II se jactaba de que prefería perder reinos a reinar sobre herejes y el resultado fue que llevó a la pobre España a cuatro bancarrotas y a una decadencia que antes de medio siglo la hizo perder su hegemonía.  ¡Todo fuera por la iglesia católica y la labor purificadora de la Santa Inquisición! 

Xi ´an es una ciudad bellísima, pero resultaba obligado comenzar su recorrido yendo a visitar al ejército de guerreros de terracota descubierto en 1974 cuando unos campesinos excavaban una acequia.  Las figuras de las tropas realizadas en tamaño natural con barro amarillo se modelaron para guardar la tuba de Qin Shi Huangdi, el gran emperador que unificó China en el 221 a. de C..  Qin Shi es desconocido en occidente, pero su importancia no fue menor que la de Alejandro, Aníbal o César y, desde luego, fue muy superior a la de cualquiera de los monarcas europeos de la época medieval.  Para poder hacerse una idea de lo que significaba su poder, el número de soldados de terracota que lo acompañaron en su último viaje supera los siete mil – sí, han leído bien siete mil – agrupados en tres pozos.  El primero contiene la infantería, el segundo – en el que continúan las excavaciones – la caballería y otras tropas y el tercero albergaba al estado mayor imperial con unos setenta oficiales de alto rango.  La cantidad es pasmosa, pero no lo es menos la calidad. Inicialmente, cada guerrero iba pintado y tenía una expresión individual específica.  Al contemplarlos hoy, se tiene la impresión, un tanto inquietante, de que, en cualquier momento, se pondrán a desfilar y a combatir a cualquier enemigo del imperio.  

Como en todos mis viajes a China, la ayuda de mi hija Lara – la perfecta compañera de viaje – nos permite franquear los obstáculos.  Debe reconocerse que el espectáculo de los hombres de terracota es incomparable.  Seis mil guerreros en fila en el pozo primero dan una idea aunque lejana de lo que podía ser aquel ejército en acción.  Pero más sobrecoge ver los caballos y los carros que permitían mantener en pie el imperio.  Qin Shi supo siempre que las frontera seguras son indispensables para un estado.   A lo largo de sus cuarenta y nueve años de reinado, no sólo impidió cualquier invasión y aplastó cualquier movimiento separatista sino que construyó la Gran muralla china. Los Xiongnu a los que venció gracias a aquel muro infranqueable acabarían marchando contra occidente donde serían conocidos como hunos, pero Roma carecía del vigor del gran emperador chino.  Hacía décadas que había renunciado a defender sus fronteras con efectividad y así había firmado su sentencia de muerte.

También a Qin Shi debería China el canal de Lingqu situado al sur y que une el río Xiang con el Li Jiang, también es verdad que no tenía nacionalistas catalanes que no le dejaran hacer trasvases ni tampoco hubiera aceptado sus imposiciones.  Recorremos, pausada y emocionadamente, aquellas inmensas galerías que rodean los pozos y no podemos sino sentir una profunda impresión.  A aquellas alturas, en la desunida y parlanchina Grecia no había un sustituto de Alejandro y Roma no pasaba de ser una ciudad agresiva en el centro de una Italia que todavía no dominaba.  China era ya la primera potencia mundial y a una enorme distancia de la segunda. 

Al lado de las excavaciones hay un museo y una vez más llego a la conclusión de que los chinos ocupan el primer lugar del mundo en este tipo de instituciones.  La colocación y selección de las piezas, la iluminación, las explicaciones… todo es perfecto, armonioso, delicado.  Una vez más me invade la sensación de que podría estar horas sentado viendo las piezas o disfrutando del ambiente.

Muy cerca del número deben estar también los chinos en materia de hoteles porque en el que estamos – a pesar de su precio módico – se disfrutan de unas comodidades que nada tienen que envidiar a los norteamericanos o europeos.  Hay que preguntarse si China, en lugar de aparecer ahora como una gran potencia, no lleva siéndolo más milenios que cualquier otra nación y, simplemente, ha atravesado distintos períodos de decadencia de los que ha conseguido siempre emerger rutilante.  Xi´an quizá es sólo una prueba más de la veracidad de esa afirmación.

CONTINUARÁ         

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