Miércoles, 1 de Febrero de 2023

Miguel Primo de Rivera o el dictador clásico

Jueves, 16 de Julio de 2015

La palabra “dictadura” tiene una merecida mala prensa, pero, originalmente, no pasó de ser una magistratura romana destinada a enfrentarse con situaciones especialmente dramáticas.

Solucionado el problema, el dictador se retiraba de nuevo – como hizo Cincinato – a seguir con sus tareas civiles. El paso del general Primo de Rivera por el poder revistió esas características. El sistema de la monarquía parlamentaria, ya muy desgastado, se enfrentaba con una terrible crisis derivada del desastre militar sufrido por las tropas españolas en Annual. Se rumoreó que el mismo rey estaba implicado en la calamidad, pero el Informe Picasso encargado de establecer responsabilidades no llegó a publicarse. Lo impidió el pronunciamiento del general Primo de Rivera. Rara fue la instancia que no lo aplaudiera. Las oligarquías catalanas esperaban que acabara con el pistolerismo que ensangrentaba Barcelona; la iglesia católica, que revirtiera algunas iniciativas tomadas por gobiernos liberales en relación con la enseñanza y la libertad religiosa; los intelectuales, que ejecutara la indispensable regeneración. Primo de Rivera intentó todo y consiguió no poco. Ilegalizó a la CNT anarquista a la vez que pactaba con el PSOE; acabó con la rebelión rifeña gracias al desembarco en Alhucemas; propició un programa de obras públicas que redujo la tasa de desempleo casi a cero; acometió políticas de nacionalización de las comunicaciones telefónicas y del petróleo de las que surgirían Telefónica y CAMPSA; concibió una política de vías públicas y trasvases aún por realizar… Por un tiempo, pareció que la nación enderezaría su rumbo. No fue así. El PSOE aprovechó la mano tendida por el general para deshacerse de sus rivales anarquistas y ganar posiciones desde las que intentar acabar con el sistema desde dentro; las oligarquías catalanas – a pesar del final del pistolerismo barcelonés – se resintieron con un gobierno que no le otorgaba mayor autonomía; la aristocracia lo contempló como un advenedizo; la iglesia católica consideró que no era suficientemente confesional a pesar de su presencia en todo tipo de actos religiosos; los intelectuales encontraron intolerable que no les hubiera consultado a la hora de enfrentarse con los problemas de la nación… Bastó un leve frenazo del crecimiento económico para que Primo de Rivera se quedara solo y para que, al preguntar a los capitanes generales si contaba todavía con su apoyo, recibiera una gélida respuesta. El viejo militar no se aferró al poder. Por el contrario, lo abandonó para ir a morir de pesar al extranjero. Para entonces, la monarquía sólo podía esperar a bien morir.

Próxima semana: Santiago Ramón y Cajal

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