Lunes, 26 de Octubre de 2020

De Adios a Berlín a Cabaret

Miércoles, 7 de Octubre de 2020

En el terreno de la literatura resulta no pocas veces sorprendente contemplar la evolución de determinados personajes a lo largo de la Historia.  Cuando Christopher Isherwood, un trastornado homosexual británico, escribió Adiós a Berlín sin duda ignoraba hasta donde llegarían sus personajes.  Adiós a Berlín – vertido al español por otro homosexual, el poeta Jaime Gil de Biedma en una traducción repleta de leísmos -  es un conjunto de relatos bastante mediocre.  Comenzando por la pobre Sally Bowles, cantante de cabaret sin fortuna en el amor, y siguiendo con las peripecias de dos homosexuales donde uno se aprovecha miserablemente del otro, con las miserias de una familia pobre y parasitaria en Berlín y con las de unos judíos decididos a abandonar Alemania, el texto no tenía nada de particular salvo, quizá, el reflejo de la personalidad distante y bastante plana del propio Isherwood.  Seguramente de no pertenecer al grupito de homosexuales dedicados a alguna actividad relacionada con el arte, es posible que el libro hubiera pasado desapercibido y quizá incluso no se hubiera publicado.  Sin embargo, experimentó una enorme fortuna cuando en 1951, se estrenó en Broadway una obra de John Van Druten – otro homosexual también británico - titulada Soy una cámara.  Van Druten es un práctico desconocido hoy en día, pero en los años treinta fue un autor de inmenso éxito en Gran Bretaña lo que le permitió trasladarse a Estados Unidos para el resto de su vida.  Soy una cámara arrancaba del libro de Isherwood, pero logró dar coherencia a lo que eran historias sueltas y mejorar mucho el original.  En 1955, fue llevada al cine con Julie Harris encarnando a Sally Bowles y con Laurence Harvey convertido ya en otro personaje que no era exactamente Isherwood y tuvo un éxito discreto siquiera porque volvía a mejorar el texto del británico.  Se puede decir que cada vez se parecía menos a Adiós a Berlín, pero la verdad es que superaba no poco el primer texto.  Ahí hubiera quedado de no ser porque en 1966, Joe Masteroff redactó otra versión, esta vez musical, que contaría con el respaldo de Kander y Ebb.  Fue así como nació Cabaret.  Sin embargo, tengo que advertirles de que ese cabaret teatral – ya muy lejos de Adios a Berlín NO es el mismo que pudo verse en cine, con el mismo título, en 1972.

La versión teatral de Cabaret consideró que la historia de Sally Bowles y de un Isherwood que ya no se llamaba así sino Bryan Roberts era demasiado pobre y transformó a un amigo americano de Sally e Isherwood en un noble alemán a la vez que añadía una trama secundaria consistente en narrar los amores de la dueña de la pensión donde se alojaba Isherwood con un judío.  Además introdujo la figura del Maestro de ceremonias.  Las canciones eran muchas – más de media docena adicionales a las que aparecerían en la versión cinematográfica – y, por supuesto, subrayaban una acción ya muy distante de Adiós a Berlín.  El musical tuvo un éxito enorme y no sorprende que acabará siendo llevando al cine bajo la dirección de Bob Fosse, un genio de la coreografía de un Broadway ya un tanto decadente.

Bob Fosse todavía dio otra vuelta de tuerca a la historia.  La trama de los amores de la dueña de la pensión con un judío desapareció y con ella, las canciones incluidas en la misma.  Introdujo un par de canciones nuevas – el popular Money, money y Maybe this time – que son de lo mejor y dotó a la acción de una coherencia que no había logrado darle ni siquiera la versión musical primera.  La película – que ya casi se parecía a Adiós Berlín sólo en el nombre de Sally Bowles – tuvo un éxito comprensible y ganó ocho oscars aparte de otros premios cinematográficos.  No fue el inicio de una gran carrera para Liza Minnelli encarnando a Sally Bowles ni tampoco para Michael York.  Incluso el oscarizado Joel Grey, extraordinario maestro de ceremonias, tampoco cosechó nuevos éxitos de consideración.  Con todo, después de verla en numerosas ocasiones – la última hace un par de días – Cabaret me parece una amarga, triste, decadente, pero innegable obra maestra que no ha envejecido con el paso del tiempo.  Está a años luz de los sosos relatos de Adiós a Berlín, es cierto, y no se parece prácticamente en nada a ellos, pero merece la pena verla o volver a verla si es el caso.  Advierto que no deja buen sabor de boca – Soy una cámara tenía un falso final feliz – pero merece la pena quizá porque es un prodigio de montaje cinematográfico y porque recuerda lo poco que se puede esperar debajo del sol.  Les dejo con el video de la canción más conocida, una canción en la que Sally Bowles aparece infinitamente más inteligente de lo que podía verse en el texto de Isherwood.

Y aquí está Liza diciendo que la vida es un cabaret…

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