La monarquía bajo acoso

06 Septiembre, 2018
Felipe VI, Pedro Sánchez y Quim Torra Felipe VI, Pedro Sánchez y Quim Torra

Soy incapaz de recordar una época de mi vida en la que no fuera ya republicano.  Nunca he dejado de serlo.  Sin embargo, a pesar de mis convicciones nada ocultas siempre he tenido muy claro mi análisis sobre el sistema actual. 

En un libro titulado El traje del emperador – que, por cierto, obtuvo un premio de ensayo – describí el actual régimen como fruto de un pacto de élites. Por un lado, se hallaban algunas que contaban con siglos de existencia y, por otro, las que aspiraban a sentarse a la mesa del poder.  De ese pacto – desde muchos puntos de vista más que notable – surgió un texto constitucional no exento de virtudes, pero en el que se admitían distintos privilegios siquiera porque no se pasa de una dictadura a una monarquía parlamentaria así como así.  Era de esperar que esos defectos del sistema fueran desapareciendo, de manera paulatina y pacífica, hasta llegar a una democracia casi inmaculada mientras tanto la pieza clave de todo lo que iba desde la Transición a su desarrollo constitucional era el rey.  Por desgracia para España, el proceso hacia convertirse en una nación de ciudadanos libres e iguales no ha ido avanzando en décadas y, por añadidura, casi desde el primer momento, se caminó en la dirección opuesta.  No sólo eso.  Durante más de una década el sistema se ha visto sometido a presiones crecientes que apuntaban, antes o después, a su aniquilación.  Con los golpistas catalanes embravecidos, con una crisis generalizada de los partidos, con un PNV capaz de apoderarse hasta de los calzoncillos de los españoles, con un gobierno con mínimo respaldo parlamentario y una deuda dejada por Montoro que coloca a la nación en situación de quiebra técnica, los palos del sombrajo los mantiene unidos y medianamente funcionales la monarquía.  Su descrédito y ulterior desaparición resultarían especialmente gratas para ciertas fuerzas políticas que aspiran lo mismo a implantar un sistema chavista que a descuartizar territorialmente la nación.  Sin embargo, no hay que ser especialmente agudos para percatarse de lo que sucedería con la desaparición de la monarquía.  No vendría un régimen de consenso como en 1978 sino un caos indescriptible en el que cada facción tiraría por su lado en medio de una crisis económica que viene incubándose desde hace años gracias al gasto público salvaje y a los impuestos expropiatorios.  Que cada cual saque conclusiones.          

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