Martes, 14 de Julio de 2020

Lucas, un evangelio universal (XXI): Jesús domina la Naturaleza (8: 22-25)

Domingo, 14 de Junio de 2020

Lucas reúne en la siguiente sección una serie de indicaciones de quien es Jesús.  Jesús domina la Naturaleza (8: 22-25), Jesús domina a los demonios (8: 26-30), Jesús domina la enfermedad y la muerte (Juan 8: 40-56).  En las próximas semanas, iremos deteniéndonos en los distintos episodios y hoy comenzaremos con el primero, el referente a la tempestad.  El episodio en apariencia resulta trivial.  Jesús necesitaba cruzar al otro lado del mar de Galilea y, mientras navegaban, Jesús se quedó dormido (8: 22-23).  El sueño de Jesús debía ser muy profundo y muy tranquilo porque cuando estalló la tempestad siguió durmiendo.  No se trataba de una situación fácil porque la nave se vio a riesgo de verse anegada y la vida de los que iban con él peligraba  (8: 23-24).  No sorprende que acudieran a él, lo despertaran y le gritaran que estaban a punto de irse a pique.  Jesús despertó y reprendió al viento y las olas que se calmaron (8: 24).  Sin embargo, lo que vino a continuación discurrió sobre dos preguntas esenciales.  La primera la formuló Jesús: ¿Dónde está vuestra fe? (8: 25).  No se trataba de una cuestión baladí.  Cuando las cosas iban bien, discurrían sobre ruedas, se desarrollaban conforme a lo esperado, los discípulos manifestaban algo que, como mínimo, se parecía a la fe.  Pero lo cierto es que la fe se manifiesta como tal en medio de la dificultad, de lo inesperado, de lo indeseado, del viento y de la tempestad.  ¿Dónde estaba su fe? 

La segunda cuestión la plantearon los discípulos:  ¿quién era su maestro para dominar los vientos y las aguas?  Resulta totalmente lógico que se formularan esa pregunta.  Por cierto, la respuesta estaba escrita en la Biblia.  El Salmo 89: 9 o el 65: 7 dejan, por ejemplo,  de manifiesto que es el propio YHVH el que aquieta las aguas del mar y el que domina la tempestad.   Aquí reside todo el significado del episodio. 

En esta vida, no todo discurre como deseamos.  En ocasiones, la diferencia entre lo que esperamos y lo que nos sale al encuentro es negativamente considerable e incluso pensamos que, irremisiblemente, nos vamos a hundir.   Miramos a nuestro alrededor y lo único que contemplamos es la perspectiva de naufragar.  En medio de esas tempestades, sólo pueden sobrevivir aquellos que acuden – por muy atemorizados que estén – a Jesús porque Jesús no es un rabino más, no es un dirigente religioso más, no es un personaje más.  Es alguien muy superior.  Es el único que puede calmar la tempestad, la de los mares y también la que ruge muchas veces con mayor violencia en el interior de nuestro corazón.  Comprender esa realidad y actuar en consecuencia define toda una vida.

CONTINUARÁ      

 

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