Viernes, 13 de Diciembre de 2019

Marcos, un evangelio para los gentiles (XXIX): 15: 21-41

Domingo, 17 de Noviembre de 2019

Tras la flagelación, Jesús debía encontrarse sumamente debilitado (15: 15), tanto que obligaron a un tal Simón de Cirene a que llevara la cruz.  Semejante situación deja de manifiesto hasta qué punto representaciones como las del Via crucis carecen de base histórica aunque hayan tenido su repercusión en la imaginería y el culto.  Jesús, por ejemplo, no pudo caer bajo el peso de la cruz por la sencilla razón de que quien la llevaba era un pobre hombre de Cirene, seguramente un extranjero.  El dato – que tanto estropea los delirios de visionarias y beatas – cuenta además con un apoyo histórico notable.  Simón era el padre de Alejandro y Rufo (15: 21), personajes que eran conocidos por los primeros cristianos, seguramente, porque formaban parte de ellos.  Aquel Simón de Cirene no debió sentirse contento cuando le colocaron el madero a la espalda, pero lo que vio en la trabajosa tarea lo marcó decisivamente, tanto como para que sus hijos – posiblemente también él – acabaran creyendo que el reo de muerte era el mesías y el Hijo de Dios.

A Jesús lo condujeron al Gólgota, un lugar cuya forma debía recordar la forma de una calavera, con la finalidad de crucificarlo.  Allí, le ofrecieron un narcótico para que los terribles dolores de la ejecución se suavizaran un tanto.  Sin embargo, Jesús no quiso tomarlo (15: 23).  Tras crucificarlo, procedieron a repartir sus vestiduras lo que significa que, como era habitual, colgó totalmente desnudo de la cruz.  De nuevo, se trata de un horrible detalle embellecido a partir del arte medieval cuando, al cabo de siglos, comenzó a representar a un crucificado.  En los primeros siglos, la representación gráfica de Jesús habría sido totalmente inaceptable y no sólo por la prohibición bíblica de las imágenes sino porque la idea de mostrar a Jesús en una cruz era imposible de soportar.  A decir verdad, la primera imagen de Jesús como crucificado se debió a los paganos y la trazaron – bien significativo - para burlarse de los cristianos.  El reparto de vestiduras de Jesús era el cumplimiento de la profecía contenida en el Salmo 22: 18, uno de los textos mesiánicos como lo es también Isaías 53: 12 donde se indica cómo el Siervo-mesías sería ejecutado con criminales (15: 27-28). 

Lo que vino entonces fue el rosario de pavorosos sufrimientos que acompañaba a los que eran sometidos al suplicio de la cruz.  Junto con los dolores insoportables, la desnudez, la vergüenza y la sed era común padecer el insulto y la burla de los transeúntes (15: 29-31).    Sin duda, se trataba de injurias intencionadas, específicamente, las que se referían a cómo el templo seguía en pie mientras él se encontraba clavado a la cruz.  Era un fracaso y que lo era resultaba tan evidente que los mismos que sufrían la cruz a su lado lo insultaban (15: 32).

El suplicio se alargó varias horas, desde la sexta a la novena, en que se pudo escuchar cómo Jesús gritaba el inicio del Salmo 22 más que posiblemente expresando la enorme distancia que entonces lo separaba del Padre (15: 34).  Uno de los presentes, en medio de las chacotas, se acercó a darle de beber no sin señalar, mofándose, que no estaría mal que apareciera Elías para liberarlo (15: 36).  Fue entonces cuando se consumó el proceso de letal tetanización que experimentaban los crucificados y Jesús lanzó un grito fuerte antes de expirar (15: 37).  Entonces, el velo del templo se rasgó – un detalle también recogido por la literatura rabínica – dejando de manifiesto que se había realizado el sacrificio expiatorio definitivo (15: 38), un sacrificio explicado con detalle en la carta a los hebreos y que indicaba que todo el sistema del templo acababa de quedar obsoleto.  Nunca más se repetiría el sacrificio expiatorio porque éste había sido realizado una vez por todas (Hebreos 9: 26; 10: 10-14), algo, dicho sea de paso, que choca frontalmente con la tesis católico-romana que afirma que la misa es un sacrificio. 

Marcos concluye el relato de una manera sobrecogedoramente lacónica.  El centurión comprendió al ver la muerte de Jesús que era Hijo de Dios (15: 39) y ahí está la clave de su narración.  A un lado, se encuentran los que condenaron, los que ejecutaron y los que se burlaron de Jesús.  Para ellos, Jesús era simplemente aquel al que había que matar y había que hacerlo porque no pasaba de ser un farsante.  De manera bien significativa, en esa conducta aparecen representantes de todos los segmentos de la sociedad: las autoridades del templo, los funcionarios del orden, los que pasaban, incluso los delincuentes.  Al otro lado, aparecen los que se sintieron conmovidos por aquel Jesús que no hablaba, pero que vivía a unos pasos de ellos.  Fue, más que posiblemente, el caso de Simón, padre de Alejandro y Rufo, y el del centurión.      

Finalmente, estaban aquellos que creían en él y que, de manera excepcional, habían permanecido fieles y no se habían entregado a la fuga.  Eran mujeres que observaban todo de lejos.  María Magdalena, María la madre de Jacobo y José y Salomé, pero también otras (15: 40-41).  Que estuvieran sumidas en el dolor y el estupor resulta difícil de negar, pero aún así no abandonaron a Jesús en sus últimos momentos. 

Dentro de lo esquemático de la descripción, Marcos ofrece una reflexión extraordinariamente profunda.  Jesús podía no hablar – Marcos suprime sus palabras más que conscientemente – pero su cercanía provocaba reacciones.  Igualmente, hoy en día, podemos escuchar más o menos a Dios, pero, lo hagamos o no, siempre está ahí y siempre se puede percibir su acción.  Ante esa realidad, hay quien deja que Dios transforme su vida porque reconoce lo diferente, lo tremendo, lo sublime.  También hay quien se cierra y apunta a las apariencias, teóricamente, innegables como que Jesús había fracasado o que Dios tolera el mal o que no hay salida en nuestras vidas.  Finalmente, están los que no ven razón para pensar que nada vaya bien, pero, a pesar de todo, se mantienen fieles.  Contra toda esperanza, quizá incluso a distancia como aquellas mujeres.  La cuestión es, en medio de las dificultades, dónde está cada uno.

CONTINUARÁ

 

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