Miércoles, 8 de Febrero de 2023

Viaje a México (I): DF

Viernes, 25 de Agosto de 2017

Hacía más de veinte años que no viajaba a México. La última vez fui invitado por varias instituciones judías para dar algunas exposiciones sobre el Holocausto; esta, mi viaje estuvo relacionado con distintas conferencias sobre el Quinto centenario de la Reforma y también la ideología de género.

Como sucede con tantas cosas para muchos españoles sigue siendo el país de los mariachis, de la pobreza inmensa, del narcotráfico y de las playas donde quizá han ido a pasar la luna de miel como en Cancún. La realidad es muy diferente. México es, desde casi cualquier punto de vista, una nación extraordinaria. Extraordinaria es su riqueza – primer productor mundial de plata, potencia petrolera y verdadero imán para la inversión extranjera – extraordinario es su crecimiento demográfico – más de 120 millones de habitantes – extraordinaria es su variedad lingüística – unas 287 lenguas indígenas además del español – extraordinaria su Historia – algunas de sus culturas han sido de las más importantes de la Humanidad – extraordinario su peso internacional – es el país hispanoparlante más poblado y, posiblemente, el más rico – y extraordinaria su problemática que va más allá del narcotráfico. Por supuesto, hay españoles que siguen empeñados en mirar a México y a los mexicanos por encima del hombro y en pensar que fue tierra conquistada en el pasado. Es una reacción tan estúpida y soberbia como la de no pocos norteamericanos que piensan que los mexicanos no desean otra cosa en este mundo que irse a vivir al norte del río Grande. La verdad es que, desde hace años, el número de mexicanos en Estados Unidos no ha dejado de decrecer. De hecho, son millones los que han regresado a su país dada la reactivación de la economía. Dicho sea de paso, si el NAFTA ha beneficiado a México no es menos cierto que ha rendido aún mayores ventajas a Estados Unidos. A decir verdad, si el NAFTA desapareciera, Estados Unidos perdería ocho millones de empleos, es decir, más que los aniquilados por la crisis de 2008.

Mi paso por el DF me permitió reencontrarme con una ciudad de 24 millones de habitantes – sí, más que Shanghai – que, en algunos lugares, parece que hormiguea gente y que rezuma lugares de interés por los que merece la pena detenerse y pasear. Sin embargo, por encima de todo, es una muestra viva de la manera en que el legado hispano-católico ha constituido un pesado lastre para el desarrollo de México. El gran legado de España fue la lengua española que une a México con las otras repúblicas de Hispanoamérica; la gran maldición fue la cosmovisión de la Contrarreforma que a España la aniquiló como imperio viable sumiéndola en males que se han extendido por medio milenios y que no ha tenido consecuencias mejores sino más palpables a este lado del Atlántico. Los datos al respecto son demoledores y tuve ocasión de exponerlos en las cuatro exposiciones sobre el tema que impartí en el DF.

Déjenme darles un par de ejemplos. En 1536, se fundó la primera escuela obligatoria y pública de la Historia. Fue en la protestante Ginebra y la razón es que resulta imposible ser protestante y analfabeto. En 1547, en la Confesión escocesa – una declaración de fe protestante – se establecía la apertura de escuelas en todos los medios rurales y urbanos. El efecto de la Reforma protestante en la educación fue fulminante. Al siglo siguiente, los cuáqueros presentaban una tasa de alfabetización del cien por cien tanto en hombres como mujeres. Entre los peregrinos varones del Mayflower, en torno al ochenta por ciento estaban alfabetizados mientras que las mujeres se acercaban a una tasa del setenta por ciento. España tuvo la inmensa desgracia de perseguir la Reforma y de convertirse en la espada de la Contrarreforma y aunque se pretenda negar, lo cierto es que la iglesia católica nunca tuvo deseos de educar al conjunto del pueblo. Por el contrario, el dominio educativo sobre las élites y la perpetuación de la ignorancia de las masas fue siempre una base más que relevante de su poder. La entrada de las clases medias en la Historia amplió el espectro educativo de la iglesia católica, pero los datos son demoledores. Cuando en 1810, México se declaró independiente, el noventa por ciento de su población no sabía leer ni escribir. No era culpa del poder regio – en España la proporción era la misma – sino de la inspiración eclesial del imperio.

Remontar esa desventaja en comparación con los países donde triunfó la Reforma no fue fácil. Hasta el siglo XIX, no se aprobaron leyes educativas en los países católicos como España o México y entonces lo fue con la iglesia católica en contra y debido a la acción de liberales y masones. Con una mayoría sociológica controlada desde los púlpitos esos esfuerzos educativos, generalmente, no avanzaron mucho hasta bien entrado el siglo XX. Cuando en 1910, México celebró su centenario, el analfabetismo rondaba el ochenta por ciento. Todavía en 1970, más del veinticinco por ciento de los mexicanos no sabía leer ni escribir. A día de hoy, la cifra de analfabetos está por encima del cinco por ciento aunque algunas fuentes aseguran que ese dato es optimista. En España, el despegue educativo tuvo lugar ya en los años sesenta del siglo XX, pero yo mismo me encontré no pocas veces a gente que no sabía leer y escribir en los años setenta e incluso enseñé a algunos adultos a hacerlo en los ochenta. En los años noventa, todavía aparecían en España focos de analfabetismo y, de manera bien reveladora, los últimos irreductibles, los gitanos, fueron alfabetizados por la iglesia evangélica Filadelfia en una hazaña educativa tan importante como desconocida. Tan vergonzosos hechos tienen lógica. ¿Acaso no conquistó Perú un analfabeto? ¿Acaso no ha habido santos canonizados como Fray Escoba que no sabían leer ni escribir?

El desastre educativo derivado de la Contrarreforma parió el retraso científico. Los datos al respecto son demoledores. No sólo es que la revolución científica de la que todavía nos beneficiamos deriva directamente de la Reforma como han señalado Kuhn, Whitehead o Schaeffer. John Hulley, un economista del Banco Mundial, realizó un estudio sobre los Premios Nobel de ciencias de 1901 a 1990 y encontró que el ochenta y seis por ciento fueron obtenidos por protestantes o judíos (veintidós por ciento en este último caso). El catorce por ciento restante eran hindúes, ateos, algún católico… No debería sorprender que sólo tres hispanos hayan obtenido un premio Nobel de ciencias – dos españoles – porque es otra de las nefastas cargas que nos dejó la Contrarreforma. Sí, un español inventó la fregona y otro, al parecer, el chupachups. Tampoco faltan en México las gentes de ingenio, pero hay un abismo. Y, sin embargo, basta recorrer el DF para darse cuenta de que no falta la gente inquieta culturalmente. Las librerías abundan, los teatros no faltan e incluso cerca de Bellas Artes existe algo parecido a la madrileña Cuesta de Moyano aunque más prolongada y con más variedad. En un par de puestos venden películas en lugar de libros y me encuentro con una grata sorpresa. Aunque mi guía – un extraordinario chico de Sinaloa que se llama Julio y que estudia para ser misionero – me asegura que son piratas, la realidad es que van en cajas como las de los comercios. Pero no acaba ahí todo. Los títulos no son el último estreno como nos tienen acostumbrados en España los manteros sino clásicos de todas las épocas. Me quedo pasmado al ver que, junto a mucho cine español, también hay películas inglesas, alemanas, francesas… Hollywood tiene su lugar como no podía ser menos, pero también Kurosawa, Truffaut, Zhang Yimou o Bergmann. De la manera más inesperada, puedo hacerme con películas que he buscado durante años y que estaban simplemente descatalogadas.

Sí, el mexicano es inquieto, vivaz, movido, nada más lejos de esa imagen de holgazán empedernido que tanto se ha prodigado, pero, como el español, tuvo la desgracia de no conocer hasta hace muy poco la Biblia que recuperó la Reforma y verse, por el contrario, sumergido en la superstición y la ignorancia y en los manejos por contar con el poder de la iglesia católica y la masonería. No sorprenden muchos momentos trágicos de su Historia. Por el contrario, admira que haya realizado tantas hazañas con esa carga a las espaldas. Y por si alguien desea seguirse sintiendo superior que sepa que México tiene una tasa de desempleo del 3,5 por ciento – casi seis veces inferior a la de España – y no pocos analistas creen que todavía es inferior dada la economía sumergida, pero de ésa y otras cosas seguiremos hablando en los próximos días.

CONTINUARÁ

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