Jueves, 9 de Febrero de 2023

Pablo, el judío de Tarso (XVII): El Evangelio llega a Galacia (IV): el final del viaje

Domingo, 2 de Abril de 2017

Al día siguiente, Bernabé y Pablo abandonaron la ciudad de Listra en dirección a Derbe. La localidad se encontraba a unos noventa kilómetros al sureste de Listra. Al igual que sucedía con Iconio, Listra tenía como prefijo de honor el nombre del emperador Claudio.

Derbe se encontraba en la misma frontera entre la provincia romana de Galacia y el reino cliente de Commagene del que era monarca el aliado Antíoco IV. Algunos autores han señalado que, de hecho, Derbe se hallaba al otro lado de la frontera [1]. De ser ése el caso, habría constituido un lugar ideal para refugiarse a la espera de que pasara la tormenta desencadenada por los adversarios judíos de los apóstoles. Semejante eventualidad no tardó, desde luego, en producirse. La fuente lucana indica que, tras anunciar el Evangelio en Derbe, Bernabé y Pablo volvieron a visitar las comunidades que habían fundado en Listra, Iconio y Antioquia de Pisidia:

 

21 Y después de anunciar el Evangelio en aquella ciudad, y enseñado a muchos, regresaron a Listra, y a Iconio, y a Antioquía, 22 Y confirmaron los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que perseverasen en la fe, y enseñándoles: es necesario que entremos en el reino de Dios a través de muchas tribulaciones. 23 Y, tras haber constituído ancianos en cada una de las iglesias, y haber orado con ayunos, los encomendaron al Señor en el que habían creído.

(Hechos 14, 21-23)

 

Los resultados del viaje misionero de Bernabé y Pablo habían resultado verdaderamente sugestivos. Aunque el inicio en Chipre había tenido nulo fruto, no podía decirse lo mismo del periplo por Galacia. Era cierto que Juan Marcos los había abandonado, muy posiblemente desanimado por la experiencia chipriota. No era menos verdad que las dificultades habían sido crecientes a medida que se desplazaban por Galacia. Sin embargo, ahora, en la fase final del viaje, no podía negarse que los frutos eran prometedores. En las ciudades principales del sur de la provincia romana de Galacia, Bernabé y Pablo habían dejado establecida una red de comunidades. Resultaba obvio que no podían atenderlas de manera directa, pero para ese menester los apóstoles echaron mano de un recurso procedente del judaísmo sinagogal, el nombramiento de ancianos que se ocuparan de enseñar y gobernar las comunidades. De manera bien significativa – y a diferencia de movimientos judíos como los esenios de Qumrán [2]- ni Bernabé ni Pablo intentaron crear un sistema sacerdotal paralelo y sustitutivo del templo de Jerusalén. Por el contrario, establecieron una forma de organización muy semejante a la de las sinagogas judías de la época. Los fieles se reunían para orar, entonar cánticos religiosos, y escuchar y estudiar las Escrituras. El sistema era tan sencillo que todo parece indicar que, de la misma manera que había sucedido en Jerusalén, los cristianos se reunían no en templos sino en domicilios particulares y las tareas de administración y de enseñanza recaían en los denominados ancianos. Sin embargo, precisamente la simplicidad de las comunidades paulinas iba a demostrar una enorme fuerza para la expansión y la profundización de la experiencia espiritual. No extraña, en absoluto, que Bernabé y Pablo pudieran sentirse satisfechos. Llegaron, pues, a Perga donde predicaron, descendieron a Atalia y desde allí regresaron por barco a Antioquía, la ciudad desde la que habían partido tiempo atrás (Hechos 14, 24-26).

De manera bien comprensible, Bernabé y Pablo proporcionaron a la comunidad antioquena un informe detallado de su viaje. El balance final era obviamente positivo no sólo porque Dios había realizado obras poderosas – era difícil no interpretar como tal el simple hecho de que los dos misioneros hubieran regresado sanos y salvos - sino también porque se había producido la apertura de una puerta de la fe a los gentiles (Hechos 14, 27-8). Lo que hasta entonces parecía algo excepcional y limitado prácticamente a la iglesia de Antioquía, adquiría ahora dimensiones verdaderamente prometedoras. No sólo eso. En realidad, lo sucedido daba la impresión de perfilarse como el inicio de una fase extraordinaria en la Historia de la salvación, precisamente aquella ya anunciada por los profetas y de acuerdo a la cual, el mesías se convertiría en luz también para las naciones que no eran Israel (Isaías 42, 1, 4-6; 52, 15; etc). Sin embargo, aquel paso trascendental que cambiaría la Historia del género humano no discurriría sin dificultades. A decir verdad, no pasaría mucho tiempo antes de que aquella misma iglesia antioquena, verdadera adelantada en la aceptación de los gentiles en el seno de los discípulos de Jesús, fuera testigo de amargas controversias.

 

CONTINUARÁ

[1] Así G. Ogg, “Derbe” en NTS 9, 1962-3, pp. 367-70.

[2] Sobre la organización de los mismos con bibliografía, véase: C. Vidal, Jesús y los documentos del mar Muerto, Barcelona, 2006, pp. 112 ss.

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