Martes, 14 de Julio de 2020

XXXIII.- El camino hacia la victoria (I): de la batalla de Badr a la derrota de Uhud (I): La batalla de Badr

Viernes, 5 de Junio de 2020

Mahoma, que había decidido abandonar la línea pacifista[2] que había caracterizado su comportamiento durante la vida de Jadiya y sustituirla por la de las armas, fue desde muy pronto consciente de la importancia del espionaje.  Decidido a acabar con cualquier tipo de oposición, dotado de un ejército que se había ido fogueando en escaramuzas menores y dispuesto a imponerse, recibía además informes procedentes de agentes que se encontraban en la Meca[3] así como de coraishíes que se le iban sumando.  Así, en la primera quincena de Ramadán, llegó a la conclusión de que había llegado el momento idóneo para un ataque.  

     En aquella época, Abu Sufyan, uno de sus principales adversarios, según la tradición, regresaba de Siria acompañado por unos setenta hombres pertenecientes a los coraishíes.  Avisado Mahoma, reunió a algunos de sus adeptos y les comunicó la posibilidad que existía de botín si caían sobre Abu Sufyan y su grupo.  Posteriormente, se identificó este momento con lo señalado en 8: 7/7:

 

  1. Y cuando Al.lah os prometió que uno de los dos grupos caería en vuestro poder y deseasteis que fuera el inerme, pero Al.lah quería hacer triunfar la Verdad con Sus palabras y aniquilar a los infieles.

 

      Sin embargo, por medios no del todo aclarados y que podrían incluir a gente de Yatrib que no simpatizaba con Mahoma, Abu Sufyan sí supo de la expedición que se planeaba contra él.  Inmediatamente, envió un aviso a los coraishíes indicándoles que Mahoma y los suyos iban a atacarlo y que, por lo tanto, los bienes que les pertenecían corrían peligro.  Fue así como los coraishíes reunieron una fuerza para contrarrestar el ataque de Mahoma.

    Para interceptar a Abu Sufyan y sus acompañantes, Mahoma se detuvo cerca de Badr por donde pasaba la ruta habitual.  Acto seguido, envió a al-Zubayr b. al-Awwam junto a un grupo de combatientes hacia los pozos de Badr.  A esas alturas, Mahoma ignoraba totalmente que estaban acudiendo refuerzos para socorrer a Abu Sufyan.  Sin embargo, mientras Mahoma estaba acampado y cumplía con el precepto de la oración, llegaron hasta los pozos de Badr algunos enviados de los coraishíes para llevar a cabo la aguada.  Los hombres de Mahoma intentaron capturar algunos prisioneros y así se apoderaron de un siervo de los Banu Hashshash llamado Aswad que fue conducido inmediatamente a su base.  Convencidos de que formaba parte del contingente que regresaba de Siria, comenzaron a golpearlo ante Mahoma que, mientras tanto, se dedicaba a seguir haciendo las arracadas habituales en la oración.  Tuvo lugar entonces un episodio terrible que pone de manifiesto cómo la práctica de la tortura para obtener los resultados deseados requiere algo más que desprecio por el dolor ajeno[4].  Los seguidores de Mahoma estaban convencidos de que el pobre muchacho pertenecía al grupo de Abu Sufyan y cuando éste lo negaba e insistía en que iba con otra caravana de coraishíes lo golpeaban más convencidos de que les estaba mintiendo.  Sólo cuando respondía afirmativamente en el sentido de que acompañaba a Abu Sufyan le permitían un respiro en medio de la tortura.  Mahoma – que había estado presente durante el interrogatorio – acabó por dejar la oración y señalar a sus seguidores que estaban golpeando al prisionero cuando decía la verdad y dejándolo en paz cuando mentía.  Se había percatado de que tenía que haber salido de la Meca una segunda expedición y había decidido asumir las riendas del interrogatorio.  El desdichado cautivo proporcionó a Mahoma la escasa información de que disponía aunque no pudo concretar la cantidad de coraishíes que marchaban contra él más allá de señalar que eran muy numerosos.  Mahoma decidió entonces preguntarle por los animales que habían sacrificado durante el camino para alimentarse.  Al saber que en los dos días anteriores, se habían sacrificado nueve y diez camellos respectivamente llegó a la conclusión de que su número debía situarse entre los novecientos y los mil.  Efectivamente, eran novecientos cincuenta.

     La respuesta de Mahoma a aquella amenaza cercana e inesperada fue muy inteligente.  Ordenó ocupar los pozos y llenar otros con agua y dispuso a sus hombres para defenderlos.  En el enfrentamiento, deberían valerse de las flechas y sólo en caso de que se llegara al cuerpo a cuerpo, podrían los seguidores de Mahoma utilizar armas blancas.  De esa manera – otra muestra de inteligencia táctica – Mahoma esperaba causar bajas al enemigo y neutralizar, siquiera en parte, su superioridad numérica. 

     La batalla comenzó con algunos combates singulares como era común en una Arabia acostumbrada al enfrentamiento entre paladines.  Sin embargo, a continuación, la caballería de los coraishíes se lanzó sobre los puestos controlados por los seguidores de Mahoma.  Las flechas desconcertaron, primero, y detuvieron, después, a los atacantes.  En medio de esa confusión, su pobre mando, ciertamente mal avenido, se enfrentó con un motivo no pequeño de perplejidad y es que aquellos que, durante años, habían soportado insultos y golpes sin recurrir a la violencia, ahora reaccionaban con un empuje militar absolutamente inesperado.  Las víctimas de ayer se habían convertido en los guerreros de hoy.  Abu Sufyan llegó a percatarse de lo peligrosa que era la situación y, evitando riesgos, abandonó el camino de la caravana y, a marchas forzadas, cruzó el territorio más cercano a Yatrib.  Sin embargo, los otros coraishíes, por desgracia para ellos, se empeñaron en el combate.  Habían sido privados de agua por los hombres de Mahoma y ahora se vieron además obligados a asaltar unas líneas que miraban hacia occidente de tal manera que el sol les golpeaba en los ojos. 

     Hacia el mediodía, los coraishíes, enfrentados con un enemigo tácticamente muy superior, habían sido derrotados en toda regla.  El número de caídos resultó tan elevado que por la noche los seguidores de Mahoma se vieron obligados a beber agua en la que había sangre y a arrojar en uno de los pozos a los muertos.  El botín fue, como Mahoma había anunciado, espectacular e incluyó la anaza (daga) que el Negus de Abisinia había regalado a al-Zubayr b. al-Awwam y que en los siglos siguientes llevarían Mahoma y los califas en la ceremonia de conclusión del Ramadán.  Los bienes arrebatados al enemigo se repartieron de acuerdo con una normativa promulgada “ad hoc” por Mahoma.  Él se quedó con un quinto que debería servir para ayudar a aquellos de sus seguidores que eran pobres y el resto se dividió entre los combatientes, aquellos de sus adeptos que no habían podido acudir al combate y los espías y demás auxiliares.  Los cautivos fueron rescatados por sus parientes por cifras que oscilaban entre los mil y los cuatro mil dirhemes, aunque se hizo excepción con algunos pobres - a los que se dejó en libertad so promesa de no combatir contra Mahoma y sus seguidores - y con aquellos que sabían leer y escribir a los que se permitió eludir la cautividad a cambio de enseñar a diez analfabetos que siguieran a Mahoma.

     Entre los prisioneros se encontraba Abu-l-As, yerno de Mahoma, casado con Zaynab.  Ésta pidió a su padre que lo dejara en libertad acompañando a la súplica de una suma económica y un collar que Jadiya le había regalado el día de su boda.  Mahoma dio la libertad a su yerno, pero a condición de que permitiera a Zaynab marchar a Yatrib, condición que fue aceptada y cumplida.

     Fue también muy elevado el número de los prisioneros que, por cierto, se vieron abocados a sufrir una suerte atroz.  De hecho, según la tradición, Mahoma tuvo que ordenar que se detuviera la matanza que sus hombres estaban causando entre ellos por temor a quedarse sin prisioneros por los que recibir un rescate [5].  Los asesinatos de cautivos se debieron en no pocos casos al puro y simple deseo de venganza.  Por ejemplo, el antiguo esclavo Bilal se encontró entre los cautivos a Umayya, su antiguo dueño, cuyas sevicias había sufrido tras comenzar a seguir a Mahoma, y le dio muerte.  Abu Shahl b. Hisham, gran adversario de Mahoma, fue capturado ya que las heridas le habían impedido escapar.  Se le decapitó.  Por lo que se refiere a Mahoma vio entre los prisioneros al poeta Uqba b. Muayt que, en el pasado, había pronunciado versos contra él e inmediatamente ordenó que le cortaran la cabeza.  Iba a ser así uno de los primeros poetas que pagaría con su vida el oponerse al poder del Islam.  La poetisa Asma bint Marwan fue asesinada poco después mientras dormía y lo mismo sucedería con Abu Afak, a pesar de tener ciento veinte años.  En adelante, aquellos que difundían sus ideas entre sus paisanos deberían andarse con cuidado si eran opuestas a Mahoma porque el aviso no podía haber resultado más obvio.

CONTINUARÁ


[2]  Existen varios análisis de la actividad militar de Mahoma debidos a autores musulmanes.  Al respecto, véase especialmente:  Kh.Alavi, Muhammad.  The Greatest Military Strategist, Islamabad, 2005 y A. Ur Rahman, Muhammad as a Military Leader, Delhi, 1992.  

Véase: J. Akhter, Oc, p. 69 ss; K. Armstrong, Oc, pp. 172 ss; M. Cook, Muhammad…, pp. 12 ss; E. Dermenghem, Mahomet…, p. 45 ss; J. Glubb, Oc, pp. 167 ss; M. Lings, Oc, pp. 164 ss; T. Ramadan, Oc, pp. 103 ss; J. Vernet, Oc, pp. 88 ss; W. M. Watt, Oc, pp. 106 ss; C. V. Gheorghiu, Oc, pp. 282 ss.

[3]  Acerca de los espías de Mahoma, véase: C. Gilliot, “Les “informateurs” juifs et chrétiens de Muhammad.  Reprise d´un problème traité par Aloys Sprenger et Theodor Nöldeke » en Jerusalem Studies in Arabic and Islam, 22, 1998, pp. 84-126.

[4]  Episodio reproducido con la fuente en J. Vernet, Oc, pp. 88 ss.

[5]  En el mismo sentido, J. Vernet, Oc, p. 93.

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