Miércoles, 19 de Junio de 2019

Pedro V

Miércoles, 20 de Febrero de 2019

Refiriéndose al dictador nicaragüense Somoza, el presidente norteamericano Franklyn Delano Roosevelt lo calificó afirmando:  “es un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra”. 

Somoza para remate ni siquiera entraba en la categoría de los dictadores que construían pantanos, autopistas o viviendas sociales.  Se limitó a convertir la nación en un rancho donde robó todo lo que quiso, donde estableció una dinastía de corrupción y latrocinio y donde se vio apuntalado durante décadas por los intereses de la política exterior de Estados Unidos.  Todo esto me ha venido a la cabeza leyendo el extraordinario libro del exiliado Alexander Onischenko titulado Pedro V.  La verdadera historia del dictador ucraniano.  El texto de Onischenko constituye una lectura obligatoria para conocer la realidad auténtica de Ucrania, ésa que se nos escamotea vez tras vez en los medios de comunicación occidentales salvo documentadas excepciones.  Leyéndolo nos enteramos de cómo, por ejemplo, la cacareada revolución naranja no aportó nada positivo a Ucrania más allá del cambio de unos oligarcas corruptos por otros.  Antes los nacionalistas ucranianos robaban, después si acaso robaron mucho más.  Descubrimos también cómo Poroshenko, al igual que otros dirigentes nacionalistas, sólo se envuelve en la bandera ucraniana para poder enriquecerse mientras, al mismo tiempo, tiene una empresa extraordinariamente fructífera en Rusia – sí, en la Rusia a la que insulta a diario para satisfacer a los más fánaticos nacionalistas – y apareció en los Papeles de Panamá, una de esas naciones a donde se ha llevado el dinero arrancado a los ucranianos.  En paralelo, como cualquier dictador bananero, Poroshenko recibe cuantiosas cantidades de Estados Unidos y la Unión Europea – dinero que estaría mucho mejor empleado en los ciudadanos americanos y europeos – con la excusa de que se opone a Putin.  Poroshenko es quizá a día de hoy la peor manifestación de lo que es Ucrania, pero no es la única.  Onischenko describe más que documentadamente – hasta con grabaciones – como buena parte de los diputados ucranianos reciben sobornos por su voto, cómo no cabe esperar la menor justicia de los tribunales que archivan causas a golpe de dinero o de telefonazo de los poderosos y cómo la Agencia tributaria es utilizada como banda de la porra para acabar con disidentes.  De hecho, resulta común que existan tarifas millonarias para ocupar un lugar en las listas que garantice un escaño en la Rada.  Todo esto es sabido en Occidente donde el hijo del vicepresidente Biden realizó jugosísimos negocios con los corruptos políticos ucranianos.  Sin embargo, a pesar de que es archiconocido, a pesar de que la rival de Poroshenko en las próximas elecciones es Iulya Timoshenko - que ya estuvo encarcelada por corrupción - y a pesar de que Ucrania es una república bananera en el este de Europa, todo es consentido porque los nacionalistas ucranianos puede ser utilizados como un cuchillo dirigido al cuello de Rusia.  En suma, Poroshenko es un dictador hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra.    

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