Martes, 4 de Octubre de 2022

Lucas, un evangelio universal (LX): la última Pascua (V): el arresto y la negación de Pedro (22: 47-62)

Domingo, 20 de Febrero de 2022

Que mientras Jesús instaba a sus discípulos a orar apareciera la turba que iba a detenerlo constituye una afirmación cargado de contenido.  Especialmente, cuando se medita sobre la manera en que Lucas los califica.  Eran una “turba” (22: 47).  Juan se detendrá en tecnicismos sobre el tipo de unidad enviada a detener a Jesús y también Marcos y Mateo darán detalles sobre sus componentes, pero parece que Lucas es el más adecuado a la hora de definirlos.  Cuando un grupo de funcionarios ejecuta acciones injustas, por mucho que lleven placa de policía o carnet de empleados públicos, no pasan de ser una turba, igual que un grupo de maleantes o una masa humana que pretende llevar a cabo un linchamiento.  Sí, la gente que se limita a obedecer órdenes por muy criminales que sean nunca pasa de ser moralmente una turba.  En este caso, además con el aditamento de un traidor, Judas, que los había llevado hasta el lugar (22: 47-48).  Que la manera en que señalaría a Jesús fuera un beso no deja de ser un detalle deplorable en grado sumo.  Que – como recuerda incómodamente Lucas – ante esa situación sus discípulos pensaran en recurrir a la violencia e incluso hirieran a un esbirro indica la pésima comprensión que tenían de las enseñanzas de Jesús (22: 49-50).  Lucas – una vez más – deja en el anonimato a la bestia parda que cortó la oreja del criado del sumo sacerdote posiblemente porque, como en el caso de los discípulos que se quedaron dormidos, era consciente de que otros de los presentes podrían haber incurrido en la misma atrocidad.  Por otras fuentes sabemos, sin embargo, que fue Pedro el ligero de espada.  Con todo, quizá lo más triste del episodio resulta que, a pesar de que Jesús contuvo aquel acto de violencia e incluso curó al siervo del sumo sacerdote, a lo largo de los siglos y hasta el actual, muchos han considerado que ese uso de la violencia es lo propio de la heroicidad cristiana.  En otras palabras, ¡¡¡hacer lo contrario de lo que hizo Jesús, perpetrar lo que él reprendió de manera directa, actuar en contra de sus acciones y palabras… es un ejemplo de cristianismo!!!  Reconózcase que la atrocidad no puede ser mayor y que, desde luego, muestra cómo supuestas formas cristianas, en realidad, son su negación más absoluta.

     Jesús no se opuso a su detención, pero señaló a los que la llevaban a cabo – sacerdotes, policías y ancianos – que actuaban meramente como marionetas de las tinieblas (22: 52-53).  Sí, ellos seguramente pensaban que disponían de toda la autoridad necesaria y hasta podrían jactarse de hacer lo correcto, pero la auténtica realidad es que no pasaban de ser los lacayos de unos poderes demoníacos apenas agazapados entre las sombras.  Lo terrible del Mal con mayúsculas es que actúa así en multitud de ocasiones.  Sus instrumentos cuentan con el poder institucional, perpetran la injusticia, persiguen al justo e incluso consideran que demasiado poco se reconoce su labor, pero, en realidad, no pasan de ser meros peleles cuyos hilos son movidos por fuerzas diabólicas que hasta puede que ignoren.  Como también pasan por alto que sólo se mueven cuando son accionados como por un resorte.

    Antes de entrar en el proceso de Jesús, Lucas se detiene en otro episodio que han recordado todos los evangelistas y que deja de manifiesto la profunda honradez del texto bíblico.  Nos referimos a la negación de Pedro.  No deja de ser bien significativo lo diferente que es la conducta que vemos en los evangelios de la que tienen desde hace siglos aquellos que afirman seguir a un sucesor de Pedro identificado con el papa.  El número de papas que fueron asesinos, adúlteros, fornicarios, pederastas, corruptos, nepotistas es verdaderamente impresionante.  De hecho, se puede decir que la mayoría holgada de los papas forma parte de una o varias de esas categorías de degradación moral aunque, por supuesto, a nadie se le ocurriría decirlo o recordarlo.  No sólo eso.  Se ha canonizado no hace tanto a un papa que no sólo no movió un dedo para enfrentarse con los millares de abusos sexuales perpetrados por su clero en criaturas indefensas sino que, por añadidura, brindó refugio en el Vaticano a prelados susceptibles de tener que comparecer ante la justicia por esos crímenes.  Semejante conducta – como la de defender a Cristo a espadazos – habría provocado el horror más profundo entre los primeros cristianos, pero es que, por añadidura y en contra de los canonizadores del encubridor de depredadores sexuales, a nadie se le ocurrió ocultar del relato de la pasión de Jesús la conducta cobarde de Pedro ni de sus compañeros.  Por el contrario, quedó expuesta de manera sincera y decente.

     Porque es posible que cuando Pedro seguía “de lejos” a Jesús pensara en si podría ayudar a su maestro (22: 54) aunque, seguramente, preguntándose cómo lo iba a hacer si no contaba con la posibilidad de echar mano de la espada y si ya se había llevado una reprimenda por utilizar la violencia.  Pero su buena voluntad – que le imaginamos – no resistió enfrentarse con la realidad.  Bastó que una criada (22: 56) y dos que andaban por allí (22: 58-59) lo identificaran con Jesús para que Pedro lo negara una y otra vez.  No una sino tres veces, Pedro marcó distancias con Jesús ante gente de tan escasa relevancia que Lucas ni siquiera se toma la molestia de dar más detalle salvo para señalar que el primer personaje fue una simple doméstica.  ¡¡¡El hombre que blasonaba de su fidelidad a Jesús, el que había tirado de espada amedrentado por una portera o una cocinera!!!   En otras palabras, valor para cortar la oreja de un esbirro había tenido, pero para responder a unos sujetos anónimos lo único de lo que había dado muestras era de una indigna cobardía.   Con seguridad, deberíamos preguntarnos cuántos de los supuestos héroes cristianos muchas veces no pasaron de ser sujetos dispuestos a quitar vidas, pero nada entregados a asumir una valiente confesión de Cristo.

     Que el gallo – tal y como le había anunciado Jesús – cantara al negarlo por tercera vez seguramente sirvió para despertar a no pocos en Jerusalén, pero, muy posiblemente, para Pedro aún implicó un despertar más intenso el que Jesús, en ese momento, se volviera y lo mirara.  Con seguridad, no pronunció una palabra, pero Pedro debió leer un “¿Lo ves, Pedro?” (22: 61) que lo llevó a recordar el anuncio escuchado unas horas antes.  Y entonces, Pedro no pudo soportar lo que sucedía.  Se vio obligado a salir y rompió a llorar con amargura (22: 62). 

     La realidad es que detrás de ciertas conductas y realidades no hay más que una negación no menos terrible que la perpetrada por Pedro.  El intentar solucionar las situaciones mediante el recurso a una violencia glorificada, el empeñarse en no escuchar los anuncios de Dios, el negarlo en la vida incluso ante gente que no debería causar la más mínima impresión, el ocultar la realidad… ah, se trata de conductas comunes, pero no por ello menos traidoras.  Ante ellas, habría que reflexionar, siquiera un instante, en las enseñanzas de Jesús y salir afuera a llorar amargamente consciente de lo que se ha hecho, pero no son pocos los que prefieren negar la espantosa realidad e incluso acusar a los que la recuerdan de mera leyenda negra.  ¿Se imagina alguien a los evangelistas diciendo que, a fin de cuentas, lo que hizo Pedro no estaba tan mal porque el número de cobardes en este mundo es inmenso o afirmando que Pedro, en realidad, no hizo nada que chocara con las enseñanzas del Señor cuando dio un espadazo en la cabeza a uno de los esbirros que fueron a prender a Jesús o sosteniendo que, en realidad, Pedro había sido un héroe mal comprendido?  No, no podemos imaginarlo e incluso nos parece ridículo, pero ¿quién puede negar que asistimos a diario a razonamientos tan perversos y necios como esos? 

    En apenas unos versículos, Lucas nos ha llevado hasta unas honduras de la naturaleza humana – y no las mejores – de tal manera que si reflexionamos en ellas sólo pueden sobrecogernos.  La autoridad despótica, los que se escudan en la obediencia a las órdenes para perpetrar las mayores villanías, los que han escuchado años y siguen reaccionando sólo a golpes, los que se jactan de defender sus principios, pero se aconejan ante una simple mujer…  No se puede decir que sean circunstancias que no vemos a diario.  Más bien ese tipo de circunstancias son las que permiten – como Lucas mostrará a continuación – que se pueda escarnecer, juzgar vilmente y dar muerte a lo mejor que puede haber en el seno de una sociedad.

CONTINUARÁ   

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