Sábado, 28 de Enero de 2023

Pablo, el judío de Tarso (XIII): De Saulo a Pablo (III): En Chipre

Domingo, 5 de Marzo de 2017

La comisión que había llevado a Bernabé y a Saulo hasta Jerusalén se había cumplido de manera adecuada y cabe pensar que impulsó a los hermanos de Antioquia a meditar sobre las posibilidades de ampliar la misión entre los gentiles a otros territorios. La decisión finalmente se produjo en el curso de una celebración espiritual que la fuente lucana relata de la siguiente manera:

1 Había por aquel entonces en la comunidad que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, y Simón el que tenía por sobrenombre Niger, y Lucio Cireneo, y Manahén, que había sido criado con Herodes el tetrarca, y Saulo. 2 Mientras adoraban al Señor, y ayunaban, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra para la cual los he llamado. 3 Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los enviaron. 4 Y ellos, enviados así por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia: y de allí navegaron a Chipre.

(Hechos 13, 1-4)

 

Como suele ser habitual, el texto lucano vuelve a sorprendernos por la sencillez de la narración y, a la vez, por la información que nos proporciona sobre el funcionamiento de una comunidad cristiana apenas década y media después de la crucifixión de Jesús. Todo parece indicar que las decisiones de trascendencia derivaban de un proceso de búsqueda de la voluntad de Dios mediante recursos como la oración y el ayuno. Precisamente en medio de ese ambiente, era cuando la congregación esperaba que el Espíritu Santo se manifestara y comunicara lo que debía hacer. La forma en que las comunidades esperaban esa acción del Espíritu eran diversas, pero resulta innegable que prevalecía un elemento pneumático o carismático por encima de cualquier consideración jerárquica u organizativa. Muy posiblemente en el episodio que abordamos ahora se trató de la declaración de un profeta. En otros casos, se produjeron fenómenos de glosolalia o hablar en lenguas desconocidas a través de los que se consideraba que el Espíritu Santo se manifestaba. En el caso que ahora nos ocupa parece ser que la congregación deseaba discernir a las personas que debían ocuparse de la expansión misionera entre los gentiles. La revelación indicó a Bernabé y a Saulo.

El sistema para encomendarles su cometido conmueve también por su sencillez. La comunidad se entregó a la oración y al ayuno y, acto seguido, impuso las manos a los elegidos. Se trataba de un comportamiento que volvería a repetirse en los siglos siguientes en momentos determinados de la Historia del cristianismo, pero que contrasta poderosamente con el organizativismo que caracteriza a no pocas entidades religiosas en la actualidad.

Como ya tuvimos ocasión de señalar, Antioquía era un lugar privilegiado geográficamente. Hacia oriente se hallaba Cilicia y Asia Menor, hacia occidente, a unos ciento cincuenta kilómetros, se encontraba la isla de Chipre. La elección de este lugar pudo venir determinada por el hecho de que Bernabé era chipriota y de que las experiencias de Saulo en Asia Menor no habían resultado precisamente prometedoras. Hacia la isla se dirigieron, por lo tanto, Bernabé, Saulo y el joven Juan Marcos. En la casa de la madre de este último se había reunido una de las comunidades judeo-cristianas de Jerusalén, precisamente la que dirigía Pedro (Hechos 12, 12). Todo hace pensar que en el curso de su bajada a Jerusalén, Bernabé y Saulo habían descubierto cualidades en el joven que les había decidido a incorporarlo a su trabajo de evangelización.

Chipre había sido ocupada en la Antigüedad por fenicios y griegos. Precisamente, de uno de los enclaves de la isla conocida como Kition, la actual Lárnaca, derivaba el nombre de Kittim con que se denomina a Chipre en hebreo. Durante el siglo VI a. de C., la isla pasó a formar parte del imperio persa. Las conquistas de Alejandro Magno colocaron Chipre en la esfera de poder de los seleucidas donde permaneció hasta que los romanos se la anexionaron en el 58 a. de C. En el año 56 a. de C., Chipre pasó a formar parte de la provincia de Asia. Permaneció en esa situación hasta el año 27 a. de C., en que se convirtió en una provincia imperial gobernado por un legatus pro praetore. En el 22 a. de C., Augusto se la entregó al senado y la administración pasó a ser desempeñada por un procónsul. Esa era precisamente la situación cuando Bernabé y Saulo desembarcaron en la isla. La fuente lucana señala que el procónsul era un tal Sergio Paulo. Ese dato nos obliga a pensar en varias posibilidades. Una es que se tratara de Lucio Sergio Paulo, un personaje que fue curatordel Tíber en la época del emperador Claudio [1]; otra es que la referencia sea a otro romano del mismo nombre (seguramente su hijo) que ocupó un importante puesto en Galacia una generación más tarde [2]. Un tercer Sergio Paulo que fue cónsul de Roma en el año 150 y 168 d. de C., ya no encajaría en nuestra época. Aunque se ha insistido en relacionar al procónsul con el primero de los citados, lo más seguro es que se trate en realidad de Quinto Sergio Paulo al que se refiere una inscripción griega encontrada en Kytraía al norte de Chipre en la que se hace referencia a que sirvió en la época de Claudio [3].

El grupo formado por Bernabé, Saulo y Juan Marcos desembarcó en la localidad de Salamina y se dirigieron como objetivo inicial de su predicación a las sinagogas (Hechos 13, 5). Semejante comportamiento pone de manifiesto, primero, que el acuerdo al que habían llegado los dos primeros con la comunidad judeo-cristiana de Jerusalén era entendido en términos geográficos y no religiosos, es decir, que consideraban que su predicación debía llevarse a cabo en tierra de gentiles, pero dirigida a gentiles y a judíos; y, segundo, que existía una especie de obligación espiritual de comunicar el mensaje a aquellos a los que por razones históricas debía interesar más a primera vista, a los judíos que desde hacía siglos llevaban esperando al mesías.

Según nos refiere la fuente lucana, de sinagoga en sinagoga, el grupo fue atravesando la isla a lo largo de la costa sur hasta llegar a Pafos, la sede del gobierno provincial. Ignoramos cuál era el mensaje propagado por Bernabé y Saulo, pero lo más posible es que se tratara de referencias a las profecías del Antiguo Testamento que demostraban que Jesús era el mesías de Israel. También resulta verosímil que esas referencias vinieran acompañadas por el testimonio de Saulo acerca de la visión que había tenido de Jesús en el camino de Damasco. El itinerario de Salamina hasta Pafos significaba un trayecto de doce kilómetros. Se trataba, en realidad, de la nueva Pafos, un enclave griego diferente de la vieja Pafos que era de origen fenicio. En la ciudad se veneraba de manera especial a la diosa Afrodita a la que se denominaba Páfica.

La isla era pequeña y la pareja debió llamar la atención del procónsul romano de manera que Bernabé y Saulo fueron convocados ante su presencia. Muy posiblemente, Sergio Paulo deseaba averiguar la naturaleza de los recién llegados como gente que pudiera afectar el orden público. No en vano por aquella época la presencia de judíos que recorrían el imperio con fines subversivos no resultaba extraña. Pero, a la vez, debió verse movido por una cierta curiosidad intelectual. De hecho, la fuente lucana señala que en su cercanía actuaba un judío llamado Barjesús al que califica de mago y falso profeta. Si el segundo calificativo puede ser únicamente una manera de definir a alguien que se oponía al mensaje del Evangelio, el primero indica a una persona relacionada con las ciencias ocultas.

 

Barjesús se opuso radicalmente a Bernabé y Saulo, y resulta lógico. Muy posiblemente pertenecía a esa estirpe secular de farsantes que viven a costa de la credulidad del prójimo presumiendo de sus dotes espirituales. Si había logrado un cierto ascendiente sobre Sergio Paulo – no hubiera sido el primer romano supersticioso, desde luego – quizá temió que Bernabé y Saulo se convirtieran ahora en serios competidores. El enfrentamiento entre ambas partes se resolvió con un triunfo de Saulo. Barjesús seguramente no pasaba de ser un charlatán dedicado a embaucar al prójimo, mientras que Saulo era un hombre de una superioridad moral y espiritual incuestionable. La fuente lucana señala que “el procónsul, viendo lo que había sido hecho, creyó, maravillado de la doctrina del Señor” (Hechos 13, 12). ¿Significa esto que Sergio Paulo abrazó el mensaje predicado por Saulo? Así lo han interpretado algunos e incluso han llegado a argumentar que el cambio de nombre de Saulo a Pablo (Paulo) se debió a que así se llamaba su primer converso de entre los gentiles. El tema dista, sin embargo, de estar tan claro. Posiblemente, Sergio Paulo se limitó a creer que Saulo y Bernabé eran personajes mucho más fiables y decentes que el mago judío. Por otro lado, cuesta creer que Paulo fuera el primer converso de Saulo tras un año entero de actividad en Antioquia y cuando el gentil Tito – que posiblemente había abrazado el Evangelio gracias a su enseñanza - ya formaba parte de sus colaboradores. Finalmente, hay que señalar que Pablo (Paulus) fue el nombre de ciudadano romano del antiguo fariseo. Si comenzó a utilizarlo a partir de esta su primera salida, seguramente haya que atribuirlo más al deseo de abandonar un nombre tan étnico como Saulo en favor de otro que dejaba de manifiesto su ciudadanía romana. Fuera por lo que fuese, el apóstol ya no sería conocido con el nombre del primer rey de Israel. En adelante, para todos sería Pablo.

 

CONTINUARÁ

[1] CIL VI, 31545.

[2] Aparece mencionado en una inscripción latina encontrada en 1912 por W. M. Ramsay y J. G. C. Anderson en Antioquia de Pisidia. Véase W. M. Ramsay, The Bearing of Recent Discovery on the Trustworthiness of the New Testament, Londres, 1915, pp. 150-152.

[3] IGRR III.935.

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