Sábado, 11 de Julio de 2020

Pablo, el judío de Tarso (LXIII)

Domingo, 17 de Diciembre de 2017
EL ÚLTIMO VIAJE A JERUSALÉN (V): La detención de Pablo

Durante las semanas anteriores, el apóstol y sus colaboradores habían escuchado en repetidas ocasiones anuncios proféticos que se referían a su detención en caso de que bajara a la ciudad de Jerusalén. De momento, todo parecía indicar que los presagios no iban a cumplirse y entonces, de manera inesperada y repentina, se produjo un cambio radical de la situación. La fuente lucana lo relata de la siguiente manera:

 

27 Y cuando estaban para acabarse los siete días, unos judíos procedentes de Asia, le vieron en el templo y alborotaron a todo el pueblo y le echaron mano, 28 gritando: Varones Israelitas, ayudad: Este es el hombre que por todas partes enseña a todos en contra el pueblo, y de la ley, y de este lugar; y, por añadidura, ha metido a gentiles en el templo, y ha contaminado este lugar santo. 29 Porque antes habían visto con él en la ciudad a Trófimo, un hombre de Éfeso, al cual pensaban que Pablo había metido en el templo. 30 Así que, toda la ciudad se alborotó, y se agolpó el pueblo; y agarrando a Pablo, le sacaron del templo, y luego cerraron las puertas. 31 Y cuando intentaban matarlo, avisaron al tribuno de la compañía, de que toda la ciudad de Jerusalén estaba alborotada; 32 Éste tomando a soldados y centuriones, acudió corriendo a donde se encontraban y ellos cuando vieron al tribuno y a los soldados, dejaron de herir a Pablo. 33 Cuando llegó el tribuno, le prendió, y le mandó atar con dos cadenas; y preguntó quién era, y qué había hecho. 34 Y entre la multitud, unos gritaban una cosa, y otros otra: y como no podía entender nada de cierto a causa del alboroto, ordenó que lo llevaran a la fortaleza. 35 Y cuando llegó a las gradas, fue llevado en volandas por los soldados para salvarlo de la violencia del pueblo; 36 porque mucha gente venía detrás, gritando: Mátale.

(Hechos 21, 27-36)

 

Un grupo de judíos de Asia – una circunstancia que hace pensar en una clara hostilidad hacia Pablo – lo había acusado de haber introducido a gentiles en el templo. El resultado inmediato había sido una revuelta. La gravedad de la acusación puede comprenderse si tenemos en cuenta que acciones como aquella estaban penadas con la muerte, según se desprende de dos fuentes epigráficas descubiertas una en 1871 y otra en 1935[1]. A las acusaciones (falsas, como hemos visto) de enseñar a los judíos que no debían circuncidar a sus hijos y que no estaban sujetos a la ley, acababa de añadir ahora la de profanar el templo, algo que recordaba en parte los cargos que habían costado la vida a Esteban. Es muy posible que su final hubiera sido similar de no intervenir la guarnición romana que estaba acuartelada en la fortaleza Antonia (Hch 21, 27 ss). Una vez más las fuerzas romanas de orden público estaban a la altura de las circunstancias en una situación especialmente difícil.

Sin embargo, Pablo captó en aquella situación una posibilidad nueva de dar testimonio de Jesús. En un gesto que indica claramente cómo era su personalidad, pidió al oficial romano que le permitiera explicarse:

 

37 Y mientras metían a Pablo en la fortaleza, dijo al tribuno: ¿Puedo decirte algo? Y él dijo: ¿Sabes griego? 38 ¿No eres tú aquel egipcio que provocó una sedición antes de estos días, y sacaste al desierto a cuatro mil bandidos? 39 Entonces dijo Pablo: Yo de cierto soy judío, ciudadano de Tarso, una ciudad no oscura de Cilicia. Te ruego que me permitas que hable al pueblo. 40 Y como se lo permitió, Pablo, de pie en las gradas, hizo una señal con la mano al pueblo. Y, cuando se produjo un gran silencio, dijo en lengua hebrea: 1. Hermanos y padres, escuchad la defensa que os presento. 2 (Y cuando oyeron que les hablaba en lengua hebrea, guardaron aún más silencio.) y dijo: 3 Yo de cierto soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero me crié en esta ciudad a los pies de Gamaliel, y recibí una enseñanza conforme a la verdad de la ley de la patria, celoso de Dios, como todos vosotros sois hoy. 4 He perseguido este camino hasta la muerte, prendiendo y encerrando en prisión a hombres y a mujeres: 5 De lo que también me es testigo el príncipe de los sacerdotes, y todos los ancianos; de los cuales también recibido cartas para los hermanos, iba a Damasco para traer presos a Jerusalén a los que estuviesen allí, para que fuesen castigados. 6 Pero sucedió que yendo yo, cuando me acercaba a Damasco, como a medio día, de repente me rodeó mucha luz que procedía del cielo: 7 Y caí en el suelo, y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? 8 Yo entonces respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo: Yo soy Jesús de Nazaret, a quién tú persigues. 9 Y los que estaban conmigo vieron a la verdad la luz, y se espantaron; pero no oyeron la voz del que hablaba conmigo. 10 Y dije: ¿Qué debo hacer, Señor? Y el Señor me dijo: Levántate, y ve a Damasco, y allí se te dirá todo lo que has de hacer. 11 Y como yo no pudiera ver a causa de la claridad de la luz, llevado de la mano por los que estaban conmigo, llegué a Damasco. 12 Entonces un tal Ananías, un hombre piadoso conforme a Torah, que tenía buen testimonio de todos los judíos que vivían allí, 13 vino a donde me encontraba y acercándose, me dijo: Hermano Saulo, recibe la vista. Y yo en aquella hora recuperé la vista y le ví. 14 Y él dijo: El Dios de nuestros padres te ha predestinado para que conocieses su voluntad, y vieses a aquel Justo, y oyeses la voz de su boca. 15 Porque has de ser testigo suyo ante todos los hombres, de lo que has visto y oído. 16 Ahora pues, ¿qué haces ahí parado? Levántate, y bautízate, y, mediante la invocación de su nombre, lava tus pecados. 17 Y me sucedió, que cuando regresé a Jerusalén, mientras estaba orando en el templo, experimenté un éxtasis 18 y le vi que me decía: Date prisa, y sal inmediatamente de Jerusalén; porque no van a recibir tu testimonio acerca de mí. 19 Y yo dije: Señor, saben que yo encerraba en la cárcel, y hería en las sinagogas a los que creían en ti; 20 y cuando se derramaba la sangre de Esteban tu testigo, yo también estaba presente, y consentía en su muerte, y guardaba las ropas de los que lo estaban matando. 21 Y me dijo: Márchate porque tengo que enviarte lejos, a los gentiles. 22 Y hasta esa frase lo escucharon, porque entonces se pusieron a gritar: Quita de la tierra a este hombre, no puede seguir viviendo. 23 y comenzaron a dar voces, y a rasgarse las vestiduras y a echar polvo al aire, 24 Mandó el tribuno que le llevasen a la fortaleza, y ordenó que fuese interrogado utilizando los azotes, para averiguar por qué causa clamaban así contra él.

(Hechos 21, 37-22, 29)

 

Durante unos instantes, los judíos habían podido escuchar a un Pablo que se dirigía en su lengua e incluso habían podido soportar su referencia a un compatriota ejecutado por los romanos que se le había aparecido en el camino de Damasco. Muy posiblemente, no habían contemplado de manera negativa que fuera recibido por Ananías, un hombre fiel a la Torah, que lo había introducido en aquella comunidad de creyentes. Lo que les resultó indignante era la posibilidad de que aquel mensaje nacido en Israel y para Israel se abriera a los odiados gentiles. Tan sólo unos años antes, hubiera sido recibido con resquemor de algunos y con tolerancia de otros. En esos momentos, de los peores del dominio romano, era natural que provocara una explosión de cólera y, muy posiblemente, muchos pudieron verlo cómo una confirmación de que el cargo levantado contra Pablo de haber introducido gentiles en el templo se correspondía con la realidad.

La reacción del centurión – que, obviamente, no conocía aquella lengua – fue la de ordenar que llevaran a Pablo a un lugar seguro y que lo sometieran a tormento para dilucidar las causas del alboroto. La reacción del apóstol fue la misma que ya vimos en Filipos[2], la de hacer valer sus derechos como civis romanus:

 

 

. 25 Y cuando le ataron con correas, Pablo dijo al centurión que estaba presente: ¿Os está permitido azotar a un romano sin condena previa? 26 Y cuando el centurión le escuchó, fue a informar al tribuno y le dijo ¿Qué vas a hacer? porque este hombre es romano. 27 Y acudiendo el tribuno, le dijo: Dime, ¿eres romano? Y él dijo: Sí. 28 Y respondió el tribuno: yo obtuve la ciudadanía mediante el pago de una gran suma. Entonces Pablo dijo: pues yo lo soy de nacimiento.29 Así que, inmediatamente se apartaron de él los que le iban a someter a tormento e incluso el tribuno también tuvo temor, al saber que era romano, por haberle atado.

(Hechos 22, 25-29)

 

La situación de los funcionarios romanos se presentaba delicada. Ciertamente habían salvado la vida de un ciudadano romano, pero no era menos cierto que habían estado a punto de someterle a tormento sin decisión judicial previa, una falta de extraordinaria gravedad. Finalmente, optaron, como era su costumbre, por la aplicación estricta de la ley. Pablo había sido acusado de quebrantar la Torah, por lo tanto, lo legal era entregarlo a las autoridades judías, al Sanedrín, que tenía competencia judicial en este tipo de materias, para que decidiera al respecto.

(Continuará)

 

 

[1] Sobre la inscripción situada en el mismo que anunciaba la prohibición de entrada a los gentiles, ver:

C. S. Clermont-Ganneau, “Discovery of a Tablet from Herod’s Temple” en Palestine Exploration Quarterly, 3, 1871, pgs. 132-3 y J. H. Iliffe, “The ZANATOS Inscription from Herod ‘s Temple” en Quarter of the Department of Antiquities of Palestine, 6, 1936, pgs. 1-3.

[2] Ver supra, pp. .

 

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