Sábado, 28 de Enero de 2023

Pablo, el judío de Tarso (XVI): El Evangelio llega a Galacia (III): Iconio y Listra

Domingo, 26 de Marzo de 2017

La ciudad a la que se encaminaron, Iconio, la moderna Konya, se encontraba situada a unos ciento cincuenta kilómetros al este-sureste de Antioquía de Pisidia.

En aquella época constituía un importante nudo de comunicaciones situado en los confines de Frigia y limitando con la llanura licaonia. Esta última circunstancia explica que algunos autores latinos como Cicerón (Ad Familiares XV, 4, 2) o Plinio (Historia natural V, 95) la consideraran, erróneamente, por cierto, licaonia. El emperador Claudio le había concedido recientemente el derecho de usar su nombre como un prefijo de honor por lo que fue conocida durante algún tiempo con la denominación de Claudiconium.

La experiencia de Bernabé y Pablo en Iconio presentó similitudes con la sufrida en Antioquía de Pisidia. Una vez más, se dirigieron a la sinagoga y anunciaron que las Escrituras habían encontrado su cumplimiento en Jesús; una vez más, hubo judíos y gentiles que aceptaron su predicación y, una vez más, los judíos que habían rechazado el mensaje se entregaron a denigrar a los misioneros entre la población (Hechos 14, 1 –2). A pesar de todo, también se produjo una diferencia significativa. Durante una temporada, Bernabé y Pablo pudieron quedarse en la ciudad y como fruto de su labor quedó constituida una nueva comunidad. En esta ocasión, al éxito de la predicación contribuyó además la noticia de que los dos apóstoles realizaban milagros (Hechos 14, 3). Semejantes hechos – cuyo contenido exacto ignoramos – fueron considerados intolerables por los adversarios de Bernabé y Pablo y no tardaron en abrigar el propósito de lapidarlos. Es muy posible que la decisión estuviera relacionada con la disciplina de la sinagoga y que la acusación que pendiera sobre los dos misioneros fuera la de blasfemia. Fuera como fuese, los apóstoles fueron puestos al corriente de lo que se les avecinaba y optaron por abandonar la población. Sin embargo, por segunda vez desde su llegada a Galacia, sus esfuerzos no resultaron en vano. Por el contrario, dejaron tras de si una nueva comunidad cristiana. Hasta qué punto ésta resultó floreciente y se sintió orgullosa de su fundación por Pablo puede desprenderse del hecho de que los Hechos de Pablo y Tecla – un escrito apócrifo del s. II d. de C. – se centran precisamente en Iconio.

Bernabé y Pablo cruzaron ahora la frontera entre Frigia y Licaonia y se adentraron en ésta. Se detuvieron a unos treinta kilómetros en dirección sur-sureste, en la ciudad de Listra. Al igual que Antioquía de Pisidia – con la que estaba unida por una calzada militar – Listra se había convertido en colonia romana gracias a Augusto. Sabemos que había judíos en la ciudad, pero el único episodio que recoge la fuente lucana de la estancia de Bernabé y Pablo en Listra no se relaciona ni con ellos ni con residente romanos, sino con los naturales del lugar. Éstos quedaron impresionados al ver cómo Pablo curaba a un cojo y llegaron a la conclusión de que los dos visitantes eran dioses con forma humana. Así, “a Bernabé llamaban Zeus, y a Pablo, Hermes, porque era el que llevaba la palabra” (Hechos 14, 12). La asociación de un hecho prodigioso con estos dos dioses y su adoración conjunta aparece documentada en Asia Menor. De hecho, Ovidio la recoge en la conocida leyenda de Filemón y Baucis (Metamorfosis VIII, 626 ss) y no faltan los restos arqueológicos que nos ofrecen el mismo dato. El más conocido es un altar de piedra dedicado a Zeus como “el que escucha la oración” y a Hermes [1]. No resulta por ello sorprendente que el sacerdote de Zeus Propolis – el Zeus cuyo templo se alzaba en frente de la puerta de la ciudad – iniciara la celebración de los ritos de sacrificio en honor de los dos visitantes. Al parecer, durante un tiempo ni Bernabé ni Pablo se dieron cuenta de lo que sucedía porque la gente se expresaba en licaonio, pero al comprenderlo se quedaron horrorizados y, dirigiéndose a la gente en griego, les suplicaron que abandonaran sus intenciones. El hecho ha quedado recogido con especial patetismo en la fuente lucana:

 

13 Y el sacerdote de Zeus Propolis, trajo toros y guirnaldas delante de las puertas, y, junto con el pueblo, deseaba ofrecerles sacrificios. 14 Y, al escucharlo, los apóstoles Bernabé y Pablo, se rasgaron las vestiduras y se abalanzaron sobre la multitud gritando 15y diciendo: Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres como vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, el que hizo el cielo y la tierra, y el mar, y todo lo que hay en ellos. 16 En tiempos pasados ha permitido que todas las gentes anduvieran por sus caminos; 17 Bien es cierto que no se dejó sin testimonio, ya que ha hecho el bien, dándonos lluvias desde el cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones. 18 Y diciendo estas cosas, a duras penas lograron sosegar al pueblo, para que no les ofreciesen sacrificios.

(Hechos 14, 13-18)

 

Si el discurso de Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia constituye un esquema de su predicación para judíos y conversos al judaísmo, el de Listra recoge en buena medida el que dirigía a gente procedente del paganismo y que no había escuchado nunca referencias a lo contenido en las Escrituras. No aparecen referencias – carecería de sentido – a la Historia de Israel o a la promesa de un mesías. Sin embargo, existe una clara afirmación de que existe un solo Dios creador. Por supuesto, en el pasado este Dios había permitido que la gente siguiera sus caminos extraviados, pero no se le podía acusar de haberse despreocupado del género humano. Por el contrario, fenómenos como la indispensable lluvia o las cosechas que nos permiten vivir dan testimonio de su existencia.

Aquella exposición – en la que de manera bien significativa Pablo se guardó muy claramente de identificar al Dios creador con Zeus – acabó apaciguando a la gente de Listra y disuadiéndoles de sus primeras intenciones. Sin embargo, la permanencia de Bernabé y Pablo en Listra no iba a ser fácil. A esas alturas, algunos judíos de Antioquía e Iconio habían llegado a la conclusión de que las predicaciones de los dos apóstoles resultaban intolerables y que debían ser impedidas a toda costa. Guiados por ese propósito, llegaron a Listra y provocaron un motín contra los misioneros. Si en Iconio habían logrado escapar a la lapidación, esta vez Pablo no tuvo tanta suerte. Se apoderaron de él y lo apedrearon. Una vez consumada la acción, lo abandonaron a las afueras de la ciudad convencidos de que estaba muerto (Hechos 14, 19). Afortunadamente para él no era así. De hecho, cuando un grupo de discípulos acudió a buscarlo, logró ponerse en pie y regresar a la ciudad. Posiblemente, Pablo había perdido el conocimiento como consecuencia de alguna pedrada en la cabeza, pero no sufrió lesiones de importancia. A pesar de todo, no podía negarse que Pablo había salvado la vida por muy poco. Tras de si, como en el resto de las poblaciones de Galacia que había visitado, quedaba establecida una comunidad (Hechos 14, 20). Años después Pablo recordaría aquella vez en que había sido apedreado (II Corintios 11, 25) en clara referencia a lo sucedido en Listra. De manera bien significativa, su memoria de lo acontecido aparecía en un contexto en el que expresaba cómo ninguna de las tribulaciones que había padecido había tenido como efecto el que se doblegara.

CONTINUARÁ

[1] MAMA VIII, Manchester, 1962, n. 1. Más noticias de este tipo en W. M. Calder, “Zeus and Hermes at Lystra”, Expositor, serie 7, 10, 1910, pp. 1 ss e Idem, “The Priest of Zeus at Lystra”, Ibidem, pp. 148 ss.

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