Lucas, un evangelio universal (XLIV): (17: 11-37): la respuesta adecuada

Domingo, 27 de Junio de 2021

Lo que Lucas relata a continuación resulta enormemente significativo porque incide en señalar qué es lo que verdaderamente señala a aquellos que están en el lado de Dios.  La historia de la curación de los diez leprosos debió resultar enormemente ofensiva para sus oyentes, especialmente, los judíos (17:  11-19).  Hasta Jesús llegó una decena de hombres aquejados por esta terrible enfermedad y Jesús dejó de manifiesto que podía curar a todos.  Sin embargo, el agradecimiento ante su acción sanadora se limitó a uno sólo y para colmo, éste era un hereje samaritano y no un judío cumplidor de la Torah (17: 15-16).  Se podían cerrar los ojos ante esa situación, pero la realidad seguía siendo la misma.  Ante la manifestación del poder de Dios la mayoría de los beneficiados, a pesar de ser formalmente creyentes, no había reaccionado adecuadamente (17: 17-18).  Aquel hombre que había sido salvado por la fe era el ejemplo de la reacción correcta, pero… sólo había sido uno (17: 19). 

Semejante episodio coincidía con el clima espiritual del Israel de la época.  Como sucede en la actualidad en ciertos ambientes, existía una calentura relacionada con la llegada del Reino.  ¿Estaba cerca su advenimiento?  ¿Cómo sería de glorioso?  ¿Castigaría adecuadamente a los gentiles?  ¿Sería la política de Israel el reloj de Dios? Las preguntas tenían una cierta lógica, pero andaban totalmente fuera de la perspectiva y de los propósitos de Dios.  A decir verdad, ponían de manifiesto una confusión, un despiste y una desviación de la realidad de Dios verdaderamente penosas.  De entrada, el Reino de Dios no se manifestaría con grandes señales y no lo haría porque no era un evento futuro sino que ya estaba en medio de ellos (17: 20-21).  Esto era algo tan real que cuando desapareciera el Rey del Reino de Dios, el mesías Jesús, lo recordarían (17: 22). 

Tampoco el Día del Hijo del Hombre sería marcado por la predicación de los que anunciarían su proximidad.  A decir verdad, a ese tipo de sujetos no habría que seguirlos ni escucharlos (17: 23).  El Día del Hijo del hombre sería bien visible y no una llegada secreta como proclaman ahora algunos ignorantes, pero no vendría anticipada por las supuestas señales que predicarían esos a los que no hay que hacer caso (17: 24).  De hecho, la distancia entre la realidad del mesías y lo que predicaban tantos quedaría más que de manifiesto por el hecho de que padecería tal y como aparece profetizado, por ejemplo, en Isaías 53 (17: 25).  La presente generación no lo acogería con entusiasmo sino que lo rechazaría y así labraría su desgracia, una desgracia que quedaría de manifiesto en la guerra contra Roma que, en el año 70, contempló la toma de Jerusalén y la destrucción del templo por las tropas del general Tito (17: 25).  Al final, como en todos los juicios de Dios a lo largo de la Historia, la mayoría de la gente no querría enterarse de lo que estaba pasando.  Sucedió así en la época de Noé (17: 26-27), sucedió en la de Lot cuando fueron destruidas las ciudades de Sodoma y Gomorra (17: 28-29) y exactamente lo mismo sucederá en el Día del Hijo del hombre.  Nada dice Lucas de que, primero, será arrebatada la iglesia y luego vendrá el Anticristo y después el estado de Israel se convertirá en el centro de la Historia y tantas ideas novelescas comúnmente repetidas en la actualidad.  La venida del Hijo del Hombre sucederá al mismo tiempo que el juicio y además encontrará en la tierra a sus seguidores (17: 31).  Sólo entonces se producirá la separación entre unos y otros como pasó con Noé y Lot y sus familias (17: 30-36) y entonces quedará de manifiesto hasta qué punto se tomaron – o no – las decisiones adecuadas.  Hasta qué punto actuaron como los nueve leprosos judíos, ingratos además de ciegos, o como el leproso samaritano que dio las gracias. La clave – como siempre – será si la gente vivirá a diario de acuerdo a cómo enseñó y advirtió Jesús o, por el contrario, no se percatará de que el Rey ya vino hace siglos y exige una respuesta de acuerdo a esa llegada del Reino y no a la futura manifestación del Hijo del Hombre que, desde luego, no será como pretenden los charlatanes de la religión.

No sorprende que ante afirmaciones como ésas tan distintas a lo que estaban acostumbrados aquellos judíos preguntaran dónde se produciría todo (17: 37).  La respuesta de Jesús no es - ¿cómo iba a serlo? – un encadenamiento de sandeces sobre las supuestas señales del fin sino un sucinto proverbio (17: 37), el que dice que las águilas acuden donde hay un cuerpo que despedazar y no se pierden por otro lugares estériles (17: 37).  Pero ¿cómo reaccionarían sus oyentes?  ¿Serían conscientes de que el Reino ya había llegado (Lucas 11: 20)?  ¿Serían conscientes de que antes de que llegara el Día del Hijo del Hombre tendría que ser rechazado y morir?  ¿Serían conscientes de que tenían que responder adecuadamente como ha sucedido en crisis anteriores de la Historia humana?  O, por el contrario, ¿serían como la generación del diluvio, como los sodomitas y gomorritas y como los nueve judíos ingratos?  De la respuesta derivaría la salvación o la destrucción, una salvación y una destrucción que vendría marcada por saber realmente lo que es perder o salvar la vida (17: 33).

CONTINUARÁ       

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