Martes, 14 de Julio de 2020

XXXIV.- El camino hacia la victoria (II): de la batalla de Badr a la derrota de Uhud (II): El inicio del exterminio de los judíos

Viernes, 12 de Junio de 2020

Según la tradición, tras regresar a Yatrib, Mahoma anunció una nueva sura, la octava, que recibió el nombre de al-Anfal (El botín).  Parece difícil de discutir que en este texto aparecen interpolaciones posteriores, pero el mensaje inicial resulta muy obvio:

65[4]. ¡Profeta! ¡Anima a los creyentes al combate! Si hay de vosotros veinte tenaces, vencerán a doscientos. Y si cien, vencerán a mil incrédulos porque son gente que no comprende.

  1. Ahora, Al.lah os alivia.  Sabe que sois débiles. Si hay entre vosotros cien hombres tenaces, vencerán a doscientos. Y si mil, vencerán a dos mil, con permiso de Al.lah.  Al.lah está con los tenaces.
  2. No es propio de un profeta el tomar prisioneros mientras no someta la tierra. Vosotros queréis lo que la vida de acá ofrece, en tanto que Al.lah quiere la última vida. Al.lah es poderoso, sabio.
  3. Si no llega a ser por una prescripción previa de Al.lah, habríais sufrido un castigo terrible por haberos apoderado de aquello[5].
  4. ¡Tomad del botín de guerra lo lícito, lo bueno! ¡Y temed a Al.lah!  Al.lah es indulgente, misericordioso.

 

 

      Los seguidores de Mahoma habían dejado de ser los mansos pacifistas de la época de la Meca para convertirse en combatientes.  En esa lucha, los vencidos no podrían esperar cuartel aunque esa conducta significara que los seguidores de Mahoma perdieran los ingresos derivados del rescate de cautivos.  Debía bastarles con lo que pudieran capturar de botín.      

      A esas alturas, es más que posible que Mahoma tuviera más que delimitado un plan de futura acción política que pasaba por utilizar como instrumento privilegiado la guerra de agresión – lo que desbordaba sobradamente el pacto suscrito entre los habitantes de Yatrib y Mahoma – que le permitiera deshacerse, primero, de toda oposición y, finalmente, vencer a los coraishíes.  La primera víctima de esa política de aglutinamiento político iban a ser los árabes que habían abrazado el judaísmo.  Semejante decisión estaba cargada de una lógica política innegable.  Los judíos no sólo constituían el eslabón más débil de los pactos suscritos por Mahoma sino que, por añadidura, no se recataban mucho a la hora de rechazar sus pretensiones religiosas.

     Conocedores del Tenaj (Antiguo Testamento), los judíos habían captado desde hacía tiempo que Mahoma anunciaba mensajes que presentaban variaciones con lo consignado en la Biblia.  Para ellos, resultaban chocantes si es que no los interpretaban como crasos errores de bulto.   Los ejemplos eran muy numerosos.  Por ejemplo, en 20, 87 ss, cuando el Corán relata el episodio del Becerro de oro culpa del mismo a un samaritano en una época anterior en un milenio a la aparición de los samaritanos; en 20, 114 ss es Satanás y no Dios - como en el Génesis (3: 21) - quien viste a Adán al que se encuentra desnudo ;  en 38, 20 ss la reprensión parabólica del profeta Natán dirigida contra David (2 Samuel 12) es convertida en un pleito que juzga el mismo monarca entre dos litigantes ; en 18, 93 ss Gog y Magog son conectados con Alejandro Magno en lugar de con el Israel de los últimos tiempos como hace el profeta Ezequiel (capítulos 38 y 39) ; en 11, 43 ss, uno de los hijos de Noé perece en el Diluvio en contra de lo relatado en Génesis 8: 18 ss; en 12, 19, José no es vendido por sus hermanos (Génesis 37) sino encontrado casualmente por el aguador de unas personas que lo llevan a Egipto y además en las aleyas siguientes se hallan notables diferencias con el relato del Génesis en lo referente a la esposa de Potifar, al destino de los compañeros de prisión de José, al sueño del faraón, etc ;  en 40, 38 se atribuye al faraón un episodio que recuerda a la construcción de la torre de Babel ; en 28, 5 ss, diversos episodios de la vida de Moisés son relatados de manera muy distinta a la recogida en el libro del Éxodo ; etc. 

     No cabe duda de que no se trata de pequeños detalles o de diferencias insignificantes y esa circunstancia explica que los judíos no se mostraran entusiasmados ante la idea de aceptar a Mahoma como un profeta del Dios único.  A partir de esta circunstancia, puede comprenderse el desarrollo de los acontecimientos.  

       La tribu judía de los Banu Qaynuqa, aliados de los jazrash, había sido invitada ya en la segunda mitad de sawwal (marzo-abril) a abrazar las creencias religiosas de Mahoma.  Los judíos, que percibían notables diferencias entre lo contenido en la Biblia y lo enseñado por Mahoma, rechazaron el ofrecimiento.  Un grupo semejante no podía ser tolerado por el Mahoma de Yatrib y, en la situación en que se hallaba tras la victoria de Badr, para combatirlo sólo precisaba de un pretexto para atacarlo.  A lo largo de los siglos, la Historia nos proporciona numerosos ejemplos de cómo existen pocas situaciones más fáciles de abordar que la de encontrar un pretexto para dar inicio a una guerra.  En este caso, se trató de una ofensa supuestamente causada a una seguidora de Mahoma.  Las tradiciones no coinciden y así, según las distintas versiones, los culpables habrían sido unos muchachos judíos que habrían intentado quitarle el velo o un orífice que habría conseguido verle el trasero.  La conducta vejatoria, sobre la que las tradiciones no coinciden, habría llevado a un adepto de Mahoma a dar muerte a un judío lo que provocó, a su vez, una reacción de los judíos que quitaron la vida al homicida.  Como hemos señalado, las tradiciones no son históricamente seguras e incluso es posible que carezcan de base histórica.  Desde luego no deja de ser revelador el que Mahoma legitimara el ataque contra los Banu Qaynuqa no refiriéndose a una supuesta ofensa contra una mujer sino a la sospecha de que pudieran no ser fieles a lo pactado.  Así lo recoge la aleya 8: 60/58 que se ha conectado tradicionalmente con este episodio:

 

[6]58. Si temes una traición por parte de una gente, rompe con ellos en igualdad de condiciones.  Al.lah no ama a los traidores.

 

      Cuando Mahoma lanzó el ataque contra los judíos, éstos se replegaron hacia sus casas y solicitaron la ayuda de los jazrash, cuyo jefe era a la sazón Abd Allah b. Ubayy, a su vez caudillo de un grupo de oposición al que, convencionalmente, el Corán denomina los “hipócritas”.  El calificativo haría fortuna, aunque más que hipocresía quizá habría que ver en ellos a personajes que habían estado dispuestos – y quizá seguían estándolo – a mantener una alianza con Mahoma, pero no a someterse a sus pretensiones espirituales.  Abd Allah b. Ubayy descubrió que nadie estaba dispuesto a mover un dedo para defender a los judíos y les prometió mediar ante Mahoma.  Así, el 1 de du-l-qaada (25 de abril de 624), los judíos, sin entablar combate, aceptaron capitular.  Las condiciones resultaron, ciertamente, duras, pero, en comparación con las que sufrirían otros correligionarios suyos a manos de Mahoma, resultaron más tolerables.  Los setecientos varones judíos y sus familias debieron entregar todas sus posesiones lo que incluía un número considerable de armas y objetos de orfebrería, un tipo de artesanía en la que destacaban y se vieron obligados a abandonar Yatrib en el plazo de tres días.   Los judíos se dirigieron, primero, a Wadi-l-Qura donde recibieron provisiones de una comunidad judía y luego, según las distintas tradiciones, a Jaybar o Adraat, en Siria.  Resultaba obvio que habían comprendido lo que podían esperar de su antiguo aliado Mahoma y no estaban dispuestos a correr riesgos superiores al del expolio económico y el exilio.

     Fue aquel mes especialmente pródigo para Mahoma ya que durante el mismo le fueron llegando los pagos del rescate de los prisioneros aprehendidos en la batalla de Badr y además recibió su parte del despojo de los Banu Qaynuqa.  Mahoma se quedó con tres arcos, tres espadas y tres lanzas, una esclava llamada Safiyya y el quinto del botín, destinado a los menesterosos.  Sin embargo, el disfrute de la victoria iba a ser breve porque los enemigos de Mahoma no estaban dispuestos a darse por vencidos.

CONTINUARÁ


Véase: J. Akhter, Oc, p. 69 ss; K. Armstrong, Oc, pp. 184 ss; M. Cook, Muhammad…, pp. 12 ss; E. Dermenghem, Mahomet…, p. 21 ss; M. Lings, Oc, pp. 179 ss; T. Ramadan, Oc, pp. 107 ss; J. Vernet, Oc, pp. 94 ss; W. M. Watt, Oc, pp. 113 ss. 

[4]  66 en la edición del rey Fahd de Arabia.

[5]  Supuestamente los rescates por los cautivos.

[6]  59 en la edición del rey Fahd de Arabia.

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