Miércoles, 8 de Febrero de 2023

Viaje a Guatemala (I): Llego a la Marro

Viernes, 13 de Octubre de 2017

Desde hace años, he recibido invitaciones para dictar conferencias en la universidad Francisco Marroquín de Guatemala. La sugerencia me resultaba grata no sólo porque se trata de un centro de enorme prestigio – seguramente, es la primera universidad del país – sino porque además allí desempeñan funciones de gobierno en primerísima fila Gabriel Calzada y Javier Fernández Lasquetty.

Al primero, lo conocí en la época en que formaba parte del grupo de economistas de los programas de radio que yo dirigí en España. Se trataba de un personaje excepcional y cuando me anunció que marchaba a Guatemala sentí enormemente su marcha por lo que perdía mi programa y España, pero, a la vez, me sentí muy contento por él y lo felicité en público en mi programa. ¡Se lo merecía! A Lasquetty lo conocí cuando desempeñaba distintos cargos en la Comunidad de Madrid en la época en la que la presidía, por cierto, muy bien, Esperanza Aguirre. A diferencia de otros políticos, Lasquetty era un hombre con principios muy claros, con una clara competencia y con un deseo por desempeñar su cometido en pro del bien común. Seguramente, no lo he contado hasta ahora, pero Lasquetty fue siempre mi político preferido en el entorno de Esperanza Aguirre.

La batería de temas que desean que aborde en mi visita a la universidad es amplia. Por supuesto, hay conferencias sobre distintos aspectos de la Reforma – cuyo quinto centenario se celebra en 2017 – pero también está prevista la presentación de mi libro El águila y el quetzal, que es un ensayo histórico sobre Centroamérica y algunas conferencias acerca de la situación actual en Venezuela.

Mi llegada no puede ser más grata. Han cuidado con exquisito cuidado no sólo el hotel donde me voy a alojar sino, prácticamente, cada minuto que voy a pasar en Guatemala. Hay una combinación de hospitalidad, competencia y aprovechamiento de lo que pueda aportar que resulta verdaderamente ejemplar. No puedo saberlo al aterrizar, pero darán muestra de un saber hacer auténticamente extraordinario del que deberían aprender no pocos.

La universidad Francisco Marroquín es extraordinaria. Iré aprendiendo poco a poco la manera en que han ido combinando la innovación con la disciplina y una modernísima pedagogía, pero, de momento, lo que me cautiva es la utilización del espacio en su trazado arquitectónico. Me quedo sorprendido al contemplar un paisaje artificial donde, aparte de cantarse a la libertad, me siento como en alguno de los lugares más hermosamente cuidados de China. Me aclaran cuando lo comento que, precisamente, la arquitecta era china. El resultado es cautivador. Ha logrado aquí, en Guatemala, tan lejos de Extremo Oriente, lograr que la vegetación se funda con los ladrillos con esa armonía que pocos consiguen imitar – mucho menos lograr – fuera del País del Centro.

Para que vaya acostumbrándome a las distintas aulas y auditorios por los que iré pasando, me llevan al museo Popol Vuh dedicado – como se puede sospechar – a los mayas. La cultura maya es uno de mis hobbies desde hace años y sospecho que no se imagina el regalo tan hermoso que me han hecho llevándome a ver aquellas salas. Y es que el fondo con que cuenta la universidad es extraordinario. La persona que me acompaña va desgranando las piezas ante mi aunque llega un momento en que se calla y escucha mis comentarios. Después me dirá – sin duda, una muestra de cortesía – que al percatarse de cómo conozco la cultura maya había preferido escuchar mis comentarios. Lo cierto es que yo no puedo refrenar mi entusiasmo. Ante mis ojos se van dibujando los sapos gigantes mensajeros con el inframundo; los frescos y pinturas prodigiosos; los códices que sobrevivieron al fanatismo ignorante del fraile Diego de Landa, un personaje llamado a destruir infinidad de tesoros escritos; las cerámicas; el cacao e incluso maquetas de aquellas ciudades prodigiosas levantadas por los mayas.

Tanto despliegue de belleza habría sido más que suficiente para la semana, pero mi gentil acompañante me lleva a la biblioteca de la universidad. Seguramente, la joya máxima es la biblioteca personal de José del Valle, padre de la independencia de Guatemala. Los volúmenes de la Enciclopedia francesa son todo un testimonio de cómo soñó – igual que los españoles del otro lado del océano – con poder iniciar un futuro de libertad y luz en su tierra. No lo consiguió obviamente y en ese fracaso pesó no su carencia de talento o su falta de esfuerzo sino el hecho de que la sociedad hispano-católica construida sobre la Contrarreforma era muy distinta de la sociedad protestante y construida sobre la Reforma que dio a luz a los Estados Unidos. Será un tema que reaparecerá una y otra vez en este viaje. Yo, de momento, me recreo en la excelente organización, en el legado de los mayas y en los intentos idealistas y malogrados de los emancipadores de la América hispana.

El resto del día 28 es magnífico. Tengo un almuerzo-coloquio con el tema Lo que América Latina se juega en Venezuela; después, en el Auditorio Milton Friedman, pronunció una conferencia sobre La Reforma y la libertad individual. A continuación vienen dos entrevistas de televisión. Me preguntan si estoy cansado, pero yo lo que me siento es entusiasmado. La cena es gratísima y en ella me reencuentro tras casi un lustro con mi apreciado y admirado Gabriel Calzada. Es tarde cuando me voy a descansar, pero me siento muy, muy satisfecho. Todo indica que en la Marro saben cómo hacer las cosas y, sobre todo, cómo hacerlas de manera excelente.

 

CONTINUARÁ

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