Sábado, 20 de Julio de 2019

Marcos, un evangelio para los gentiles (XIII): 8: 22-9:13

Viernes, 14 de Junio de 2019

La siguiente sección de Marcos comienza con un episodio llamativo que no ha sido recogido por ningún otro evangelista.  Un ciego es curado por Jesús, pero, curiosamente, al principio, no recupera la vista de manera total (8, 23-4).  Por el contrario, lo primero que percibe en su salida de la ceguera es una visión borrosa en que los hombres se asemejan más a árboles que se mueven que a seres humanos.  Finalmente, Jesús le otorga completamente la vista, pero le ordena que no lo cuente (8, 26).  Con seguridad, algunos predicadores hoy en día habrían considerado que Jesús no había sabido aprovechar una excelente oportunidad de levantar fondos y hacerse propaganda.  También es verdad que todo parecido entre esos predicadores y Jesús no pasa de ser mera coincidencia.  La historia no tiene la menor sombra de invención siquiera porque nadie inventaría un relato en el que un ciego es curado en dos fases y menos si deseaba impresionar a unos paganos.  De hecho, en ese mundo poblado de divinidades abundaban los santuarios al estilo de Lourdes donde el dios o la diosa curaba a los enfermos.  La única diferencia es que se curaba mucha más gente que en Lourdes o en cualquier santuario mariano o de un santo.  A eso Marcos no opone la tesis de que Jesús sanaba más y mejor sino la de que Jesús es verdad mientras que en los santuarios de la época se cruzaban la mentira, la superchería y la acción de fuerzas demoniacas presentadas como divinas.  Pero además los milagros de Jesús tienen un sentido que va más allá de la acción curativa.  El mensaje aquí es muy claro.  La acción de Jesús no siempre es inmediata ni provoca un fogonazo de luz en el que todo queda claro.  En muchos casos, sucede todo lo contrario: aquel al que Jesús cura de la ceguera ve hombres como si fueran árboles.  ¿Exagerado?

Detengámonos en lo que cuenta a continuación de la gente, en general, y de Pedro, en particular.  Jesús está en Cesarea de Filipo – el punto más extremo del mundo gentil en la frontera de Israel – y en ese paso más allá de la Tierra al universo pagano Jesús pregunta quién dice la gente que es él.  A muchos creyentes les escandaliza que hoy haya gente que lo mismo creen que Jesús es un extraterrestre, que un personaje similar al Che o casi, casi sólo el hijo de María a la que prestan más atención que a Dios Padre no pocas veces con afirmaciones blasfemas.  Cuando Jesús caminaba por Galilea había gente no menos despistada.  Pensaban que era Juan el Bautista regresado de entre los muertos, el Elías que había de venir o un profeta más.  En otras palabras, tres errores sobre tres (8, 27-8).  Naturalmente, a Jesús esas posiciones le importaban más bien poco, pero sí tenía un enorme interés en lo que pudieran creer sus discípulos. 

Los discípulos llevaban años recibiendo luz – como aquel ciego al que Jesús le impuso las manos – pero sólo Pedro respondió y lo hizo de manera correcta.  Jesús era el mesías (8, 29).  La respuesta – sobre la que Jesús impuso nuevamente el silencio – era acertadaa, pero…  pero ¿aquellos discípulos veían con claridad o, espiritualmente, no distinguían un árbol de un ser humano?  Lo que hizo Jesús de manera inmediata fue aclarar que era el mesías, pero no ESE mesías en que pensaban.    El era el Hijo del hombre, es decir, no un mesías sionista que machacaría militarmente a Roma y limpiaría el templo sino alguien que demostraría que era el mismo YHVH puesto que, en la consumación de la Historia, vendría sobre las nubes del cielo, un atributo reservado a Dios (8, 31).  Por añadidura, ese Hijo del hombre – como sabían desde hacía siglos no pocos judíos – era el Siervo de YHVH, aquel que moriría como sacrificio expiatorio y que incluso sería visto como alguien condenado por Dios (Isaías 52, 13 a 53, 12).

La reacción no se hizo esperar.  Que Jesús fuera el mesías estaba muy bien, pero ESE mesías… no, ese mesías ni hablar.  Pedro, quizá más impetuoso o más desilusionado que otros, tomó aparte a Jesús y le dijo que semejante posibilidad había que descartarla (8, 32).  Pero Jesús sabía con claridad cuál era su misión.  Así, calificó de satánico el pensar que el mesías no es el Siervo de YHVH y que había que sustituirlo por un ideario nacionalista judío (8, 33).  Eso no era otra cosa que ver las cosas como las ven los hombres, pero no – ni de lejos – como las ve Dios.

No se trataba meramente de una cuestión teológica.  El llamamiento de Jesús no es a ser creyentes sino discípulos y el ser discípulo implica estar dispuesto incluso a morir de la manera más vergonzosa – la cruz no tiene nada que ver con soportar a unos padres intransigentes o a una suegra insoportable – porque el centro de la vida es Jesús y no uno mismo.  Al final, se trata de saber lo que realmente es relevante en esta vida.  No lo es el acumular dinero, fama, influencia o experiencias.  Lo es, por el contrario, el seguir a Jesús el mesías.  Los primeros puede parecer que ganan el mundo, pero, al fin y a la postre, sólo están perdiendo el alma y ¿de qué sirve que parezca que se ha ganado el mundo si se pierde la existencia? (8, 36-37).  La Historia tendrá su consumación y esa consumación vendrá de la mano del Hijo del hombre y no de otro tipo de procesos políticos o sociales (8, 38).  Entonces se verá claramente quien ha ganado o perdido al comprobarse a quien recibe y de quien se avergüenza el Hijo del hombre (8, 38). 

Con todo, esa consumación de la Historia en muchos casos es percibida en episodios concretos de la vida.  Como señaló Jesús, algunos de los presentes en aquel momento lo verían (9, 1).  No se trata – como se ha interpretado ocasionalmente – de que Jesús dijera que el Reino iba a venir con todo su poder en breve.  Por el contrario, está la afirmación de que algunos lo verían.  Fue lo que sucedió seis días después con el episodio conocido convencionalmente como la transfiguración (9, 2).  Pedro, Santiago y Juan tuvieron ocasión de contemplar no sólo que la ley y los profetas respaldaban a Jesús – no el templo o la jerarquía sacerdotal – y también de que era alguien que superaba holgadamente lo humano.  Era el Hijo de Dios y en un sentido nada similar al que ese término se hubiera aplicado, por ejemplo, a los reyes de Israel (9, 7-8).  

Una vez más, Jesús ordenó que no se contara nada.  ¡Lástima!  Habrían podido filmar una película describiendo todo y convertirla en best seller… claro que no hubiera sido el estilo de Jesús.   El Hijo del hombre moriría, pero también se levantaría de entre los muertos, una afirmación que, dicho sea de paso, sus discípulos no comprendieron (9, 9-10).  Sin embargo, que, a pesar del triunfo final, el mesías muriera no debería sorprender porque lo mismo había sucedido con el Elías profetizado, con Juan el Bautista (9, 11-13). 

Ciertamente, la vida del que sigue a Jesús no siempre es un chorro de claridad que comienza en la conversión.  Muchas veces, es como el caso de aquel hombre que al principio sólo veía árboles de la misma manera que Pedro veía al mesías como algo que no era, ni de lejos, el verdadero mesías.  O como el de aquellos discípulos que vieron la gloria del reino y la transfiguración y, sin embargo, no entendieron casi nada. 

Así es la vida del discípulo y no debería desalentarnos.  Por el contrario, debería llevarnos a tener una idea adecuada de lo que significa.  En primer lugar, el discípulo es aquel que ha decidido seguir a Jesús aunque ese seguimiento implique una muerte vergonzosa; en segundo, el discípulo es el que jamás convierte su vida en un show porque sabe que no se puede comerciar con lo sagrado ya que eso constituye un gravísimo pecado y finalmente, el discípulo es el que es consciente de que no siempre se ve con claridad en esta vida y, en no pocas ocasiones, no se distingue un árbol de un paisano ni un huevo de una castaña, pero eso no impide seguir caminando en pos del crucificado.  Algo que se diferenciaba tanto del pensamiento de muchos judíos, ¿cómo no iba a ser distinto de lo que creían los paganos a los que se dirigía Marcos?

CONTINUARÁ      

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