Hablando de Franco (III)

11 Octubre, 2018

En una entrevista hace años pregunté a Ramón Tamames por qué el general Primo de Rivera fracasó en su programa regeneracionista mientras que Franco, que se limitó a copiarlo, tuvo éxito.

La respuesta del veterano economista fue que Franco había tenido tiempo y Primo de Rivera, no.  Con los matices que se quiera, coincido con Tamames.  Primo de Rivera fue mucho más noble y generoso, pero su caída, desprovisto del respaldo regio, le impidió hacer todo lo que lograría Franco de manera mucho más traumática y lenta.  A decir verdad, prácticamente no hay ningún logro del régimen franquista que no hundiera sus raíces en la monarquía alfonsina.  El embrión de la seguridad social, los planes de obras públicas, las empresas estatales o las primeras leyes sociales se aprobaron todas antes de la segunda república y no pocas veces bajo el impulso de gobiernos liberales como los de Canalejas y Dato o de la dictadura primorriverista.  La diferencia fue que Franco ganó una guerra civil y esa circunstancia le proporcionó tiempo y ausencia de oposición, tanto como para perder dos décadas con las desastrosas recetas económicas del socialismo de camisa azul.   En una nación dividida entre vencedores y amedrentados no era fácil protestar y la mayoría de los españoles, por convicción o conveniencia, simplemente consideró que era más práctico trabajar pensando en el futuro de los hijos que oponerse a la dictadura y recibir una paliza o una condena.  A mediados de los sesenta, España era la octava potencia industrial, cierto, pero en 1975 ya estaba en el décimo lugar – no hemos dejado de caer desde entonces – pero, a principios del siglo XX, con la monarquía, España ocupaba el sexto lugar.  No seré yo quien niegue neciamente los logros del régimen, pero nadie me va a vender que era el mejor de los mundos.  En 1975, yo conocía, entre otras cosas, barrios en ciudades de toda España donde no había agua corriente, vi a gente viviendo en cuevas en Madrid y contemplé espantosos poblados chabolistas.  Todo eso no desaparecería hasta la democracia.  El franquismo fue una escayola que impidió moverse con libertad al pueblo español después de que se fracturara en un episodio tan trágicamente bochornoso como la guerra civil.  Por supuesto, hay quien se empeña en mirar la contienda fratricida con orgullo.  En realidad, deberíamos avergonzarnos de aquel enfrentamiento y negarnos a polarizarnos como entonces.       

 

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