Miércoles, 18 de Mayo de 2022

Lucas, un evangelio universal (XVI): Jesús escoge a su pueblo (5: 33-6: 19)

Domingo, 3 de Mayo de 2020

De la exposición acerca de quién es Jesús, Lucas pasa a una cuestión de inmensa relevancia hasta el punto de qué podría considerarse que constituye el eje de la Historia humana.  Nos referimos al hecho de que el Israel racial – tal y como habían afirmado los profetas y Juan el Bautista – no sería el pueblo de Dios bajo el mesías sino sólo un resto al que se agregarían gentiles. 

La primera referencia a cómo el Israel humano había desperdiciado su herencia la encontramos en el episodio del ayuno y el uso por Jesús de las imágenes del vino nuevo y del pedazo de tela nuevo que rompen, respectivamente, los odres y el paño.  Es muy habitual enseñar que lo que Jesús quiso decir es que el judaísmo era algo viejo y que ahora llegaba su mensaje nuevo y lo viejo no podía contenerlo.  La interpretación, por muy común que sea, es totalmente equivocada.  El vino bueno de verdad es el vino decantado, añejo, de solera (5, 39).  Ese es el vino excelente que Dios había dado a Israel y que había mejorado con el paso de nuevas revelaciones.  Sin embargo, los dirigentes religiosos de Israel habían ido sumando a ese excelente vino – el mejor – nuevas añadas de doctrinas no bíblicas y de tradiciones humanas en relación con el ayuno y lo que no era el ayuno.  El resultado es que esas novedades no recogidas en la Biblia echaban a perder todo.  Pudiendo haber conservado lo bueno, lo estropearon.  Es lo que pasa con todas las tradiciones.  El Nuevo Testamento contiene la revelación de Dios en su forma más perfecta.  Los que se dicen cristianos la debían haber conservado, pero de todos es sabido cómo, especialmente a partir del siglo IV, el paganismo entró con una fuerza colosal en el seno del cristianismo adulterándolo hasta el día de hoy.  Para muchos, esas novedades serían maravillosas, pero sólo corrompieron el mensaje verdadero… de la misma manera que los fariseos habían hecho con la enseñanza de la Torah.

Los dos siguientes ejemplos van en la misma línea.  En el primero, se relata cómo los fariseos estaban escandalizados por la manera en que los discípulos de Jesús arrancaban espigas en sábado (6: 1-3).  Como algunas sectas sabatistas de hoy en día, aquellos fariseos no entendían absolutamente nada sobre el sábado y Jesús tuvo que recordarles que las leyes están por detrás de necesidades perentorias humanas como muestra la Biblia y que el Señor del sábado era el Hijo del hombre (6: 4).    En el segundo, se nos muestra cómo esa visión torcida de la Torah especialmente en relación con el sábado no sólo no ayudaba a nadie espiritualmente sino que incluso perpetuaba la miseria humana.  Puestos a elegir entre hacer bien a un pobres desdichado o seguir su averiada interpretación del sábado, por supuesto, optaban por lo segundo (6: 9-11).  No sorprende que al ver cómo Jesús curaba en sábado se llenaran de furor y pensaran qué podrían hacer contra él (6: 11).

La respuesta de Jesús a ese panorama espiritual no pudo ser más clara: fue al monte a orar y se pasó la noche orando (6: 12).  Al día siguiente, eligió a doce apóstoles, es decir, a los doce que se sentarían en tronos para juzgar a Israel, a la gente que sustituiría a los dirigentes espirituales de Israel, a los que formarían ese residuo de Israel – el remanente – al que se sumarían los gentiles que creyeran en él.  Y lo que vino a continuación era lo que cabía esperar: llegó a un lugar llano a donde fueron escucharle lo mismo judíos que gentiles, lo mismo gente de Judea que de Tiro, lo mismo personas de Jerusalén que de Sidón (v. 17).  Y allí se pudo comprobar que el mesías sanaba de las enfermedades (6: 17) y que liberaba de los poderes demoníacos (6: 18) y que la gente acudía a él porque de él brotaba poder y no religiosidad. 

La descripción – siempre tersa y elegante en Lucas – dice mucho y nos dice mucho.  Por supuesto, que existen grandes montajes espirituales que esclavizan a la gente.  Suman a la Biblia, tradiciones sin cuento que no mejoran la vida de los demás sino que los someten a servidumbre, que rompen incluso los odres donde está el vino añejo y maravilloso de la Palabra de Dios.  Por supuesto, que a esa gente le preocupa mucho más que la vida de los demás el que se sometan a ceremonias y ritos meramente humanos.  Por supuesto que vigilan a los que han conocido en verdad a Dios para encontrarles fallos que arrojarles a la cara.  Por supuesto que cuando queda de manifiesto que sus enseñanzas y ritos y ceremonias y cleros no sirven de nada para aproximar a las personas a Dios se irritan y piensan incluso en destruir a aquel que los ha dejado en evidencia.  Sin embargo, nada de eso detiene el plan de Dios.  Donde los hombres han levantado basílicas, catedrales, inmensos edificios, Jesús alza un pueblo.  Es ese pueblo el que sale al encuentro de los perdidos, de los sufrientes, de los endemoniados para mostrarles que ellos NO son el camino, que ellos NO son la vida, que ellos NO son la verdad sino simplemente gentes que han seguido al que es el Camino, la Verdad y la Vida y por eso pueden socorrer a otros.  Ese pueblo puede sobrevivir y expandirse incluso en la época del coronavirus porque no necesita templos, ni imágenes, ni complicados ritos para vivir.  Su vida no deriva de toda esa parafernalia añadida sino de Jesús y, por eso, incluso cuando se cierran las iglesias sigue vivo y activo.  Ese nuevo pueblo – infinitamente más importante que el Israel racial – formado por judíos y gentiles vivirá de una manera concreta.  Pero de eso hablaremos en la próxima entrega.

CONTINUARÁ   

 

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