Lucas, un evangelio universal (XLV): (18: 1-14): todo es gracia

Sábado, 3 de Julio de 2021

Lucas consigna a continuación dos parábolas que son de enorme relevancia para comprender el mensaje de Jesús.  La primera hace referencia a la necesidad de orar de manera constante y sin rendirse (18: 1).  El punto de ejemplo lo pone Jesús en una pobre viuda que pedía justicia (18: 3).  El hecho de ser viuda indica no sólo su necesidad sino además la circunstancia de que carecía de medios para poder “influir” en el juez.  Pero necesitaba que la atendieran y lo único que pudo hacer fue insistir.  El juez era un personaje inflexible al que no conmovía ni el temor de Dios ni el respeto por el ser humano (18: 2).  En circunstancias normales, jamás hubiera atendido a la viuda, pero, finalmente, cedió ante su perseverancia no porque su carácter hubiera cambiado sino porque deseaba quitársela de encima (18: 4-5).  El paralelo con nuestras circunstancias salta a la vista.  Como la pobre viuda, nosotros poco o nada podemos hacer frente a la injusticia, la enfermedad, la muerte o infinidad de circunstancias imposibles.  Sin embargo, existe una gran diferencia con ella.  No tenemos que habérnoslas con un juez sin moral ni sensibilidad alguna.  Por el contrario, estamos ante el Dios que nos ha escogido – sí, ha leído bien, escogido – y que no se tardará en responder (18: 7).  Sin ningún género de dudas, Dios escuchará a Sus elegidos, pero eso debe darse por supuesto.  La cuestión es si cuando llegue el Hijo del hombre encontrará fe en la tierra (18: 8).  Y es que Dios siempre responde y lo hace de manera inmerecida.  Son los seres humanos los que no están a la altura de las circunstancias.

La segunda parábola vuelve a incidir en el tema de manera aún más clara porque estaba explícitamente dirigida a los que se consideran justos y, por lo tanto, por encima de otros (18: 9).  Dos hombres subieron a orar al templo.  Uno – el fariseo – era un ejemplo de espiritualidad y el otro – el publicano – era el paradigma de la perdición (18: 10).  El fariseo oraba consigo mismo – curiosa manera de explicar cómo se escuchaba a si mismo más que pretender que Dios lo escuchara – puesto en pie y dando gracias a Dios.  Le daba gracias, en primer lugar, porque no era como los demás hombres y, en especial, como aquel publicano al que, lamentablemente, dejaban entrar en el templo (18: 11).  No se trataba sólo de que estuviera convencido de que cumplía los mandamientos sino que iba mucho más allá de lo que ordenaba la Toráh.  Por ejemplo, en la Toráh sólo aparecía prescrito un día de ayuno anual, en el día de Expiación, el Yom Kippur, pero aquel fariseo ayunaba dos veces y además cada semana.  En cuanto a diezmos…  la Toráh los limitaba a los productos del campo y establecía que se dieran en períodos de tres años.  En el primer año, el diezmo se gastaba en uno mismo y en la familia.  Los otros dos años, la décima parte de los productos agrícolas a los que estaba sujeto el diezmo eran entregados a los menesterosos y a los levitas que no tenían tierras propias (Levítico 14: 22-29).  La enseñanza de la Toráh no podía ser más clara.  El diezmo NO era jamás en dinero; sólo afectaba a productos agrícolas; se distribuía en ciclos de tres años; el primer año, se gastaba en uno mismo y en la familia y cada tres años, en los necesitados y levitas.  Después de dos ciclos de tres años, al año séptimo, la tierra descansaba y, por lo tanto, no se abonaba el diezmo porque nada se había producido.  Pues bien, el fariseo era, al parecer, más santo que lo que disponía la ley de Moisés y entregaba diezmos de todo lo que ganaba (14: 12).  No tengo la menor duda de que no pocos considerarían que el fariseo era espiritualmente modélico y que habrían estado encantados de tenerlo en su congregación, pero la realidad es que, como tendremos ocasión de contemplar, Jesús lo veía de manera muy diferente.       

Junto al fariseo, en el templo, había otro hombre, un publicano.  Los publicanos eran recaudadores de impuestos y, como todos sabían, esa condición los convertía ya en un desecho moral por la sencilla razón de que cobraban bonus por desempeñar su función.  Ni que decir tiene que semejantes bonus empujaban a los publicanos al latrocinio y a la prevaricación.  Ni que decir tiene que la gente los aborrecía con causa sobrada.  Ni que decir tiene que los publicanos racionalizaban su conducta miserable apelando a las razones más diversas.  Sin embargo, aquel publicano no se engañaba sobre su realidad espiritual.  Era consciente de que era un pecador y de que la única posibilidad que tenía de ser perdonado era acogerse a la misericordia inmensa de Dios.  Podía haber sido un esbirro cobra-tributos, pero no era tan necio como para pensar que sus pecados quedarían solventados entregando diezmos o ayunando más o llevando a cabo algún tipo de obra piadosa.  Sólo Dios en Su inmensa gracia podía serle de ayuda.

La conclusión de Jesús resulta clarísima.  Éste – el publicano – bajó a su casa justificado en lugar del otro – el fariseo – que, desde luego, no podía aspirar a ser justificado porque, en lugar de confiar en la gracia, se apoyaba en sus obras.  Un día, ese fariseo tan satisfecho de sus diezmos, de sus ayunos, de su superioridad moral experimentaría además la inmensa humillación de encontrarse con Dios y ser rechazado por El (18: 14).  Podría haberse enaltecido durante años, pero entonces sería definitivamente humillado a diferencia de aquel publicano que se había humillado reconociendo la realidad, acogiéndose a la misericordia inmerecida de Dios y que por eso Dios lo había justificado.

A lo largo de los siglos, los seres humanos se han empeñado en ensalzarse ante Dios diciéndole lo buenos que son – y no como los otros – y lo que hacen por encima de los demás y lo que han pagado para merecer su salvación y glorificación.  Los pobres necios no se percatan de que todos somos pecadores, de que nada podríamos hacer de no ser por el amor de Dios y de que El ha venido a buscarnos al precio de la cruz.

CONTINUARÁ    

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