Lunes, 14 de Octubre de 2019

II.- ¿Existió realmente Mahoma? (I): las fuentes históricas sobre Mahoma (I): el Corán (I)

Viernes, 13 de Septiembre de 2019

La primera pregunta obligada a la hora de acercarse históricamente a la figura de Mahoma es la de si realmente existió y, en caso de ser así, qué es lo que conocemos de él.  Por chocante que semejante pregunta pueda resultar para los no-especialistas, hay que indicar que hay autores que cuestionan la existencia histórica de Mahoma o que indican la práctica imposibilidad de saber nada cierto acerca de él [9].  Para responder a ésas y otras cuestiones, como siempre sucede en Historia, tenemos que examinar en primer lugar, las fuentes.

     Por regla general, se cita el Corán[10] como la primera fuente para trazar una biografía de Mahoma.  La afirmación es comprensible puesto que, por definición, constituye la revelación que entregó. La realidad, sin embargo, en términos historiográficos, no resulta tan evidente.  De entrada, el primer problema que plantea esa afirmación es que, hasta la fecha, existe una ausencia de una edición crítica del Corán como las que tenemos, por ejemplo, del Antiguo o del Nuevo Testamento.  Esta circunstancia plantea problemas al investigador que quedan realzados por las circunstancias a las que nos referiremos a continuación.  Como ha resumido un estudio reciente, la simple lectura gramatical del Corán nos enfrenta con palabras cuyo significado no es claro[11], con frases cuyo significado no es evidente[12], con pasajes y palabras fruto de interpolaciones, inserciones o revisiones[13], con frases que contienen errores gramaticales desde el punto de vista del árabe clásico en que está escrito el Corán[14], con frases y versículos que parecen haber sido cambiados de sitio y cuya relación con el texto resulta oscura[15] así como un largo listado de problemas textuales[16]

      Un problema especial relacionado con el Corán es el de su transmisión.  La tradición islámica ha insistido con el paso del tiempo en la existencia de un libro en el cielo cuyo descenso se corresponde, sin alteración alguna, con el texto del Corán que podemos encontrar hoy impreso [17].  A decir verdad, la inmutabilidad del texto resulta un dogma indiscutible.  Sin embargo, la realidad histórica es notablemente diferente hasta el punto de que puede afirmarse de manera rotunda que el dogma islámico choca frontalmente con la verdad.  Desde la primera aleya que comunicó a sus coetáneos, Mahoma siguió anunciando otras revelaciones prácticamente hasta su muerte.  Sin embargo, cuando ésta se produjo, a diferencia por ejemplo de lo sucedido con las cartas de Pablo de Tarso (2 Pedro 3: 16-16), no existía un texto en el que se hubiera recogido su contenido íntegro.    Hasta entonces tal situación no había sido un problema, en parte, porque el propio Mahoma podía autenticar las versiones que corrieran de los anuncios que había realizado en los años anteriores y, en parte, porque, según la tradición, algunos de sus seguidores, como Ubayy ibn Kab, Muadh ibn Jabal, Zaid ibn Thabit, Abu Zaid y Abu ad-Darda, las habían ido aprendiendo de memoria.  El fallecimiento de Mahoma y la muerte - especialmente en combate - de buen número de las personas que habían ido memorizando las sucesivas revelaciones convirtieron en obligado el poner por escrito la totalidad del texto del Corán.   Téngase en cuenta, por ejemplo, que la primera generación de seguidores de Mahoma no sabía a ciencia cierta si la primera revelación era la contenida en 96: 1-5 o en 74: 1-7[18] y que los únicos textos puestos por escrito circulaban en materiales tan perecederos como omoplatos de camello o pedazos de cuero escritos ya en la época en que Mahoma se había instalado en Medina[19].  

      La muerte de Mahoma provocó además otros problemas.  No se trataba sólo de que no quedaba nadie que pudiera dar por canónicas las revelaciones, sino que, por añadidura, ya antes de su fallecimiento, habían ido apareciendo en Arabia otros personajes que afirmaban ser profetas que entregaban revelaciones.  Por añadidura, comenzaron también a circular versiones diversas de las suras reveladas.   Finalmente, las guerras que estallaron en distintos puntos de Arabia tuvieron como consecuencia que cayeran en batalla algunos de los que habían aprendido de memoria alguna parte de las revelaciones.  Así, tras la batalla de Yamama, Omar insistió ante el califa Abu Bakr en lo perentorio del problema y éste ordenó a Zaid ibn Thabit que preparara una edición escrita del Corán.  Según la tradición, Zaib realizó una labor exhaustiva de recopilación de fuentes escritas y orales en las que incluso se encontró con fragmentos que él no recordaba como los conservados en la memoria de Abu Juzaimah.  El resultado fue un texto privado que se entregó a Abu Bakr y que luego pasó a Omar y a su hija Hafsa.   Resulta significativo que nadie pareciera creer que todas las revelaciones anunciadas por Mahoma se hubieran conservado.  Por ejemplo, el piadoso hijo del califa Omar afirmaría: “Que ninguno diga que tiene todo el Corán en su posesión.  ¿Cómo sabe que lo tiene completo?  Mucho del Corán ha desaparecido”[20].  No sorprende, pues, que, durante el gobierno de los dos primeros califas esta fijación por escrito fuera de carácter privado y coexistiera con otras distintas.   Durante el califato de Otmán comenzaron a surgir serias discrepancias en cuanto al contenido exacto del texto del Corán.  En Irak, se prefería el texto de Abdullah ibn Masud mientras que en Siria el más apreciado era el de Ubayy ibn Kab.  Para zanjar controversias tan enojosas, Otman ordenó que el texto recopilado durante el califato de Abu Bakr se convirtiera en canónico y que se llevara a cabo la destrucción de todos los demás textos y volúmenes coránicos. 

      Ha sido objeto de discusión si semejante orden no tuvo como consecuencia que se destruyera algún material anunciado por Mahoma.  Las propias fuentes islámicas indican, por ejemplo,  que la sura 33, 23 fue omitida de la recensión realizada por Otmán y que lo mismo sucedió con las dos últimas aleyas de la sura 9.  De la misma manera, los jadiz parecen indicar la existencia de determinadas enseñanzas de Mahoma inicialmente anunciadas por él, pero que no aparecen en el texto del Corán del que disponemos actualmente.  Partiendo de esos datos, no debería extrañar que las reacciones de los poseedores de otras versiones del Corán fueran muy ásperas.  De hecho,  y por citar un ejemplo, sólo en la denominada sura de la vaca había no menos de un centenar de variantes entre el nuevo texto canónico y el de Ibn Masud. 

CONTINUARÁ


Sobre Mahoma, véase:  J. Akhter, The Seven Phases of Prophet Muhammad´s Life, Oak Brook, 2001 (un interesante estudio de un autor musulmán sobre la evolución vital de Mahoma) ; Tor Andrae, Mahoma, Madrid, 1980 (un excelente ensayo centrado fundamentalmente en los aspectos espirituales del personaje) ; Idem, Les Origines de l´islam et le christianisme, París, 1955 ; K. Armstrong, Muhammad.  A Biography of the Prophet, Nueva York, 1992 (una biografía irénica de Mahoma) ; J. Azzi, La vie privée de Mahomet, Versalles, 2007 (un análisis extraordinariamente interesante sobre la vida íntima de Mahoma) ; R. Blachère, Le Problème de Mahomet, París, 1952 ; M. Cook, Muhammad, Oxford-Nueva York, 1983 (una introducción breve a la vida de Mahoma y a los problemas historiográficos que plantea); J. Chabbi, « Histoire et tradition sacrée.  La biographie impossible de Mahomet » en Arabica, XLIII, 1996, número sobre L´Œuvre de Claude Cahen.  Lectures critiques, pp. 189-205 ; Idem, Le Seigneur des tribus.  L´islam de Mahomet, París, 1997 ;  E. Dermenghen, Vida de Mahoma, Barcelona, 1942 ; Idem, Mahomet et la tradition islamique, París, 2003 ; T. Fahd (ed)., La Vie du prophète Mahomet.  Colloque de Strasbourg (octobre 1980), París, 1983 ;  F. Gabrieli, Mahomet, París, 1965;  C. V. Gheorgiu, La vida de Mahoma, Barcelona, 1986 (una biografía de Mahoma redactada por un sacerdote con un notable conocimiento de las fuentes isámicas); J. Glubb, The Life and Times of Muhammad, Chelsea, 1970 (una biografía sólida de Mahoma, pero con una aceptación acrítica de las fuentes islámicas) ; A. Guillaume, The Life of Muhammad.  A Translation of I. Ishâq´s Sirat Rasûl Allâh, 5 ed, Oxford, 1978;  Ali Sina, Understanding Muhammad.  A Psychobiography, La Vergne, 2010 (un interesentasímo análisis psiquiátrico de Mahoma); Ibn Warraq, The Quest for the Historical Muhammad, Nueva York, 2000;  H. Lammens, “Qoran et tradition, comment fut compose la vie de Mahomet” en Recherches de Science Religieuse, 1910, t. 1; M. Lings, Muhammad.  Su vida, basada en las fuentes más antiguas, Madrid, 1989 (una hagiografía escrita por un converso al islam en la que se recogen todas las fuentes islámicas de manera totalmente acrítica) ; H. Motzki (ed), The Biography of Muhammad.  The Issue of the Sources, Leyden-Boston-Colonia, 2000; F. E. Peters, Muhammad and the Origins of Islam, Nueva York, 1994 ; T. Ramadan, The Messenger.  The Meaning of the Life of Muhammad, Londres, 2007 (una verdadera hagiografía musulmana más interesante por lo que omite que por lo que relata) ; E. Renan, “Mahomet et les origins de l´islamisme” en Revue des Deux Mondes, XII, 1851, pp. 1063-1101 ; U. Rubin, The Eye of the Beholder.  The Life of Muhammad as Viewed by the Early Muslims.  A Textual Analysis, Princeton, 1995;  Idem (ed), The Life of Muhammad, Aldershot, 1998; Idem, “The Life of Muhammad and the Islamic Self-Image” en Motzki (ed), The Biography, 2000, pp. 3-17;  J. Vernet, Mahoma, Madrid, 1987 (una biografía basada fundamentalmente en las fuentes islámicas con escaso criterio historiográfico);  W. M. Watt, Mahoma, profeta y hombre de estado, Barcelona, 1967 (una de las biografías clásicas de Mahoma, muy criticada por los estudiosos recientes de las fuentes islámicas al considerarla poco crítica); G. Widengren, Muhammad, the Apostle of God and his Ascension, Uppsala, 1955.   

[9]   P. Crone, Slaves on Horses: The Evolution of the Islamic Polity, Cambridge, 1980; Idem, Meccan Trade and the Rise of Islam, Princeton, 1987; Idem y M. Cook, Hagarism.  The Making of the Islamic World, Cambridge, 1977.

[10]  Sobre el Corán, véase:  R. Bell, Introducción al Corán, Madrid, 1987; R. Blachère, Introduction au Coran, París, 1991; Idem, Le Coran, París, 7 edición 1983; J. Burton, The Collection of the Qur´ân, Cambridge, 1977; F. Déroche, Les Manuscrits du Coran.  Aux origins de la calligraphie coranique, París, 1983; I. Goldziher, Muhammedanische Studien, 2 vols, Halle, 1889-1890;  I. Warraq (ed), The Origins of the Koran.  Classic Essays on Islam´s Holy Book, Nueva York, 1998; A. Jeffrey, Materials for the History of the text of the Qur´an.  The Old Codices, Leyden, 1937; Idem, The Foreign Vocabulary of the Qur´an, Baroda, 1938;  T. Nöldeke y F. Schwally, Geschichte des Qorans, 2 vols, Hildesheim, 1909 y 1919; A-L. de Premare, Aux origins du Qoran, questions d´hier, approches d´aujourd´hui, París, 2004; A. Rippin (ed), The Qur´ân.  Style and Contents, Aldershot, 2001;  M. Rodinson, Mahomet, París, 1967 ; D. Sidersky, Les Origines des legends musulmanes dans le Coran et dans les Vies des prophètes, París, 1933 ;  J. Wansbrough, Quranic Studies, Oxford, 1977 ;

[11]  Al respecto, véase: Ibn Warraq (ed), What the Koran Really Says.  Language, Text and Commentary, Amherst, 2000, pp. 42 ss.

[12]  Idem, pp. 48 ss.

[13]  Idem, pp. 52.

[14]  Idem, pp. 52 ss.

[15]  Idem, pp. 56 ss.

[16]  Idem, pp. 59 ss.

[17]  Al respecto, véase : Ibn Warraq (ed), What the Koran Really Says.  Language, Text and Commentary, Amherst, 2002. 

[18]  R. Blachère, Le Coran…, p. 19.

[19]  R. Blachère, Le Coran…, p. 19.

[20]  M. Cook, The Koran…, p. 125.

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