Miércoles, 8 de Febrero de 2023

Hablando de Franco (y IV)

Lunes, 15 de Octubre de 2018

Que Franco no fue ni Hitler ni Stalin es innegable, pero es inmoral falsear su época en tonos rosados. 

Si se pasaba por el aro, si no se silbaba siquiera en semana santa cuando la programación de los cines se eclipsaba y la televisión ofrecía sólo procesiones y música sacra, si se renunciaba a las libertades políticas incluida la religiosa – los judíos no tuvieron una sinagoga hasta los años sesenta y los protestantes fueron legalizados en 1967 – si no se leía nada incluido en el Índice vaticano de libros prohibidos, si no se salía públicamente del catecismo, si no se alzaba la voz, el franquismo podía ser vivible.  A fin de cuentas, los toros no estaban prohibidos; en el cine, aparecían porciones crecientes de anatomía femenina y existía la prostitución que se nutría, por ejemplo, de no pocas madres solteras.  Incluso había cines y bares gays.  Para muchos, aquel mundo de cuartel español era ideal.  La gente se casaba, trabajaba, tenía hijos y pasaba de la alpargata al 600.  Para los vencedores, se legitimaba la victoria cantada a todas horas con esa frase tan falsa de que España era el único lugar donde el comunismo había sido vencido en el campo de batalla olvidando casos como el finlandés antes o el griego después.  Los vencidos esperaban que un día algo cambiaría.  Ambos deseaban olvidar el drama pasado y dejar un futuro mejor a sus hijos.  Que el pueblo español sea de natural ovejuno – decía Sánchez Albornoz que había que desengañarse porque no llegaba ni a revolución por siglo – que los grises y la iglesia católica mantuvieran al rebaño en el redil, y que, de pronto, se pudiera comprar una televisión o ir a la playa llevó a millones a centrarse en subir el nivel de vida, disfrutar algún día de libertad y ver mejor a la familia.  De ahí vino una más que pragmática reconciliación nacional que no fue propugnada precisamente por el franquismo por más que ahora se diga sino por el PCE y otras fuerzas que deseaban tener un lugar el día de mañana.  He vapuleado en El traje del emperador al régimen actual con más que sobrada razón, pero no me engaño: aunque fuéramos más jóvenes y tuviéramos más ilusiones, aunque nuestros políticos sean manifiestamente mejorables, aunque nuestra constitución deba ser reformada, la vida bajo Franco no fue mejor.  

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