Lunes, 15 de Agosto de 2022

Molestia y peligro

Jueves, 6 de Marzo de 2014
ivimos en medio de una realidad que nos sorprende día a día con impresiones truculentas. Proceden de los lugares más diversos del globo y gracias a los adelantos tecnológicos las conocemos no pocas veces antes que los habitantes de la zona del planeta que las sufren.

En los medios y en las redes sociales, esas imágenes – pocas veces analizadas con rigor – se asemejan a un fragor insoportable de ruidos consecutivos, pero, a la hora de la verdad, apenas aparecen ligadas a sustanciosas nueces de respuesta. No sorprende que esa disparidad entre el sonido mediático y las acciones prácticas provoque el estupor de muchos y, en ocasiones, su indignación. La razón de esa contradicción aparente se halla en lo que algunos responsables de la política exterior norteamericana etiquetan en pasillos y almuerzos como molestia y peligro. La molestia es cualquier conflicto que salta a las rotativas de los periódicos y a las pantallas de televisión mostrándonos que hay gente que muere en manifestaciones, revueltas, hambrunas o guerras civiles. Manipulaciones y razones aparte – no es lo mismo los neo-nazis ucranianos que los venezolanos que no encuentran papel higiénico - nos sume en la consternación e incluso nos lleva a pensar en maneras para paliar el innegable dolor, pero no afecta directamente a nuestra forma de vida. El peligro es exactamente ese mismo conflicto, pero cuando amenaza nuestra economía, nuestra seguridad nacional o nuestra concepción de los intereses propios. Ante la molestia, las cancillerías reaccionan con protestas más o menos sentidas, amenazas más o menos reales y sanciones más o menos ciertas. Ante el peligro, los golpes económicos, diplomáticos e incluso armados están dotados de una contundencia nada desdeñable. Cuando se comprende la diferencia entre molestia y peligro, se entiende igualmente con relativa facilidad, si no las raíces del problema, sí, al menos, la manera en que se aborda. Venezuela puede sufrir un régimen repugnantemente liberticida, pero Estados Unidos no lo ve más allá de la categoría de molestia y más cuando la OEA se resiste a tomar cartas en el asunto. Ucrania constituye un semillero de problemas dado su carácter artificial como nación, pero ni la UE desea pagar los gastos astronómicos de los nacionalistas ni Alemania quiere perder a Rusia como su – casi – primer socio ni Occidente va a renunciar al nuevo gaseoducto que traerá el gas ruso sin pasar por las llanuras ucranianas. Incluso Siria, sumida en una guerra civil, no pasa de ser una molestia mientras sus protagonistas sigan matándose en el interior de las fronteras. Al final, todas las decisiones se toman tan sólo siguiendo los principios de la realRealpolitik, aquella que sabe, en bien de los intereses nacionales, distinguir entre molestia y peligro.

 

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