Sábado, 28 de Enero de 2023

Aventuras paraguayas (y VII): Is Anybody Here?

Miércoles, 27 de Septiembre de 2017

Teóricamente, mis dos últimos días en Paraguay tendrían que haber sido plácidos y tranquilos, pero sucede todo lo contrario. La noche antes recibo un comunicado de que me han recolocado en el vuelo de regreso y no puedo abandonar Paraguay hasta el martes.

Tras dos semanas de agitada actividad, deseo regresar a casa, pero lo peor es que el lunes siguiente comienza la cuarta temporada de La Voz – además del retorno a intervenciones en televisión en Miami – y todo puede quedar abortado si el tema no se soluciona. Inmediatamente, envío un email a los organizadores – es un decir – para que intenten solucionar el tema del billete de avión. Lo que sucederá en las horas siguientes, será otra exhibición de rampante ineficacia en la que todos se lanzan la pelota e incluso la posibilidad de tener que pagar una cantidad añadida los bloquea totalmente (claro, ya es sabido que yo todo lo hago gratis). Durante toda la mañana del jueves 14, iré multiplicando los correos electrónicos y los wasaps para ver si dan con la solución del tema. Ofrezco pagar yo mismo los recargos derivados de un cambio de vuelo, aterrizar en Fort Lauderdale en lugar de en Miami, aceptar cualquier ruta de viaje como un Asunción-Lima o un Asunción-Panamá… lo que sea, pero he de salir el sábado hacia Estados Unidos. De kafkiano se puede calificar lo que sucede. El responsable – por llamarlo de alguna manera – dice que ha hablado con los superiores; los superiores no dan señales de vida; la secretaria parece que hace… y no hace; nadie responde a mis sugerencias. Con esta inquietud va transcurriendo el día que, por otro lado, también cuenta con satisfacciones.

A esas alturas, los frutos de mis intervenciones públicas comienzan a verse. Gentes alertadas por mis conferencias sobre ideología de género han descubierto que en los libros de texto de sus hijos se inocula con total alevosía y lo ponen en conocimiento de los medios. En unas horas, el responsable gubernamental comparece para anunciar que se va a proceder a la retirada de lo que no son más que manuales de adoctrinamiento. Sin duda, las consecuencias positivas del viaje son tangibles. Lo que resulta imposible saber es si concluirá en la fecha prevista o se prolongará hasta el martes arruinando no poco trabajo.

Mientras intento que se solucione el tema de mi regreso a Estados Unidos y tras la visita al Colegio Gutenberg, viajo al lago Ipacaray gracias a la amable gentileza de Sandra y de Lourdes, dos de las personas que se han compadecido de nuestras cuitas en estas tierras y no dejan de pedirme disculpas. No hay razón para ello. Precisamente, ellas dos son un claro ejemplo de lo que es la hospitalidad real y no la falta sistemática de consideración y de respeto. Así se lo comento.

Previo al viaje, Sandra nos lleva a mi asistente y a mi al mejor restaurante que hemos pisado en las dos semanas que llevamos en Paraguay. Se llama La Vienesay tiene un gusto especial. La comida es agradable, pero la conversación y la compañía son mejores.

Mi deseo de viajar hasta el lago de Ipacaray no está relacionado con la famosa canción – que, por cierto, escribió una argentina que jamás había visitado el lugar – sino por las afirmaciones que apuntan a que Hitler está sepultado en un hotel situado en sus cercanías. ¿Tienen alguna verosimilitud las referencias a que el Führer escapó de Berlín y llegó a América del sur? Durante años, me parecieron meras fantasías, pero en los últimos tiempos, he de reconocer que el peso de las pruebas me ha resultado casi abrumador. De acuerdo con esta tesis, Hitler habría escapado de Berlín, habría alcanzado la costa desde donde habría zarpado a bordo de un submarino y se habría detenido en España previsiblemente para que la nave repostara. A diferencia de otros nazis, Hitler no se quedó en España – no debió ver quizá segura la permanencia del régimen – y, en el submarino, habría llegado a Argentina. Allí se mantuvo oculto hasta 1955 en que la caída de Perón lo obligó a buscar terreno más seguro. La elección habría sido Paraguay donde incluso el propio Perón podría haber pactado el traslado con Stroessner. Supuestamente, en esa época, una pianista judía habría reconocido a Hitler mientras ejecutaba una de sus interpretaciones. Según el testimonio de esta mujer, la impresión recibida habría sido tan fuerte que se habría orinado encima. Hitler, percatándose de que había sido identificado, habría abandonado la sala. En torno a 1971 – también de acuerdo con esta teoría – Hitler habría fallecido en Paraguay siendo sepultado en 1973, en una cripta del Hotel del lago.

Por supuesto, ningún empleado del hotel puede dar la razón de la veracidad de la historia y eso que el recepcionista me ha saludado muy amablemente porque, según dice, me conoce aunque no sabe muy bien de qué. Sea como sea, el hotel es muy hermoso. Levantado a finales del siglo XIX, cuenta con ese punto de belleza decadente tan común en construcciones del centro y del este de Europa. Tomamos un té delicioso en medio de animada charla y luego sacamos algunas fotografías del lugar y del lago. Aunque muy contaminado, su belleza natural es innegable y constituye motivo más que sobrado para visitarlo.

De regreso al hotel en Asunción, el problema de nuestros pasajes sigue sin solucionarse. Me viene a la cabeza la canción que entonaba Kenny Rogers y que empezaba preguntando Is Anybody Here? (¿Hay alguien ahí?). Seguramente es porque me da la sensación de que no hay nadie haciendo lo que debería en relación con mis pasajes. Me quedo absolutamente estupefacto cuando contemplo que a media tarde, la secretaria que, supuestamente, estaba en la solución, me hace llegar un correo electrónico dándose el número de teléfono de la agencia para que llame yo mismo. En otras palabras, tras una docena de comunicaciones y más de nueve horas de supuestos trámites, todo está en el punto cero y el problema debo solucionarlo yo. ¿Falta de respeto? ¿Desconsideración? ¿Desprecio? ¿Torpeza? ¿Nepotismo? La verdad es que a esas alturas me da lo mismo y me pongo en contacto con la agencia. La señora que me atiende es muy amable, toma unos datos y en unos cinco minutos solucionamos todo. Cuando cuelgo el teléfono, vuelvo a encontrarme con las disyuntivas de antes de marcar el número. ¿Me encuentro ante un despliegue colosal de incompetencia rampante, ante una hostilidad apenas oculta contra mi persona, ante una monumental falta de la educación más elemental? No me he respondido - ¿quién podría hacerlo? – cuando me llega un email de los organizadores – es un decir – comunicándome que lo de mi billete se ha solucionado. Me apresuro a contestarle que ya lo sé porque he sido yo quien lo ha hecho. Me consuelo pensando que esa noche cenaré yogurt porque no se lo encargué a ninguno de los supuestos responsables sino que lo encontré y lo pagué yo.

La mañana del 15, vuelvo a tener una entrevista que se centra especialmente en la ideología de género. De nuevo, la repercusión social resulta extraordinaria. Todos quedamos satisfechos y, por añadidura, se ha solucionado ya el tema de nuestros pasajes. Sólo queda esperar a la última exposición de la noche que será sobre ideología de género. Una vez más, la asistencia es buena y el coloquio se extiende durante un buen rato sobre cuestiones prácticas. En unas horas, salgo para el aeropuerto y me digo que, a fin de cuentas, bien está lo que bien acaba. De regreso al hotel, la persona que me lleva me pide disculpas por los fallos de organización y se ofrece a llevarnos a cenar a alguna parte. Es la primera invitación para cenar en dos semanas y la declinamos porque preferimos poder dormir un par de horas esa noche. Entre unas cuestiones y otras, sabemos que estaremos dos jornadas sin dormir y el lunes he de sentarme delante de los micrófonos de La Voz. Acepto también sus excusas sin dar detalles de todo lo que me ha pasado. ¿De qué serviría a estas alturas?

 

A las dos de la madrugada, nos recoge en el hotel una de las personas que estuvo lanzando pelotas el día marcado por la búsqueda de una solución para mis pasajes de avión. Ya cerca del aeropuerto, me pide disculpas por las faltas que se hayan podido cometer. Por un instante, sopeso la posibilidad de mencionarle tan sólo algunas de las más graves, pero acabo considerando que no merece la pena. ¿Acaso podría corregirse todo lo que se hizo, por una razón o por otra, de manera tan inaceptable? Le resto importancia al asunto, pues. Me cuenta entonces que la noche anterior, justo aquella en la que yo pronuncié mi última conferencia sobre ideología de género un personaje llamado Ortigosa estuvo en televisión para hablar sobre ideología de género y que lo hizo muy mal. Al parecer, el periodista lo había deshecho y la persona que me lo cuenta lo atribuye directamente a la ignorancia de Ortigosa. No puedo opinar porque desconozco a Ortigosa. Sí sé que los días siguientes me llegarán nuevas noticias en el mismo sentido de distintas fuentes. Al parecer, el tal Ortigosa – al que ya he dicho que no tengo el gusto de conocer – fue triturado por un periodista no especialmente destacado, pero que sabía manejarse mucho mejor que él. Me digo que, como afirma el refrán, la ignorancia es muy atrevida. Cuando le cuento el episodio a mi asistente, me recuerda una vieja historia judía que me ha oído relatar alguna vez. En cierta ocasión, el cochero de un sabio rabino que lo acompañaba en todas sus exposiciones comenzó a decirle que, a fin de cuentas, lo que enseñaba no tenía mayor trascendencia y que él mismo, después de haberlo escuchado varias veces, podría hacerlo igual. El rabino escuchó con paciencia las palabras de su cochero y acabó sugiriéndole que en la próxima ciudad cambiaran de papeles. Nunca lo habían visto en persona y él estaría más que gustoso de fingir ser el cochero mientras éste asumía el papel del rabino. Al principio, todo fue bien. Sobre poco más o menos, el cochero repitió una de las exposiciones del rabino y la gente quedó satisfecha, pero entonces comenzó el turno de preguntas. La primera que se formuló no era difícil, pero el cochero carecía de formación y no tenía la menor idea de cómo responderla. Sin embargo, era ingenioso. Miró al que había formulado la pregunta y le dijo: “Eso que acaba de preguntar usted es una verdadera estupidez. Una tontería. Una… una simpleza. Es algo tan insignificante que hasta mi cochero podría responderle. Cochero, contéstale”. Mi asistente me dice que en esta vida, algunos son sabios – insiste en incluirme en el número - y pueden ir más allá de la simple repetición de algunas afirmaciones; otros son Ortigosas y nunca deberían de intentar pasar de cocheros a sabios porque carecen de la formación para ello. ¡Gran persona mi asistente!

 

Por cierto, mi asistente y yo tenemos que realizar serios esfuerzos para no caer dormidos mientras esperamos el avión que ha de llevarnos a Sao Paulo. Las dos horas de trayecto las paso dormido exhausto por el cansancio acumulado. Ahora nos queda esperar trece horas en el Brasil para la conexión con Estados Unidos. Pero todo va a discurrir de la mejor manera. Mi asistente sugiere que busquemos la oficina de American Airlines y allí encontramos toda la eficacia, la amabilidad, la profesionalidad que no hemos visto en dos semanas salvo las notables excepciones a las que me he referido. Nos acomodan en la sala VIP donde desayunamos como no lo hemos hecho en quince días, nos entregan unos vales para comer y nos dan incluso sendas habitaciones de hotel – mucho mejor que el que nos alojó en Asunción - para que descansemos a la espera de la hora de embarque. Me viene a la cabeza de repente – curiosas las asociaciones de ideas – el episodio de la pecadora y el fariseo que relata Lucas en su Evangelio (7: 36-50). Sin duda, el fariseo se consideraba mejor que la pecadora y, hasta cierto punto y desde cierto ángulo, es posible que lo fuera, pero, como señaló Jesús, en términos de consideración, respeto y amor hacia él aquella mujer había superado en toda regla al personaje cargado de religiosidad (Lucas 7: 44-46). A veces, las compañías aéreas tienen conductas de las que pueden derivarse importantes lecciones espirituales.

Mientras descanso en la habitación del hotel, recapacito en el viaje. Nunca realizo estos periplos por cuestiones económicas. A diferencia de otras actividades mías, las llevo a cabo como un intento de servir al prójimo y no de servirme de él. La verdad es que me conformo con que me cubran gastos y, caso de poder, me entreguen algún donativo que no puede compensar económicamente el viaje, pero que – una vez más – constituye una muestra de respeto, de consideración y de gratitud. Examino la cantidad que me han entregado y mentalmente divido por las horas y actividades que he llevado a cabo. Calculo que cada una de mis conferencias, exposiciones, actividades ha sido pronunciada por una media de 15-20 dólares. Desde que alguna ONG decidió robarme hace unos años, no había pasado por algo semejante. Me pregunto si se debe a la insistencia de R en decir que todo lo hago gratis o si es mera coincidencia. Da lo mismo. Decido entregarle toda la cantidad – bien magra, por cierto – a mi asistente. Ha renunciado a sus vacaciones por ayudarme y creo que es lo menos que puedo hacer. En cuanto a mi… Dios proveerá como lo ha hecho siempre y gracias a El, estaré en casa muy pronto.

Tanta vuelta y revuelta han ocasionado un incremento de los gastos de avión. El día 16, envío a la misma persona que me llevó al aeropuerto un wasap avisándole de que le haremos llegar las facturas para que me las abonen ya que he adelantado ese dinero de mi bolsillo. Ya en Miami, mi asistente les enviará por correo electrónico las facturas. A día de hoy, no ha tenido respuesta alguna. Al final, parece que el viaje a Paraguay no sólo no me ha reportado beneficio alguno. En realidad, todo indica que renunciar a mis vacaciones para servir a quienes me han invitado me ha costado dinero. Peor que las peores perspectivas de R al que recuerdo no sin cierto afecto. Quizá su único pecado haya sido dedicarse a aquello para lo que no tiene cualidad alguna y yo sólo pasaba por allí.

Supongo que se preguntarán ustedes si, tras este cúmulo de peripecias, tengo intención de regresar a Paraguay. La verdad es que los frutos de esta visita han sido espectaculares por lo que me cuentan los amigos que he hecho en ese hermoso país y que me animan ya a volver. Con todo, creo que son personas capacitadas sobradamente y que, puestos a caminar, pueden llegar muy lejos sin mi presencia. En cuanto a lo que a mi se refiere, mis huesos van envejeciendo, la gente que me invita a ir por medio mundo es mucha, mi agenda tiene ya compromisos hasta el año 2019 y – lo reconozco – no me siento con fuerzas para soportar unas experiencias semejantes a las que he padecido de la manera más inmerecida durante estos días. Si, más allá de algunas disculpas difusas a ultimísima hora, la organización fuera la adecuada; si el respeto y la consideración que no existieron estuvieran presentes no de forma aislada en algunas personas excelentes sino de manera general y si el aprecio por el valor de mi trabajo existiera, quizá lo consideraría. De lo contrario, lo cierto es que hay mucho campo por arar en este mundo y oportunidades de hacerlo, ciertamente, no me faltan. Por eso, jamás lamento si mi contacto con un país se limita a un solo viaje. A fin de cuentas, cocheros de rabinos siempre pueden encontrarse.

 

Antes de despedirme de esta serie – comenzaré pronto la de Guatemala – les dejo con tres videos, el de una entrevista sobre ideología de género en Camino libre, el de la canción Recuerdos de Ipacaray y el de ese maravilloso Is anybody here’ en la versión de Kenny Rogers. Espero que hayan disfrutado del relato de estas aventuras paraguayas. God bless ya!!! ¡¡¡Que Dios los bendiga!!!

 

Video de entrevista en Camino Libre sobre ideología de género

www.facebook.com/caminolibrecomunicacionconproposito

 

Video Recuerdos de Ipacaray

www.youtube.com/watch?v=LojL4SYWnok

 

Video de Is anybody here?

www.youtube.com/watch?v=ZtnoavmmwxU

 

(FIN DE LA SERIE)

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