Viernes, 23 de Agosto de 2019

Adiós China, Adiós Nanjing (III): Hangzhou (II)

Lunes, 15 de Julio de 2019

Llegamos a Hangzhou después de un grato viaje en tren.  Me ahorro volver a referirme a los trenes chinos.  Lara tiene pensado un trayecto para este día que – esperamos – va a ser muy grato.  Nuestra primera parada es el famoso Lago del oeste.  En realidad, se trata de un complejo que se divide en cinco secciones y que cuenta en su interior y sus cercanías con templos, pagodas, jardines e incluso islas artificiales.  Verlo en profundidad nos llevaría varios días y sólo disponemos de éste para acercarnos a esta herencia cultural de la Humanidad como lo definió la UNESCO en 2011.

    Rechazamos la oferta de cruzar el lago en barco.  Se trata de una sugerencia tentadora, pero que nos llevaría no menos de dos horas y, en ese caso, no podríamos ver la pagoda de Leifeng ni otros lugares de interés.  

    Es conocido que este lago inspiró a multitud de poetas y pintores y la verdad es que cuando uno se encuentra en sus orillas lo entiende.  Por enésima vez, los puentes, los senderos, los árboles, los setos, los pabellones son una manifestación de esa búsqueda de la armonía que caracteriza la cultura china.  Otras culturas buscan lo grandioso, lo impresionante, incluso lo eterno.  China busca, por encima de todo, una armonía que no somete a la Naturaleza sino que la integra o más bien que se integra en ella.  Durante un buen rato, paseamos disfrutando sólo del entorno hasta que, finalmente, tengo que decirle a Lara que llegar de esa manera hasta la pagoda puede llevarnos lo que nos queda de mañana.  Hay que encontrar un vehículo.

     Lo hallamos al lado de un pabellón.  Es un taxista que se dedica a charlar con Lara y que incluso intercambia unas palabras conmigo.  Lara le pregunta por el coste del viaje y el conductor le ofrece poner el taxímetro.  Es la mejor oferta que nos puede hacer porque los taxis en chino son muy baratos y además el paso del dólar al yuan nos beneficia.  Vamos avanzando en medio de un bosque que sólo puedo calificar de luminoso cuando el taxista nos ofrece parar en un establecimiento de té.  Previamente, nos ha contado cómo el mejor té de China se ha cultivado siempre en Hangzhou desde hace siglos y cómo incluso existe alguna variedad que es la que se obsequia a altos funcionarios y políticos aunque no siempre para que lo consuman sino para que aprecien el regalo.  Es así como llegamos.

     El té que nos sirve la vendedora para que podamos degustarlo y decidir es de distintos tipos.  En todos los casos, excelente, pero con una diferencia de precios notable y sí, una de ellas es como para regalársela a ministros.  Sonrío pensando en la cara que pondría alguna ministra bastante bruta si en lugar de una hebilla de cinturón que vale miles de euros le regalaron un paquetito de este té.  Lo mismo hasta se lo fumaba pensando que era droga…

     Reconozco que me gustan mucho estos comercios chinos.  No está claro que te vayan a vender un paquete de té, un juego de tazas o unas hierbas para limpiar el riñón, pero, en cualquier caso, te regalan sonrisas y puedes ver cómo preparan y sirven el té.  En occidente, algunos conocen la ceremonia del té de los japoneses.  Ignoran que, como casi todo, Japón lo copió de China.

     Al final, compramos un paquete económico que acordamos repartir en Estados Unidos.  Al salir del comercio, el taxista nos espera sonriente.  Ahora nos llevará a la pagoda de Leifeng.  Había pensado en que también pudiéramos contar con él tras la visita – el taxímetro parece que se ha estropeado por la cantidad ridícula que marca – pero, de camino, nos dice que cree que es mejor que contemos con otra persona porque podría resultarnos muy caro.  Confieso que siento hasta ternura al escucharlo.  No suele ser habitual que un taxista piense en cobrarte menos, las cosas como son.

     La pagoda de Leifeng es un edificio que impresiona.  Sus cinco plantas – se dice pronto – se encuentran erigidas en la colina del crepúsculo, al sur del lago del oeste.  El edificio se levantó en el año 975 – en España, en Europa, en general, faltaban siglos para las catedrales de una altura semejante o menor – y se mantuvo en pie hasta 1924 en que se desplomó.  Era una época difícil en la que la monarquía imperial había sido derrocada - en 1911 - y la república no conseguía cuajar.  De manera bien reveladora, la pagoda fue restaurada en 2002 con una dictadura comunista.  A día de hoy, es una atracción turística y, ciertamente, no sorprende.

     Construida en el período de las cinco dinastías y los diez reinos, siguiendo órdenes de Qian Chu, su planta es octogonal y sobre ella se levanta una estructura de cinco plantas en ladrillo y madera.  Esa madera fue incendiada por los piratas japoneses en la época de la dinastía Ming.  Los nipones quemaron el edificio del que sólo quedó un esqueleto de madera.  Que únicamente permanecieran los ladrillos fue una desgracia porque la gente atribuyó al edificio poderes sobrenaturales – era un templo, a fin de cuentas – y se iba llevando pedazos de la estructura para pulverizarla y vender esos polvos como medicina.  No sorprende que, al cabo de los siglos, el conjunto se viniera abajo.

     La idea de subir los cinco pisos no es precisamente tentadora.  De entrada, hasta llegar a la base de la pagoda hay que subir una escalinata considerable.  Decido que iré subiendo piso a piso mientras el cuerpo aguante y lo cierto es que, al final, vamos a alcanzar la cima y no precisamente exhaustos.

     Como en otras ocasiones anteriores, de nuevo he de descubrirme ante el talento museístico de los chinos.  La configuración del edificio permite ver los cimientos puestos al descubierto por excavaciones arqueológicas así como los restos que fueron encontrándose y que dejan de manifiesto la importancia del budismo en la Historia de China a pesar de no haber sido nunca la religión oficial.  En 2001, recurriendo al radar, los arqueólogos chinos dieron con un mausoleo en el subsuelo donde, supuestamente, se custodiaba un cabello de Buda.

    Cada planta me sorprende más.  Sean bajorrelieves contando la Historia de la mítica serpiente blanca o frescos, la historia aparece con una notable elegancia y una delicada belleza.  La serpiente blanca – posteriormente llamada Bai Suzhen - no era sino un ser demoníaco que tomaba la apariencia de una bella mujer y que intentaba apoderarse del alma de Xu Xian.  Si, finalmente, el demonio con forma de hermosa hembra no conseguía salirse con la suya fue gracias a la intervención de un monje budista llamado Fahai.  Como todas las leyendas, fue experimentando variaciones con el paso de los siglos.  Así, lo que, inicialmente, era una historia de horror con profundo sentimiento religioso acabó convertido en un relato de amor romántico entre Xi Xuan y la serpiente blanca de apariencia femenina.  En ese caso, sólo las leyes de la Naturaleza impedían que su amor se consumara, circunstancia en la que no dejaba de hallarse una nota trágica.   En otra variante, Xu Xian y Bai Suzhen eran inmortales enamorados a los que los dioses expulsaban del cielo porque las leyes del cielo prohibían su idilio.  Reencarnados como varón y serpiente blanca, su romance se reanudó.  La historia ha sido llevada varias veces al teatro – especialmente, la ópera – y la última versión cinematográfica es de hace pocos años.

     Quizá no sea tan difícil respetar la cultura sin convertirla en un campo de Agramante; quizá no sea tan difícil que los niños sean educados y no vayan aullando y dando empujones, quizá no sea tan difícil cuidar del patrimonio nacional con eficacia y dedicación…. No debe serlo porque los chinos lo han conseguido y esta pagoda con sus hermosas terrazas y sus lindos interiores es una buena prueba de ello. 

    Nos quedan todavía unas horas en Hangzhou, horas para ver cómo sigue siendo la capital mundial de la seda y cómo compite por ser la del té.  Horas para disfrutar de una buena comida china, de ésas que son extraordinarias y poco o nada se parecen a las de los restaurantes que los chinos abren en occidente.  Nos quedan algunas horas en Hangzhou y son agradables, pero no puedo dejar de sentir el mordisco de la nostalgia.  Pienso en las veces en que he estado en este país, en toda la belleza que he contemplado, en el arte y en las lecturas, en cómo incluso he decidido aprender su lengua y me digo que Lara se gradúa casi en unas horas y que sólo Dios sabe cuándo podré regresar.  Y, al hacerlo, me pregunto si no me pasará como con la España que me vio nacer a la que sólo me puedo acercar a través de su literatura y de su arte y con cuya evolución me apeno a diario.

CONTINUARÁ 

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